En octubre de 2018 el equipo de fútbol de la Asociación de la Prensa de Cádiz se desplazó a Londres para jugar dos partidos. Los jugadores fueron al Freemason Arms, el lugar donde se aprobaron las reglas del fútbol moderno hace 155 años. Hubo un reto de escribir un relato, que han cumplido dos de los integrantes del equipo: Fernando Santiago y David de la Cruz. Los dos periodistas. Panenka recupera los textos. 


 

GEOMETRÍA VARIABLE

Ebenezer Morley nunca entendió por qué su padre le había puesto semejante nombre, de resonancias bíblicas le decía, aunque a él le parecía cosa de mala leche. Se pasaba media vida deletreando, por eso prefería que le dijeran Ebe, que, aunque campechano, reflejaba mejor la camaradería que tanto le gustaba, de manera especial desde que había ingresado en la Gran Logia de Inglaterra. Ebenezer se había incorporado a la hermandad a pesar de que no era un notable de la ciudad de Londres como eran la mayoría, ciudadanos con títulos concedidos por la Reina Victoria o más antiguos, con olor a naftalina solo al pronunciarlos. Ebe se había empapado de los fundamentos de la masonería basados en la fraternidad y en la geometría, aunque le había costado lo suyo entender esos extraños símbolos sacados de los oficios relacionados con la construcción: desde un compás a una escuadra o un cartabón. A él un palaústre le daba repelús, salvo si servía de adorno en las tenidas de la logia. Se decían herederos de los constructores del Templo de Jerusalén y de los alarifes que hicieron las catedrales medievales, cosa que Ebe veía un poco difícil, pero no se iba a poner pejiguera. Veía en la masonería una manera de ascender en la escala social desde sus orígenes humildes. El encargo que acababa de recibir tenía su fundamento en la armonía del universo, según le habían explicado. No lo entendía muy bien pero no iba a ponerse a discutir . A veces alguno flojeaba, pensaba Ebenezer.

La Gran Logia estaba situada cerca del ruidoso mercado de Convent Garden, al oeste de la City, en la zona que ahora habían dado en llamar West End, en el eje que el Strand le daba a la capital del Imperio gracias a la expansión promovida por la Reina Victoria. A Ebe le gustaban las reuniones con sus hermanos de la logia, donde adoptaban decisiones que luego repercutían en la mejora de la vida de las gentes, además de ayudarse unos a otros, que en el fondo era lo verdaderamente importante, vamos a dejarnos de tonterías. No entendía Ebenezer la manía de escritores como ese tal Charles Dickens, empeñados en ofrecer una imagen catastrófica de Londres en escritos protagonizados por chicos como el tal Oliver Twist u otro llamado David Copperfield. Es cierto que la hambruna de Irlanda y los desastres europeos habían concentrado en la otra esquina de la ciudad, el East End, a una multitud de desheredados que buscaban una vida mejor, pero en eso se basaba el Imperio y el liberalismo, en ofrecer la posibilidad de mejorar a los que menos tenían mediante el trabajo duro. Ese famoso escocés, Adam Smith, ya había sentado las bases de una economía basada en la acumulación de capital por lo que se necesitaban grandes masas de trabajadores que participasen en la manufactura de productos que se pudieran vender en todo el mundo con el apoyo de la Armada de Su Majestad. Para que el sistema fuera posible los trabajadores deberían reunir condiciones de vida dignas. Esa era una preocupación constante entre los hermanos de la logia. El fundamento del encargo que había recibido. Él lo veía también como una forma de que no fueran a los oficios religiosos a que les comiera el coco cualquier sacerdote católico o anglicano, un pastor protestante o un rabino, tanto daba.

Ebenezer estaba preocupado por las palabras que le había dirigido de manera solemne el Gran Maestre, Mitch Robinson, después del relamido saludo, Triple Abrazo Fraterno:

-Estimado hermano, hay que encontrar un juego que se base en los principios de esta hermandad: geometría y fraternidad, que a la vez sirva para fomentar la salud y el ocio de las gentes más sencillas, que contenga en la simpleza su atracción para que pueda ser practicado por el más elemental de los hombres y gocen de su visión aquellos que quieran un rato de solaz. He dicho.

