El pasado domingo llegué al Estadi Municipal de Montilivi sobre las 11 de la mañana; justo una hora antes de que el balón empezara a rodar sobre el soleado e impoluto césped del feudo del Girona. Mientras caminaba hacia la tribuna de prensa me llamó la atención la preciosa imagen de un padre flanqueado por sus dos hijos. Ataviados con los colores del Lugo, los tres aguardaban, impacientes, el inicio del duelo, correspondiente a la antepenúltima jornada de la primera vuelta de liga de la categoría de plata de nuestro fútbol. Maravillado, observaba la escena desde detrás, como si fuera una película; mientras los ojos, centelleantes, desorbitados, inquietos, de los dos niños, de ocho y cuatro años, según supe unos minutos más tarde, iban del terreno de juego, infinito para ellos, al rostro de su padre, en el que, superados, buscaban respuestas. Duele mucho ver cómo han pervertido el fútbol, pero, en su esencia, qué jodidamente bello es este deporte; pensé justo antes de convencerme de ir a hablar con Nino. “Del Lugo de toda la vida. Desde pequeño. Desde siempre. Con diez u once años mi padre ya me llevaba a ver el fútbol en Anxo Carro. Ahí viví, en directo, el ascenso a Segunda; contra el Sant Andreu”, decía, feliz, con la misma pasión con la que, mientras hablábamos, mientras yo pensaba que Francisco Cabezas tiene razón, una vez más, que el fútbol, en realidad, no es más que el recuerdo de una vida, sus dos hijos seguían escrutando, rastreando, un lejano horizonte. “Espero que nos llevemos los tres puntos nosotros”, aseguró antes de despedirnos, sonriente.

Pero la victoria acabó quedándose en Montilivi. Así lo decidió Cristhian Stuani, que despachó el partido con un hat-trick que le eleva, todavía más si cabe, si es que es posible, al Olimpo de un Montilivi que le adora, que ansía que devuelva al equipo a la Primera División. Mientras dejaba atrás el estadio, ya vacío, abrí Twitter. Me enervan los mensajes que se preguntan qué hace el artillero ‘charrúa’ en Montilivi, en Segunda. Hemos desterrado los sentimientos del fútbol hasta el triste punto de que ya ni entendemos las decisiones que se toman en base a ellos, de que ya no comprendemos las que no se toman en base al dinero. Ya sé que en Girona Stuani no cobra con besos, ni con abrazos, que quizás tiene un sueldo con el que muchos jugadores de Primera no podrían ni llegar a soñar, pero quizás lo que hace el ariete uruguayo en Montilivi es ser feliz, simplemente; alimentar, contento, en paz, su insaciable amor por el balompié.

El amor por el fútbol que todos compartimos. De pequeños a mayores. De este a oeste. De sur a norte. De Girona a Sheffield; donde nació un hombre, el protagonista de esta bonita historia, que regresó a mi mente mientras deshacía el camino de Montilivi a Torelló, pensando en Nino, en sus dos hijos, también del Lugo “de toda la vida”, como remarcan, al unísono, convencidos, haciendo suyas las palabras de su padre. Y en Stuani. En Sheffield, decíamos, nació, hace justo 90 años, el hombre que verbalizó la más profunda, la más sincera, la más bella, declaración de amor al balompié que se ha pronunciado jamás; sintetizando, condensando, en tan solo un puñado de palabras lo que todos sentimos por un deporte que, a pesar de la triste deriva en la que vive inmerso desde ya hace años, continúa emocionándonos; devolviéndonos a la infancia.

Derek Dooley llegó al mundo el 13 de diciembre del 1929; en el seno de una familia humilde, trabajadora, de Sheffield, de la ciudad en la que, según muchos historiadores, nació, también, el balompié. Tras un breve paso por el Lincoln City (1946-47), el británico comenzó a vestir la camiseta blanquiazul del Sheffield Wednesday en el año 1947; aunque su explosión definitiva no se produciría hasta el amanecer de la década de los 50. Erigiéndose en el gran ídolo, en el principal referente, de la hinchada del Hillsborough Stadium, el insaciable ariete de Sheffield se consagró como uno de los mejores delanteros de las islas celebrando hasta 62 goles en 61 encuentros de liga entre el 1950 y el 1953. Solo en la temporada 51-52, en la que el Sheffield Wednesday volvió a la primera división, de hecho, Dooley anotó 46 dianas; situando el récord de goles de un futbolista del conjunto inglés en un registro eterno e insuperable. 

El Hillsborough Stadium veneraba a su héroe, al que incluso se empezaba a relacionar con la selección inglesa. Pero todo se ennegreció de repente el 14 de febrero del 1953; cuando, en un duelo contra el Preston North End, un fuerte choque con el portero rival le cambió la vida para siempre. Las radiografías descubrieron que sufría una doble fractura de tibia y peroné y Dooley pasó por el quirófano de forma inmediata. El regreso a los terrenos de juego parecía lejano; pero, desde la misma cama del hospital, el atacante de Sheffield soñaba con volver a agujerear las mallas de las porterías rivales. Todas las esperanzas se desvanecieron de golpe dos días después de la operación. “Una enfermera notó que no respondía cuando le tocaba con las manos el dedo gordo del pie. Había perdido la sensibilidad. Una rápida exploración descubrió que se le había iniciado una gangrena, contra la que no había curación posible, y no hubo más remedio que amputarle una pierna”, recuerda Alfredo Relaño en el genial 366 historias del fútbol mundial que deberías saber. “Una infección provocada por los productos con los que se pintaban las rayas del campo había provocado una gangrena que obligaba a amputarle la pierna. Un drama para él. Y para la afición del Sheffield“, afirmaba Juan Carlos Álvarez en las páginas del Faro de Vigo, dibujando la bonita historia de un Derek Dooley que, convertido en un mito del balompié de las islas, cerró los ojos por última vez hace once años.

El fútbol parecía haber terminado para el artillero; condenado a despedirse a los 25 años de su gran pasión. Pero el fútbol nunca termina. “Me da igual que me corten la pierna. Seguiré en el fútbol. Como sea. Si no puedo servir para otra cosa, ni siquiera me importará que me utilicen como banderín de córner”, enfatizó Derek Dooley desde las puertas del mismo hospital.