Se está volviendo costumbre hablar de días convulsos y aciagos, pero no hay margen para la inacción.
El ICE, la policía migratoria de Donald Trump, no es una apología al Tercer Reich —pese a la glorificación de la estética nazi a cargo del líder de las redadas en Mineápolis, Gregory Bovino—. Es un escuadrón de la muerte libertario que está asestando golpes en formato multipantalla y tiempo real.
Lo anterior nos obliga a pensar en qué demonios pasaba por la cabeza de Gianni Infantino, el falso progresista que utilizó la FIFA para paliar su crisis de legitimidad tras el escándalo de corrupción de 2015, al momento de condecorar a un bravucón con el Premio de la Paz ante los ojos del mundo.
Quizá no estamos siendo del todo conscientes de lo que supone que un megalómano nativista convierta el supuesto mundial de la apertura y la inclusión en su fiesta privada, considerando que México y Canadá —también víctimas de la retórica pendenciera del trumpismo— fungirán, más bien, como tramoyistas dentro de un monólogo belicoso y disparatado.
Dejar de ver y hablar de fútbol es el atajo tramposo. Vincularnos con él a partir de una mirada más crítica y reflexiva, la única vía de revolución
¿No nos escandaliza el hecho de que el país que más capital político y económico está invirtiendo en criminalizar la multiculturalidad sea el anfitrión del evento multicultural por excelencia?
Periodistas, medios y aficionados tenemos la opción de eludir el camino del testigo impasible. Plegarnos y limitarnos a servir de megáfono ante la retorcida corporativización del fútbol nos convierte en cómplices del montaje y parte activa de una ficción distópica basada en hechos reales.
Dejar de ver y hablar de fútbol es el atajo tramposo. Vincularnos con él a partir de una mirada más crítica y reflexiva, la única vía de revolución.
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Fotografía de Getty Images.