 

El resultado fue rotundo: diez a favor de prohibir el uso de las manos, uno en contra. Acababa de nacer el deporte de la clase obrera

 

El Gran Maestre sabía que yo participaba en la organización de algunos sports para el fomento de la vida sana entre las personas de una cierta categoría aunque el encargo era mucho más ambicioso por lo que tenía en sí una carga diabólica. Debería formular un juego para atraer a las grandes masas de eso que cierto joven alemán ahora residente en el Soho y su amigo de Manchester llamaban el proletariado. Un juego que atrajese a multitudes para que los días de descanso los trabajadores tuvieran algo a lo que dedicarse que no fueran los oficios religiosos. Tal pensaba Ebe camino de la taberna donde se tomaba su pinta de stout , aunque en el fondo de su alma le sabía a meados de gato, después de cada reunión con los hermanos, casi más importante que la propia tenida. El Gran Maestre le despidió con otro Triple Abrazo Fraterno, qué pesado. Había quedado en la Freemason Tavern, junto a la Logia, con otros caballeros que compartían su gusto por los sports. Con ellos tenía que encontrar la fórmula para ese juego donde la camaradería estuviera por encima del egoísmo, donde el principio fraternal de entrega al grupo fuera el fundamento de su práctica pero jugado con un par, con la energía varonil propia de los hombres de las Islas. Las reglas deberían ser tan sencillas que cualquier iletrado del East End, cualquier empleado de las fábricas del norte o un emigrante llegado de los Balcanes, Rusia o la Verde Irlanda lo entendiesen a la perfección. No es preciso señalar que las damas estaban solo para hacer punto de cruz y satisfacer el ardor masculino, este juego debería ser un reducto para hombres.

Con estos pensamientos llegó Ebe al Freemason Tavern. La más simple de las reglas debía consistir en que un grupo de once diestros y aventajados atletas compitieran en el esfuerzo de impulsar con los pies y la cabeza una bola elástica con el afán, aunque fuera desmesurado, de introducirla en el lugar solícitamente guardado por otra cuadrilla de once atletas, o viceversa, todos vestidos con calzones y camisetas del mismo color para cada grupo. La formación de esos dos equipos  contendientes forjaría en cada uno el espíritu fraterno demandado por el Gran Maestre. El hecho de que se pudiera jugar en cualquier pradera de las muchas que se habían abierto en los parques  concedidos por Su Majestad en Londres le daba a la geometría la esencia del juego, el sentido vertical de líneas rectas con la ocupación de los espacios para hacer avanzar la pelota sería la esencia del nuevo juego. Londres le había dado cabida a teorías estrafalarias como las de ese Darwin que defendía que el ser humano proviene de la evolución desde otras especies de simios en lugar de un soplo de la Divina Providencia. Si eso se aceptaba como ciencia, un juego como el que había pensado Ebenezer sería apoyado ya que contenía la promoción de la camaradería, base de cualquier relación masculina.

El principal problema estribaba en que de los convocados en la taberna había unos pocos provenientes de la ciudad de rugby que no estaban dispuestos a renunciar a que se pudiese jugar con las manos. Los naturales de rugby son gente pomposa, siempre peinados con gomina, un corbatín con pasador y una levita entallada, con el gesto fruncido como si oliesen a boñiga de caballo. La fraternidad se puede lograr con otras reglas pero la geometría, tal y como había sido formulado el encargo, no se podría obtener con un juego atropellado donde el balón se transporte atrapado entre los brazos. Ebe tenía localizados a unos cuantos participantes hermanos de otras logias que podían ayudarle. Había soñado con un equipo vestido con los mismos colores contra otro grupo vestidos de un color diferente, lo que se convertiría en un ejemplo máximo de igualdad. Si el juego se desarrollase solo con los pies podrían formularse todo tipo de dibujos para su ejecución, según como se dispusieran en el campo los jugadores. Podría desarrollar un juego directo   frente  a otro más amanerado y horizontal como le gusta a ese extranjero raro que lleva un lazo amarillo en la solapa. Seguro que la cerveza del Freemason con la ayuda de algún hermano terminaría por convencer a la mayoría.

