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Existen dos tipos de dolor: el afilado, que es como un relámpago en la carne, y el líquido, que sobrevive oscuro y calmo como un charco bajo la piel. Con el primero damos un salto hacia atrás, gritamos, nos frotamos la herida y buscamos consuelo en el estruendo. Con el segundo, convivimos. A veces, nos giramos en la cama, o respiramos profundo, pero se mantiene ahí, silencioso, arrastrándose por las entrañas de un lugar a otro, como una fierecilla incómoda buscando el calor de nuestro lamento. La punzada nos mantiene vivos. El animal nos quiere ver muertos. A los afilados me acostumbré. Son los huesos rotos y el escozor en las rodillas. A los otros, los líquidos, esos humores negros vertidos hacia dentro, uno nunca termina de habituarse. Suceden a las derrotas, a las despedidas. Borbotean en las cafeterías del tanatorio. Arrastran, como olas siniestras e inesperadas, las sombrillas, las chanclas y la esperanza.

 

De nada sé, excepto de las resacas. Las he sufrido abombadas y sarmentosas. Amarillentas y azules. Lujosas y cochambrosas. Holgadas y concisas. A todas sobreviví, en todas me dejé algo. La de hoy aún se está escribiendo. Pongo a cargar el teléfono. Me aseguro de que traje conmigo la cartera. Abro la persiana un poco, dejo que entre una luz tímida y blanca, que se ilumine la cama maltratada por la agitación de las roquitas que aún se deshacen en mi cuerpo. A los adultos se les exige hondura, yo camino sobre las aguas. No me gusta esto, pero no me disgustó lo de anoche. Salir del Nemo, pisar otros bares, dejarse invitar, las idas y venidas a la cabina del pinchadiscos. Mirarse la cara en el espejo del baño. Arañarse las pupilas. Bucear dentro de la rosa oscura, alumbrados por la fiesta; flor de niebla, flor al fin y al cabo. Un nosotros que no para, que se mezcla, se retuerce. Somos la zarza ardiente, somos este barullo incómodo. Sonrío a las desconocidas, me confieso a los amigos, río a carcajadas un par de veces, nos echan de allí, no hay plan B, vuelvo a casa. Y todo está bien así, púrpura y solo. Cruzándome con los que están peor que yo, cruzándome con los que están mejor que yo pero no lo saben. Silencio en el taxi. La bruja de la mañana con su fulgor desencajado. Atinar con las llaves. Desnudarse. Intentar vomitar. Agarrarse los huevos para dormir.

 

Pago 450 euros por este piso de una habitación. El sueño del gotelé produce monstruos. La puerta cruje por las noches, el termo eléctrico murmura su padrenuestro de vapor, los grifos están cambiados de dirección, Samuel llama a mi puerta, cada día, a las 09:55 de la mañana.

—Buenos días, Samu —le digo.

—Buenos días, Julián. Espero que hoy tengas un día precioso —me dice.

Sonrío. Le cierro con suavidad, no quiero que note que me ha despertado, que me acosté hace un par de horas, que un enano juega a squash dentro de mi cerebro. Oigo como el chico se aleja, oigo como suena el timbre de al lado. Cada cierto tiempo cambia de frase. A veces recita poemas de memoria. Otras, nos da el parte meteorológico. «Hoy lloverá, Julián. Espero que tengas un paraguas en casa». Aunque su especialidad es desearnos un buen día. A veces con grandilocuencia, otras con un gris funcionarial. A la vieja de enfrente le contó un chiste verde el día que enterró a su marido, pero él no sabía lo que había ocurrido. No ha vuelto al humor desde entonces. La idea de oír un chiste picarón cada mañana me seducía más que la autoayuda. Más que Samuel, al que estoy resignado, me molesta su madre diciendo que lo entendamos. Ella siempre nos habla en un tono lastimoso e inquietante. Con ese aire de señora desgraciada y teatral que recuerdo también de mi barrio. Nos pide comprensión, pero sospecho que, por dentro, disfruta del incordio que su hijo supone para todo el bloque. «El médico le dijo que era bueno para él», se excusa, «es una forma de relacionarse con su entorno». Todos le decimos que está bien así, que no es molestia, pero nos molesta. Claro que nos molesta. «Yo tengo un sobrino que también está malito y no se dedica a dar por culo todas las mañanas», le dijo un vecino una vez, y por poco le queman el piso. Nadie se quiere quedar corto cuando se puede montar un numerito por dignidad.

Mi casera y la madre de Samuel se criaron juntas, tienen la misma edad, jugaban a las casitas en el patio. Mi casera se casó con un médico y se fue a Los Bermejales. Vivía con su madre en esta zahúrda. Cuando murió, quiso vender el piso. Nadie le pagó lo que pedía y decidió alquilarlo. Primero a una familia de paraguayos y luego a mí. Visité el piso cuando los paraguayos aún vivían aquí. «Chilavert, porterazo», le dije al padre, por decir algo. «Sí», me dijo, sin entusiasmo. Nadie me habló entonces de Samuel. No tiene más de treinta años. Sé que tiene discapacidad porque su madre me lo dice cada vez que me cruzo con ella en la escalera. «Es especial». Y tanto, pienso. Esa puntualidad y esa disciplina ya no se estilan. A veces viene con la camiseta del Betis y otras, con la del Sevilla. Ahí ya le noté que muy bien no estaba. «¿Hoy quién quieres que gane?», le pregunté en día de derbi. «Ojalá que empaten», me contestó. Bien visto.

