Ulises dormía plácidamente la siesta. Desnudo. Arrullado por el murmullo de la corriente del río. Incluso el héroe más grande necesita de una prórroga. Para tomar aire tras el naufragio. Tras la pérdida de su barco y su tripulación. Al otro lado de los espesos arbustos, la hermosa Nausícaa, hija del rey de los feacios, juega a la pelota con sus doncellas mientras la ropa recién lavada se seca al sol. Risas veladas. Canciones festivas. La esfera que atraviesa el cielo azul. Felicidad infantil. Hasta que, por gracia de Atenea, Nausícaa falla el pase, la pelota cae al río y se enreda en un peligroso remolino. Nausícaa, la de los níveos brazos, grita. También sus doncellas. Y despiertan al héroe de su sueño. Terminan con su descanso. Fin de la prórroga.

Homero así lo relató en el canto VI de su Odisea. Los héroes, escribió, aspiraban únicamente a la gloria que podían conseguir con sus manos y sus pies. Miles de años después, la historia se repite. Ulises continúa embarcado en un viaje eterno. El periplo de todos los hombres. El mismo naufragio. Idéntica derrota. “Yo sueño con ser Ulises”, escribe Antonio Agredano en Prórroga, “pero recojo mi plato de la cena con restos de kétchup que les eché a las salchichas recalentadas”. Habla el protagonista, Julián Bellón. Exportero de fútbol. Portero de discoteca. 40 años. Un Ulises moderno sin puerto donde caer muerto. Sin larguero del que colgarse. Sin guantes para detener los embates de la vida. Sin escudo que defender.

“Los futbolistas”, escribió David García Cames, “contemplados como nuevos dioses, o mejor dicho nuevos héroes, sobreviven a un tiempo en la medida en que son capaces de insertarse en el discurso mitológico que les arropa”. Bellón, sin embargo, no tiene hazañas a las que aferrarse más allá de un lejano ascenso con el Córdoba, en el que apenas participó. Atrapó el sueño de la infancia con sus guantes Uhlsport, pero lo dejó escapar. Anudó entre sus brazos a muchas mujeres, pero todas terminaron dejándolo solo. Bellón se ha convertido en un Ulises moderno. Uno atrapado entre las líneas de cal del pasado. Aplastado por el peso de la portería. Encadenado a sus postes.

“Los porteros somos espantafelicidades”, piensa. “Es un oficio siniestro. […] No soy Cerbero, soy Caronte. No soy Yashin, soy Cedrún. Soy todos los porteros a los que miraba embobado. Soy Preud’homme y soy Avelino Viña. Soy Schmeichel y soy Zoff. Siempre es el mismo balón. En todos los partidos”. Bellón es todos esos porteros. Y más: es el gafoso al que siempre condenan a la portería sus amigos; el enamorado encadenado al que cantó Henry de Montherlant; es Nabokov volando en Cambridge como una mariposa; Chillida esculpiendo el barro de Atocha; es el miedo al penalti de Peter Handke; la palomita de Mario Benedetti en el potrero; el jadeo del Ché Guevara; Camus con el RUA, Kapuscinski con los juveniles del Legia de Varsovia; Delibes en un ‘solteros contra casados’; es García Márquez retorciéndose tras un pelotazo en el estómago; Dalí cambiando los guantes, las rodilleras y la gorrilla por la chalina, la corbata y la boina.

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Todos los goles que le ha marcado el pasado vuelven a su cabeza una y otra vez, y él se limita a hacer la estatua mirando cómo la pelota vuelve a besar su red. “Cada minuto en alguna parte del mundo un portero golpea el suelo con su mano enguantada y maldice a su dios”, escribe Agredano, “y golpea con los tacos el poste y grita a sus defensas de nuevo y piensa en ese gol hasta que encaja, más pronto o más tarde, el siguiente”.

El fútbol: felicidad y condena. La vida: alegrías y penas. Julián Bellón, como muchos de nosotros, ha vivido una vida ligada al fútbol. Para bien y para mal. En la salud y en la enfermedad. Hasta que la muerte los separe. “Mi corazón es un balón embarcado”, dice. “El fútbol es una suerte de regresos”. Y eso es, precisamente, lo que salvará a este Ulises moderno del naufragio. Entender que el fútbol es un amigo que siempre estará ahí esperándote. Un puerto al que siempre se puede regresar. Un consuelo. Una redención en la prórroga que le ofrece la vida.

Un portero, al fin y al cabo, es todos los goles que salvó; pero, sobre todo, es todos los goles que encajó.

Prórroga, de Antonio Agredano, la primera novela que publicamos como editorial, está disponible en estas librerías y aquí.

 


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