Ebenezer tenía prisa por volver a su casa por lo que necesitaba una reunión breve. Estaba dispuesto, llegado el caso, a utilizar ese infernal transporte ferroviario subterráneo entre Charing Cross y Saint Pancras que se acababa de inaugurar. No le aventuraba nada bueno a un sistema que circula bajo tierra, con los gases que sueltan las máquinas y el peligro de derrumbamiento. ¿Quién iba a querer tal procedimiento? Pero Ebe tenía prisa así que estaba dispuesto a pasar ese mal rato de gente apretada con la humanidad contra las espaldas del compañero de viaje. El nefasto representante de rugby nacido en Gales, Gareth El Orejas, iba a ser un problema. No se fiaba, le sabía capaz de cualquier artera maniobra para ganar la votación para que se jugase con las manos de manera que no pudiese completar el encargo. Ebenezer estaba dispuesto a todo. Comprendía la repercusión que para el buen desarrollo del Imperio tenía que este juego se hiciese popular. Hasta un pobre hombre de Sarajevo gordo y calvo podría practicar tan rudimentario sport . De paso él mismo podría  alcanzar un alto grado entre los hermanos si tenía éxito gracias a lo cual una vida entregada a los principios rectores de la masonería le proporcionaría influencias y dinero. Unas libras y buena vida no le hacen mal a nadie.

El cantinero del Freemason era de la ciudad de Hull, como él mismo. Lo conocía desde pequeño por lo que no se terminaba de fiar: tenía menos luces que el suburbano ese, la verdad.

-Bill, cuando te pida su pinta aquel tipo alto y peinado con la puerta de una jaula, ese con acento de rugby, le echas esto. No me jodas y no vayas a fallar.

Le entregó un recipiente que contenía un narcótico para adormecer al empecinado Orejas, la única persona que se interponía entre él y el éxito. Debería estar pendiente de que el viejo Bill cumpliera su cometido, así podría ir a la próxima tenida de la Logia con el éxito como acompañante. Bill era una buena persona pero corto de entendederas. Podía perfectamente añadir el narcótico a cualquier otra pinta . Eran varios delegados los que se iban a reunir y la elocuencia del jodido Orejas podía ser temible cuando empezase a correr la cerveza. La armonía universal que promovía su Hermandad estaba en juego. El futuro del Imperio pasaba porque se arbitrasen unas reglas que permitiesen la diversión inocente de los domingos.

Comenzó la reunión con la ronda de pintas habitual, comanda que tenía que cumplimentar Bill mientras comenzaban las conversaciones con preguntas sobre las revueltas en la India o el mal tiempo de ese mes de octubre en Londres. Ebe no dejaba de mirar a Bill para ver si la pequeña redoma que le había entregado era vertida en la pinta de pale ale que había pedido El Orejas. Al fondo del pub destacaba la enorme presencia de un tipo con barba tupida y abundante pelo blanco, un hombre alto y corpulento que no perdía de vista la reunión que se desarrollaba en torno a una larga mesa de madera. Ebe creyó apreciar en el individuo un vago parecido con ese alemán del Soho que había escrito varios libros sobre economía desde donde llamaba a los obreros del mundo a unirse en una organización. Sería impresión suya pero el tipo no perdía detalle. No podía ser el pensador alemán ¿qué interés podía tener en una reunión donde se iba a hablar sobre las reglas de un nuevo deporte?

Bill no parecía muy diligente, incluso se le veía algo achispado, como si hubiera consumido aquello que servía. No estaba muy seguro de que pusiese en la pinta de El Orejas el brebaje que le había entregado. Las cervezas se distribuyeron entre los presentes sin que Ebenezer supiera si su treta había tenido éxito .

El debate sobre las reglas que debían conformar el nuevo juego cobró una energía inusual. Los partidarios de que se pudiese jugar con las manos explicaban sus puntos de vista con ardor, igual que aquellos que pretendían que solo se pudieran utilizar los pies e incluso denominar al nuevo juego football. Unos y otros se enzarzaron en una agria discusión mientras a Ebe no le parecía que el representante de la federación de rugby estuviera más adormilado que los demás. Era de vital importancia ganar esa votación.

