RUSIA 6 - 1 CAMERÚN (28-06-1994)
7.5Nota Final
IMPORTANCIA7
EMOCIÓN8
TÁCTICA6
ESPECTÁCULO9
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10.0

La inenarrable, e infinita, belleza de los Mundiales radica, quizás, en la capacidad, sin igual, que atesoran para devolvernos a la infancia; a aquellos años en los que, abducidos por un televisor que nos descubría un mundo, una realidad, ingente, tan atractiva como hermosa, todo nos parecía posible. En los que, a lo largo de un mes, nada nos parecía imposible, ni inalcanzable. Y con esta misma mentalidad afrontó Oleg Salenko (San Petersburgo, 1969) el duelo contra la selección de Camerún de la tercera jornada de la fase de grupos de la Copa del Mundo de Estados Unidos (1994), aquella en la que Diego Maradona culminó el descenso a sus infiernos; aquella que nunca acabará de cicatrizar en el corazón del genial Roberto Baggio, ni en la nariz de Luis Enrique; aquella en la que la Bulgaria de Hristo Stoichkov hizo historia al alcanzar las semifinales; al igual que la Rumanía de Gheorghe Hagi al conquistar los cuartos de final tras imponerse al conjunto argentino; aquella en la que la mejor Suecia de la historia se quedó a tan solo un paso de la final.

La inenarrable, e infinita, belleza de los Mundiales radica, quizás, en la capacidad, sin igual, de convertir un Rusia-Camerún de la tercera jornada de la fase de grupos de la Copa del Mundo de Estados Unidos (1994), a priori intranscendente, en uno de los partidos más recordados de aquel torneo, en uno de los más bellos; más emocionantes. Encuadrados en el mismo grupo que Brasil, que acabaría proclamándose campeona tras vencer a Italia en los penaltis, y que Suecia, que, tras ser eliminada por la ‘canarinha‘ en semifinales, batió a Bulgaria en el encuentro por el bronce (4-0), los dos equipos afrontaban el partido con la obligación de ganar por goleada para aspirar a ser una de las cuatro mejores terceras de grupo y poder acceder a los octavos de final. Las opciones de Camerún, que había sumado un punto ante el combinado escandinavo, eran escasas, casi remotas. Las de Rusia, que había perdido en los dos partidos, casi nulas. “Nuestro seleccionador, Pavel Sadyrin, solo nos recordaba que debíamos ganar por al menos cuatro goles. ¡Por cojones!”, rememoraba, en El País, un Salenko que acudió al Mundial, ya como jugador del Valencia, después de firmar 23 tantos en Primera División con el Logroñés, al que llegó a mediados del curso 92-93 procedente del Dinamo de Kiev. 

“Su trayectoria parece más la de un bróker medio arruinado que la de un futbolista”, acentúa Javi Giraldo en un texto en el que recorre la vida futbolística de un Salenko que jamás volvió a brillar tanto como lo hizo aquella tarde del 28 de junio del 1994 en el césped del californiano Stanford Stadium, ante la atenta mirada de 75.000 personas que, sin saberlo de antemano, presenciaron, atónitos, estupefactos, un partido eterno, de los que siempre formarán parte de la historia de los Mundiales. Tan solo habían transcurrido 15 minutos cuando el artillero soviético empezó su exhibición con la primera diana; asistido por Igor Korneev. Y a partir de ese momento ya no se detuvo; desatado, enloquecido. “Sin motivación no se escriben hazañas”, diría al cabo de unos años. Cuando el árbitro decretó el final del primer acto Salenko ya había anotado un hat-trick. Ya en la segunda mitad redondeó su extraordinaria actuación con dos goles más, completando un repóquer en tan solo 60 minutos. Incluso pudo hacer un sexto tanto, pero prefirió ceder el balón a Dimitri Radchenko para que fuera él, que por aquel entonces defendía la camiseta del Racing de Santander, quien celebrara el 6-1 con el que se cerró el encuentro. Salenko ya se había convertido en inmortal; en el único hombre capaz de firmar cinco dianas en un partido mundialista, dejando en nada las cuatro que hasta la momento habían cantado hombres como el polaco el polaco Ernst Wilimowski (1930), el brasileño Ademir (1950), el húngaro Sandor Kocsis (1954), el francés Just Fontaine (1958), el portugués Eusebio (1966) o Emilio Butragueño, que en el Mundial de México de 1986 marcó un póquer de goles en el encuentro contra Dinamarca.

“Camerún, el equipo que anunció hace cuatro años que África también contaba en esto del fútbol, acató con la cabeza baja ante una Rusia que dio a la Copa del Mundo, de paso, una estrella goleadora: Salenko. El delantero recién fichado por el Valencia del Logroñés consiguió una marca única, algo nunca logrado en un Mundial: hacer cinco goles en un solo partido, una borrachera goleadora sin precedentes. […] Los leones indomables, ya domados, bajaron los brazos. Salenko los había alzado cinco veces”, enfatizaba la crónica de El País de una victoria tan contundente como estéril para los intereses del combinado ruso, que a pesar de conseguir la goleada más abultada del campeonato quedó igualmente eliminada. Los cinco goles que anotó ante Camerún, en un partido en el que también inscribió su nombre en la historia de las Copas del Mundo un Roger Milla que, después de maravillar al mundo en Italia (1990), se convirtió, con 42 años, en el futbolista de más edad en cantar un tanto en un duelo mundialista, no fueron los únicos que marcó en Estados Unidos; ya que en el encuentro de la segunda jornada contra Suecia (3-1) estrenó el marcador desde los once metros. Los seis goles que firmó en los tres partidos que jugó el combinado ruso, con todo, le sirvieron para compartir la Bota de Oro con Hristo Stoichkov; que anotó seis tantos en siete encuentros.

La inenarrable, e infinita, belleza de los Mundiales radica, quizás, en la capacidad, sin igual, de hacernos enamorar a las primeras de cambio de hombres como un Oleg Salenko que jamás volvería a defender la camiseta de su país; de reconectarnos con aquellos años en los que todo nos parecía posible. En los que nada nos parecía imposible. En los que quizás todo era diferente, más puro, más bello. Tal como acentuaba el artillero de San Petersburgo hace un año en EFE, “el problema es que ahora los equipos hacen dos goles y ya solo se dedican a amarrar el resultado. Antes cuando marcábamos corríamos como locos a por más”.