Cuando llega el momento de dejarlo todo cambia. Las rutinas, las dietas, la exigencia, el día a día. Cualquier cosa se torna diferente después del fútbol. Pasada la treintena, algunos incluso rozando, o superando, la cuarentena, toca despedirse del deporte profesional. Colgar las botas, vaciar la taquilla del vestuario, poner el punto y final a una carrera corta, pero intensa. Intensa en lo emocional, y también en lo físico. Porque ser futbolista al máximo nivel implica un compromiso constante con el estado de forma. Desde que son las jóvenes promesas de la plantilla hasta convertirse en los más veteranos, casi dos décadas en las que un gramo de más, o de menos, cuenta; un segundo más rápido al sprint, o más lento, cuenta; un día más de trabajo, o uno menos, también cuenta. Todo cuenta.

Por eso, justo después del día en el que anuncian que lo dejan, los futbolistas suelen tomar dos vías diferentes. Muy diferenciadas, de hecho. Una de ellas pasa por olvidar todo lo trabajado hasta entonces, bajarse de la rutina de empalmar entrenamiento tras entrenamiento y pegarse los placeres que en sus días bajo los focos parecían prohibidos. La otra, en cambio, es totalmente opuesta. Nada de dejar el deporte. Todo lo contrario. Para según qué futbolistas resulta imposible olvidar los días de entreno, los esfuerzos en el gimnasio, la constancia, la dedicación y el trabajo que realizaron durante tantos años para mantenerse en la élite. Por ello, pese a ya no vivir bajo los focos, sus jornadas no contemplan un escenario donde el deporte no tenga cabida. Eso sí, en este caso, la modalidad es totalmente diferente, porque apuestan por deportes que no guardan (casi) ninguna relación con el fútbol.

Es el caso, por ejemplo, de David Villa, Raúl González o Álvaro Arbeloa. Cuando dejaron de correr detrás de un balón, no les importó que el esférico desapareciera ara seguir corriendo. Y ahora el running ha entrado de pleno en sus vidas. El exlateral del Real Madrid dejó caer en una entrevista que “ahora no acabaría la primera parte de un partido”, pero, en cambio, matizó también que sus tiempos, desde que comenzó a correr, son mejores que en su etapa como deportista profesional: “Cuando era futbolista ir a 4:30 [minutos por kilómetro] era la leche, ahora es ir a trote para mí”.

También los hay que se aficionan a ir en bicicleta. Aquí, también junto a David Villa, entran la ecuación Paco Camarasa, Roberto Solozábal y Luis Enrique, a los que alejarse de los terrenos de juego les llevó descubrir infinitas rutas ciclistas por todo el territorio del país. De hecho, tanto el actual seleccionador español como el excusador del Atlético de Madrid no solo se han aficionado a pedalear, sino que su exigencia va más allá y se les ha visto en más de una ocasión participando en un Ironman, donde se combina la bici, con el running y la natación.

A otros les dio por otras aventuras. Como a Carles Puyol, a quien es difícil verle sin una pala de pádel cogida de su mano. A Jofre Mateu, ex del Levante, el Murcia y el Girona, entre otros, que se ha enganchado a vivir, como Puyol, entre las paredes transparentes de una pista; pero las suyas no son de pádel, sino de padbol, una nueva modalidad en auge donde se combinan reglas del fútbol, el pádel y el volley. Y, por último, también destacan otros que están hoy más fuertes de lo que lo estuvieron en su época sobre los terrenos de juego. Los Fernando Torres, Jose Mari o Zé Roberto viven ahora entre las paredes de los gimnasios, quién sabe si porque en otros tiempos les hubiera provocado algún tipo de lesión muscular, imposibilitándoles desarrollar su fútbol.

 


Fotografía de Imago.