-Es fundamental una regla a la vez sencilla y comprensible por una inmensa mayoría, que fomente el espíritu solidario y la fraternidad entre los  integrantes de los equipos para forjar una nueva sociedad basada en el entendimiento. Hace falta un juego que promueva la fuerza ayudada de habilidad, que se base en la armonía a la hora de mover la pelota hasta conducirla a la portería contraria, que permita el despliegue del equipo sobre la ocupación de los espacios en un desarrollo de la geometría aplicada al juego, una extensión de los principios de Euclides desarrollados por Newton. El fundamento debe ser la caballerosidad  unida al esfuerzo, la recompensa a los que luchen de manera limpia sin hacer daño al contrario, aunque de forma viril. Un juego tal que pueda servir de diversión a toda esa gran masa de trabajadores que pueblan nuestras ciudades bajo el espíritu de la caballerosidad inglesa destinado a todos los que forjan un nuevo mundo de adelantos técnicos, como se ha podido comprobar en la Exposición Universal que tuvo su sede en el Palacio de Cristal. Ese es el juego que reclamamos, por eso pedimos aquí que las reglas establezcan con claridad que será contrario a su espíritu tocar el balón con las manos.

Este enardecido discurso de Ebenezer Morley no se oyó en la Logia pero sirvió para despertar del sopor a alguno de los participantes, la mayoría de los cuales dormitaban como si en cada pinta se hubieran vertido unas gotas del narcótico que le había facilitado al cantinero. Ebe se temía lo peor, que los participantes se confundieran, no supieran el sentido de su voto con lo que aquello acabaría mal. En el momento de la votación vio acercarse al corpulento caballero del fondo para hablarle al oído a varios de los participantes. El resultado fue rotundo: diez a favor de prohibir el uso de las manos, uno en contra. Acababa de nacer el deporte de la clase obrera gracias al apoyo del individuo de aspecto alemán y asombroso parecido con el amigo de Frederic Engels.

La Gran Logia de Inglaterra había obtenido un éxito sin precedentes y Ebenezer Morley echaba las cuentas de cómo se beneficiaría él mismo.

 

26 de octubre de 1863

Fernando Santiago

 

***

 

NOT FOR THAT

-Not for that… Not for that- una voz ronca se lamenta a susurros al final de la barra. –Not for that… Not for that- repite una y otra vez, interrumpiendo sólo la cantinela para echar cuentas a la pinta de cerveza negra que sujeta entre las manos.

-No le molestes- me dice intuitivo mi compañero con amabilidad, en castellano, con un profundo acento británico, pero con la intención de que no exista ningún malentendido. Lo suelta guiñando un ojo, con un leve movimiento de cabeza que apunta hacia el hombre, entrado en años. En un tono amable, pero rígido, revelando una norma no escrita.

Son las cinco y media de la tarde; la taberna se encuentra medio llena. Poca gente, extrañamente, para ser viernes. Llueve en Londres, como cada día de octubre, en una especie de acuerdo tácito entre el otoño y el calendario.

Apenas llevo diez días de camarero en este bar. Un nuevo empleo, no sé cuántos van desde que emigré del sur de España a la capital británica. Mi historia es la de tantos. Una de miles. Terminé la carrera de Humanidades en mitad de la crisis, volví a mi ciudad, encadené varios trabajos de repartidor de comida hasta que me cansé y decidí irme a Inglaterra. “Al menos aprendo el idioma”. Y voy para cinco años, aplazando el “me vuelvo a casa”. Total, qué hago allí. Mirando vuelos baratos una vez por semana y aguardando el pedido de embutidos, aceite y latas de conservas que recibo de mi madre a inicios de cada mes. Mi estancia en Londres es más simple que sencilla. Tres tardes en semana juego al fútbol en un equipo aficionado, les enseño a lanzar paredes, dar un pase al hueco y encarar a un defensa en banda. Los sábados jugamos por la mañana una liga de distrito y, si el cuadrante nos lo permite, nos emborrachamos en el tercer tiempo, que a veces se convierte en quinto tiempo, incluso sexto. El resto de las horas las paso currando. Antes, de ayudante de cocina; ahora, como comenté antes, de camarero en el Freemason’s Arms. Me ofrecen 15 libras más a la semana. Así que decidí cambiar de aires. Le comenté el nuevo curro a mi compañero de piso, un tipo de Soria, silencioso y con gafas, que pasa su tiempo libre delante del ordenador.

-Allí, en esa taberna, inventaron las reglas del fútbol moderno -me soltó como quien cuenta una obviedad. Intenté rebatirle, me gusta hacerlo cuando se pone sabiondo, pero Wikipedia, como el 97% de las veces, terminó dándole la razón. Algún día le pillaré en una mentira al maldito pedante soriano. Sueño con ese día.

