Botas negras, camisetas monocolor sin publicidad ni nombres de jugadores, dorsales legibles, patillas largas, árbitros de negro, campos embarrados, público en pie, gradas atiborradas y celebraciones de goles con salto y puño al aire. No nos ha engullido la máquina del tiempo -aunque más de uno haría el trayecto bien a gusto-; solo describíamos un pasaje de un videojuego, el FIFA 19, cuyos avispados diseñadores han creado una modalidad inspirada en la estética retro de los años 70. Ya dicen que todo vuelve. Sin embargo, en esta ocasión simplemente se trata de una ilusión, un espejismo que a algunos nos devuelve a nuestra niñez o adolescencia, y nos hace revivir aquellos partidos de la Premier, cuando aún se llamaba liga inglesa y ver los encuentros no tenía pérdida, porque solamente los retransmitían por un único canal.

Lluvia plomiza, terreno de juego enfangado, fuerza física, fútbol de contacto, sin quejas constantes al colegiado de turno. Aquellos Everton-Liverpool en Goodison Park eran la esencia del fútbol. Los cánticos incansables de los aficionados, azules contra rojos, un portero melenudo y bigotón con camiseta verdinegra ajustada, Neville Southall, ‘Everton goalkeeper’, según el rótulo sobreimpresionado en pantalla, contra otro arquero menos agraciado capilarmente pero que también lucía el clásico bigote del momento, Bruce Grobbelaar. Poco a poco te familiarizabas con el resto de toffees y reds: Ian Rush, el menudo escocés Kenny Dalglish, Peter Reid… Para muchos, por aquel entonces, el fútbol era sinónimo de Inglaterra. Encandilaban aquellos campos abarrotados cuyas bandas sonoras estaban compuestas por atronadoras canciones que se erigían en melodías sugerentes para los oídos de los amantes del British football. Aquello era lo que a muchos nos hizo amar este deporte de forma incondicional. Era evidente que el espectáculo estaba más en las gradas que sobre el césped. Aquellas vetustas estructuras de hierro que parecían derrumbarse cuando los supporters rugían de felicidad o decepción, las verjas con enormes escudos forjados en hierro en los accesos principales de los estadios, tribunas de cemento sin asientos, vallas, cervezas arriba y abajo, cuadrillas de amigos… No importaba el resultado, sino estar en el campo, con los de siempre, bajo la lluvia o el sol intenso y cada fin de semana.

Aquel fútbol que nos fascinó seguramente nunca volverá. Al menos circunscrito al balompié de élite tal y como lo entendemos hoy en día. Los especuladores han desvirtuado nuestra pasión y la han transformado de tal manera que algunos ni la reconocemos. El hastío ha medrado en muchos corazones, cuyo ritmo cardiaco se ha ralentizado o ha emprendido otros caminos. La multiplicidad de ofertas y alternativas para copar nuestro tiempo de ocio ha hecho el resto.

 

No importaba el resultado, sino estar en el campo, con los de siempre, bajo la lluvia o el sol intenso y cada fin de semana

 

Pese a todo, los años de vida compartida impiden a muchos bajarse del tren en marcha, aunque los maquinistas insaciables impriman un ritmo alocado quemando billetes en la locomotora. Los lamentos y quejas constantes no evitan que, cuando nadie los ve, consulten a hurtadillas el marcador del partido (eso sí, en un teléfono de última generación). Pero este es un mundo de contradicciones y, en muchas ocasiones, hemos de convivir con ellas.

Por eso parece que muchos han decidido tragar y -ojos que no ven, corazón que no siente- pasar por alto todo tipo de abusos y desfachateces para poder seguir ‘viviendo’ su pasión a su manera. Algo muy lícito, aunque a la larga quizás sea contraproducente. Primero fueron los partidos pay per view y el fútbol los lunes, luego el fútbol cada día, más tarde horarios infernales, calendarios descabellados y sin sentido, encarecimiento desorbitado de las entradas, patrocinadores por doquier que casi impiden ver hasta los colores de los uniformes. Por no hablar de las marcas que visten a los clubes y la moda de contar con hasta tres equipaciones diferentes cada temporada, cuyo único objetivo es lograr los máximos beneficios anuales aunque ello vaya en detrimento de preservar la tradición y los colores históricos de los propios clubes. Todo vale: camisetas fluorescentes, anaranjadas, rosas, con franjas horizontales, verticales, arlequinadas… ¿Qué será lo próximo? Al menos ahora podemos echar una partida y recrear encerrados en nuestros comedores aquellos años en que fuimos felices.

 


Este artículo está extraído del interior del #Panenka78, un número que todavía puedes conseguir aquí