Samuel sigue su ruta de puerta en puerta, planta por planta. Yo vuelvo a la cama, rebusco en la mesita de noche, doy con un blíster de ibuprofeno. Me tomo una pastilla, bebo agua hasta acabar con la botella. Cierro los ojos con fuerza. Veo luciérnagas. Intento dormir algo, esta tarde tengo una cita del Tinder.

Todas las historias merecen ser contadas.

—Tengo anécdotas como para escribir un libro —dice Claudia, pero luego no me cuenta ninguna.

Es peluquera canina. Nació en Castilleja de la Cuesta. Allí vive, trabaja, sale. Nunca he pisado el Aljarafe, esa loma llena de pueblos hormonados donde ahora se muda todo dios. Odio conducir. Odio los autobuses. Adoro las ciudades, sus palomas atropelladas, la lluvia que idiotiza. Estar lejos del Ikea. Los edificios altos y feos, el pulcro sentimiento de no pertenecer a ningún lado. Claudia está gorda, pero no tanto como yo. El match fue instantáneo. Yo le doy sí a todas. Ella, sólo a los que le gustan. En la foto 50 todos somos guapos. Tiene una mirada dulzona, el pelo rubio, a trasquilones, un pendiente con un brillante en la nariz, los dedos llenos de anillos, algunos exigidos. Su risa es contagiosa. Me mira a los ojos. Me pregunta por mi vida, mi trabajo, mis mascotas.

—Me encantan los perros, pero por mi trabajo no puedo tener ahora —miento.

Cuántos polvos se construyen con los adoquines de las verdades a medias.

—Cuando entra un caniche por la puerta es como: ¡oh, mi sueño! Se dejan hacer de todo. Los gatos no me gusta pelarlos… A ver, me gustan los gatos, pero es diferente. Los perros como que saben que los estás dejando más bonitos. El gato no, el gato está incómodo, le da igual. Yo les digo a mis clientes: dejadlos así a los gatos. Están bonitos con su pelo al natural. Que si se entera mi jefa de que digo eso, me pone de patitas en la calle, claro. Pero con los perros como que se crea complicidad. Yo creo que los perros, de alguna manera, cuando hacen así con la cola y me miran, me están diciendo lo que quieren que les haga —dice.

Apura el té. Hace mucho que yo terminé mi café. El camarero golpea el cazo de la cafetera contra la máquina, la tragaperras entona una canción pirata, en la tablet del niño de la mesa de al lado suenan disparos, una alarma, cristales rotos y palabras que no distingo.

—Yo trabajo en la noche, pero me estoy preparando unas oposiciones a Correos —se me ocurre decirle.

Abro la galletita que viene con el café. La tarde no se acelera. Para el sexo, tiene que haber vértigo. Las conversaciones se empantanan, el puerto se aleja. El Tinder no es El Corte Inglés, aquí no se viene a mirar. Si la bengala no arde, hay que cambiar de bengala. Claudia va despacio. Yo tengo una urgencia caníbal. Voy al baño. Busco en la aplicación algún postrero milagro. Las citas sin alcohol son ajedrez, yo quiero tener el nervio etílico de la oca. Aún me dura el dolor de cabeza, el ron de anoche, el escozor en la nariz. Amar requiere esfuerzo, mis músculos no están preparados. De todas las ideas de amor, me quedo con la de Elisa Naithen: «Es pequeño el deseo, inmensa la barbarie». Ella cantaba sobre convivencias rotas, maletas sobre la cama. El deseo es un hermano pequeño que no nos deja concentrarnos en nada.

Tintineo las llaves de la memoria. Quiero abrir una puerta a lo que fui. Tiro de la cisterna, me lavo las manos, vuelvo a la mesa. Claudia mira el móvil.

—Voy a pagar, ¿vale? —le digo.

Me sonríe como en un sí. Me acerco a la barra. El camarero está buscando algo entre las neveras. Tamborileo sobre la vitrina. Media fuente de ensaladilla ambarina, un mar de cebolla donde palidece algo de atún, albóndigas asomando la nariz mientras se hunden en tomate.

—¿Qué te debo? —le pregunto.

—Dos cuarenta.

Le dejo tres. Claudia sigue con el móvil en la mesa. Me despido del camarero muy bajito. Salgo del bar sin mirar atrás. No soy un hijo de puta, hace falta mucho valor para serlo, mucha constancia, una inteligencia que no poseo. Soy un mierda, uno más. Un criminal de lo intrascendente. Hay mierdas en cada esquina. El ejército de las tinieblas. Cientos de miles de personas obligadas a seguir aquí, luchando con blandura. Camisas hawaianas, cocacolas, Rock FM, cupones de descuento en el DIA. Haciendo cosas que no queremos hacer. La esencia de nuestros tiempos: la acción por inapetencia. Eligiendo series en catálogos interminables. Dando los buenos días en Twitter.

Enfilo Luis Montoto, bloqueo a Claudia en Tinder y en WhatsApp. No soy el hombre que debo ser, pero este tampoco es el mundo que imaginé para mí. Reconforta el sol, da cobijo a la culpa, no me molesto ya ni en buscar excusas.

 


Julián Bellón, a los 40 años, vuelve a Córdoba por la muerte de su padre. Esa pérdida lo arrastrará a su infancia, a su barrio, a los bares y a las personas que lo vieron crecer, el último paraje de felicidad blindado antes de que su vida se torciera y cayera en un espiral de autodestrucción. El niño que se puso de portero aún soñando con marcar un gol, el joven que más tarde fue guardameta profesional, hoy es el protagonista de Prórroga, un hombre roto y acorralado por sus recuerdos. ¿Hay tiempo para la redención antes del pitido final?