Si os soy sincero, imaginé que el Freemason’s sería una especie de mausoleo futbolístico. Me equivocaba. Es el típico pub británico atemporal. Intenso olor a madera, sofás al fondo, pantallas televisivas, bebidas alcohólicas, cuadros en las paredes y sándwich con patatas fritas de aperitivo. Sólo hay una pequeña referencia a la efeméride. Una especie de vitrina colgada en la pared de una de sus esquinas y que protege una antigua bota de fútbol, un balón, un banderín, la foto de un hombre con bigote y un par de recortes de prensa. Poco más.

Not for that… –El tipo canoso alza el tono de voz, ni siquiera se ha quitado el abrigo. Lo miro y hace un pequeño gesto con el dedo. Quiere otra pinta. La séptima, según mis cálculos, en lo que lleva de tarde. Le sirvo el vaso con una pequeña reverencia y justo al girarme siento que unas manos gruesas y grandes me sujetan el brazo. Cruzo la mirada con sus ojos marrones, envueltos en unas visibles ojeras. El hombre sonríe y le devuelvo la mueca con más incertidumbre que simpatía. No me suelta, acerca un poco su rostro, noto la bofetada de alcohol en el aliento y dice en un uso casi perfecto del castellano:

-Chico, deberías saber que el fútbol es como la vida o las revoluciones: no se entiende sin los bares. Ja, ja, ja… -Suelta una carcajada tras la frase. Sólo él entiende el chiste, aunque finjo una pequeña risa. -No eres argentino, no. Me caes bien. Sé distinguirlos, he aprendido su idioma y sus formas por si me cruzo con él, de casualidad, algún día. Y, no. Tú no eres argentino. Y digo de casualidad. No, no voy a hacer un circo. No voy a tener una cita con él para que tengan la maldita foto 32 años después. He dicho ya cientos de veces que no, fuck… –Apenas distingo su acento inglés mientras habla.

Intento desmarcarme y alejarme de aquel rincón de la barra. Miro alrededor, busco la complicidad de mi compañero, pero no la encuentro. Un ademán, una orden, algo… Nada. Pasa por mi lado como si fuéramos invisibles e interpreto que mi trabajo, al menos hoy, se limita a prestar atención al tipo ebrio que sigue con su gigantesca mano enganchada a mi brazo.

-Fue aquí, lo sabes, ¿verdad? En Freemason’s, la tarde del 26 de octubre de 1863. Hoy se cumplen exactamente 155 años. Las reglas las escribió Ebenezer Cobb Morley con su puño y letra. A tinta y a fuego. De las 13 normas, una predominó por encima del resto. Una, exactamente una, “no podían usarse las manos”. Por eso, se fracturaron el fútbol y el rugby y se convirtieron en dos deportes diferentes. Por eso, los representantes de la ciudad de Rugby se levantaron de la mesa, se marcharon indignados y crearon otra disciplina. Por eso, fuck, precisamente por eso agotaron las cervezas y la saliva de tanto discutir y debatir calurosamente. No era para menos. Se trataba del uso, o no, de las manos. Ebenezer Morley lo sabía. Sabía que sería una tarde larga que se extendería hasta la madrugada. Me gusta imaginarlo con su traje y su sombrero de copa, saliendo de su casa de Barnes, subiéndose en el carruaje tirado por un caballo y recorriendo las seis millas de distancia hasta el centro de un Londres en plena ebullición. Un Londres en su esplendor victoriano, un Londres que acababa de consolidar su tejido industrial. Un Londres de humo y niebla. Obrero y burgués, de lucha de clases. Un Londres capital del mundo. Lo imagino en su carruaje, fingiendo tranquilidad, atravesando unas calles sucias, de tierra, sin alcantarillado que disimulase ese hedor insoportable de los lugares masificados. Consciente de que en aquel bar, el fútbol viviría su propia revolución para exportarse al resto del mundo, al último rincón de cada continente. Mira, chico, no hay idioma más universal que el del gol. No lo hay. El gol lo entiende y lo siente toda persona de este planeta.

 

Si os soy sincero, imaginé que el Freemason’s sería una especie de mausoleo futbolístico. Me equivocaba. Es el típico pub británico atemporal. Intenso olor a madera, sofás al fondo, pantallas televisivas…

 

Sólo los largos tragos de cervezas, los sorbos de pinta negra detienen los labios y la memoria. Los recuerdos de alguien que mil veces ha repetido aquel relato y, sin embargo, necesita soltarlo una vez más para deshacerse de un lastre que da vueltas sin permiso en su cabeza.

