Betis-Osasuna en el Villamarín. Centro envenenado del Chimy Ávila que Budimir peina lo justo. Para dentro. El linier levanta el banderín y el gol, momentáneamente, no sube al marcador. Cuando el VAR ratifica el acierto arbitral algunos aficionados béticos aplauden al linier, que con rictus serio prosigue ‘su’ partido, como si lo que acaba de validar apenas fuera importante. Justo en ese preciso instante pienso que no es posible que ese señor no exhiba ni un ápice de satisfacción. No creo, de hecho, que sea saludable. En un mundo ideal ese línier debería poder girarse a la grada, levantar el puño, lanzar un “¡Vamos!” o abrazarse al hincha más cercano: “Gracias, tío. Hoy estoy finísimo”. Y luego continuar su trabajo con absoluta profesionalidad.

Por una cuestión estética e hipócrita hemos convenido que el arbitral sea un colectivo aséptico e insensible. Si ríen, sospecha al canto. Si hablan, sospecha al canto. ¿Cómo se van a permitir el lujo de celebrar un acierto?

Reflexionaba, desolado, sobre esta injusticia cuando pensé en aquellas personas que representan todo lo contrario: los motivados. Todos conocemos a uno. Motivados de la vida, del curro o de la familia. En carne y hueso, en libros de autoayuda, en Instagram y, por supuesto, en el deporte. Los jugadores de baloncesto, por ejemplo, son personas ultramotivadas. Celebran cada tiro libre. Entre o no, ahí están para chocar la mano o dar una palmadita en la espalda. En-ca-da-ti-ro-li-bre. Que sí, que forma parte del juego, de la tradición. Pero es insostenible. Es materialmente imposible que un jugador necesite ese ritual después de cada acción. Bajen la escena a su día a día: un compañero grita “¡impresora atascada!” y todos se le acercan a pegarle un cachete en el culo. “A la próxima, compa”. Da hasta repelús.

El otro día descubrí que el hermano de mi abuela es otro motivado. Sé que entro en un terreno espinoso: personas mayores. Personas mayores… con WhatsApp. Mi abuela, 90 años, recibe cada día, y desde hace dos años, dos fotografías de un paisaje. La resolución es bajísima y el estilo gráfico recuerda al de un libro de religión del siglo pasado. En la imagen de la mañana, se lee ‘buenos días’. En la de la noche, ya lo habrán adivinado. Lo descubrí tratando de resolver el misterio de un almacenamiento lleno en un móvil con tan poca actividad. Lo mínimo había 600 imágenes allí dentro. Enfermizo. Entrañable. Yo qué sé.

 

Cuesta discernir sobre si el jugador que hace aspavientos ante la grada busca poner en pie a la afición porque le sale de dentro o si trata de hacer olvidar que el córner que acaba de provocar ha sido porque ha disparado al muñeco

 

Pero dejando de lado los quehaceres de la tercera edad -un día podemos hablar sobre cómo dejamos que nuestros padres accedieran a Facebook y al poco tiempo desaparecimos todos los jóvenes, provocando una guerra digital de motivados, un aquelarre de fotos malísimas de barbacoas con sus respectivos me gustas y un cementerio de comentarios larguísimos y presuntuosos-, lo cierto es que la motivación está de moda. Y es algo que a toda persona de bien debería darle rabia porque, en el afán de recalcar su motivación, parece como si el motivado quisiera únicamente lucirse ante los demás. En este sentido, cuesta mucho discernir sobre si el jugador que hace aspavientos ante la grada busca poner en pie a la afición porque le sale de dentro o si en realidad trata de hacer olvidar que el córner que acaba de provocar ha sido porque ha disparado al muñeco.

Simeone encarna, desde hace años, el rol de motivador jefe del Atlético de Madrid. Nadie como él para pedir a los hinchas un último empujón. Ya sea para tratar de remontar una eliminatoria europea o para mantener la renta de dos goles ante el colista. Ahí es donde la cosa chirría: no puedes estar motivado todo el rato, por el amor de Dios. No en cualquier escenario. No ante cualquier situación. No es creíble.

Y es que, ¿quién marca los límites de la motivación? El debate es ciertamente complejo. Trato de resolverlo mientras veo a Ronald Araújo, con su rubio teñido y cuerpo de acero, cerrar el puño y gritarle al viento porque acaba de provocar un saque de banda a su favor. Virgen santa. Los motivados nunca descansan.

 


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Fotografía de Imago.