-Aún tengo pesadillas. Por mí y por Ebenezer Morley. Él escribió la historia de este deporte. Él debería ser recordado y venerado. Él, fuck. El otro fue un tramposo. Un maldito tramposo. No fue heroico. No lo fue. Fue una trampa. Nadie lo entiende. Nadie me entiende a excepción de los once que estuvimos sobre el césped. El resto se ríe de mí. Todos se ríen de mí. Él se ríe de mí. ¿Sabes qué respondió cuando le preguntaron hace poco por aquello? “No me arrepentí entonces, no me arrepiento ahora, ni me arrepentiré en mi lecho de muerte”. No fue la mano de Dios. Fue la mano de un tramposo. Toda Inglaterra fue engañada. Todo un país. Nosotros fuimos engañados, la memoria de Ebenezer, el recuerdo de los inventores del fútbol. Han pasado 32 años, 4 meses y 4 días de aquel 22 de junio de 1986. Y aún hoy tengo pesadillas. Me asalta el recuerdo mientras duermo. Miro el balón, un balón templado; lo veo a él, salto tranquilo, confiado, porque llego antes y más alto. Sin embargo, el 10 celeste separa el brazo del cuerpo. Entonces sólo escucho los gritos, los cánticos, el rugido del estadio. Le grito: Not for that, not for that. No fue para eso. No inventaron las leyes para eso. Pero no me escucha desde su atalaya de brazos y hombres. El estadio Azteca se encuentra sumergido en el ruido de las gradas. Y me despierto en mitad del estruendo, sudando, con la garganta seca y esa desazón en el alma.

-¿Eres…? -le pregunto.

-Sí, I am Peter Shilton

Un silencio inunda el Freemason’s. Peter bebe y siento un peso extraño en las piernas.

-A mí no me vale que Diego hable de las Malvinas porque a mí me duelen tanto la vida de sus 649 soldados como las de los 255 británicos. Todos eran jóvenes. Y padecieron en un fango frío, en una tierra yerma, en unas islas que tienen grabadas el nombre de la muerte y que vieron por primera vez para perder la vida. No me vale. No es excusa ni justicia, porque no existe justificante para la guerra.

Shilton. Peter Shilton. Curiosamente, aquel tipo había colgado durante años en una de las paredes de mi cuarto. La habitación de la infancia que compartí con mis hermanos y en la que estaba el póster de Maradona, con su mano rozando el cielo, y un portero anónimo, sin nombre, que parecía un actor secundario, un invitado en aquella fotografía. Tengo la tentación de comentárselo, pero seamos honestos, no es el momento.

-Después de aquello, vagué por los terrenos de juego hasta los 48 años. Me retiré cercano a los 50. Incluso volví a intentarlo en el 2004, pero ya no estaba para los golpes contra el suelo después de una estirada. No quise retirarme. No quiero aún retirarme. Sólo pido otra oportunidad al destino. Un delantero que salte, golpee con la mano y yo detenga la pelota. Para recriminarle luego a un palmo de su rostro: “Eso no se hace, fullero”. Pero, no. Nunca se ha repetido, así que vuelvo aquí cada 26 de octubre como penitencia, para reconciliarme con quienes hicieron las leyes y ahogar mis recuerdos en cervezas. Así, cojo aire para regresar a la vida real y para seguir amando el fútbol: “La única religión que no tiene ateos”, como dijo Galeano, ja, ja, ja.

Shilton apura de un trago la cerveza, luego golpea el vaso contra la barra y fuerza una mueca que se asemeja a una sonrisa.

-Ahí está, Ebenezer Cobb Morley. Tú, tú deberías vivir en el recuerdo de la gente -dice mientras señala la vitrina que protege la foto del tipo con bigotes. -He aprendido su idioma, para que algún día me escuche, para que el sonido del Azteca no apague mi voz. Aunque, qué importa, si la historia ya está escrita -suelta mientras se abrocha hasta el último botón del abrigo y se levanta del taburete.

Y se va. Se marcha con los hombros caídos y el rostro cansado. Cargando dos fechas en su memoria. La de octubre de 1863, cuando inventaron las reglas del fútbol. Y la de junio de 1986, el día que Diego Armando Maradona las burló de la forma más poética jamás vista.

 

David de la Cruz