Esta entrevista está extraída del #Panenka98, un número que todavía puedes conseguir aquí.


 

Raymond Kopaszewski, el eterno Kopa (Noeux-les-Mines, 1931), fue leyenda en el Stade de Reims y en el Real Madrid y dejó su huella en el Mundial de Suecia’58 con la selección francesa, lo que le valió ese Balón de Oro que siempre rondó. Fallecido el 3 de marzo de 2017, lo que ofrecemos a continuación es una de sus últimas entrevistas, por primera vez en español.

¿Tiene la sensación de que en Francia se le valora como merece?

Aquí soy muy conocido. Además, cuando los periodistas hablan de mí, siempre me citan con Zidane y Platini. Y yo soy el mayor de los tres. ¿Qué te parece que me nombren junto a ellos? Yo te lo digo: los que tienen que estar contentos son ellos [ríe]. Pero además de mí, había otros jugadores a tener en cuenta. Just Fontaine, que marcó 13 goles en una Copa del Mundo, algo que lo hace excepcional.

¿Todavía sigue el fútbol?

Soy presidente de honor del Stade de Reims. Un título honorífico, no gestiono el club, pero voy allí cinco o seis veces al año, y los voy a ver cuando juegan en el oeste de Francia. La gente mayor todavía me reconoce. Hoy en día no trabajo en nada. Cuando estoy en Córcega, me ocupo de mi propiedad, sobre todo de mi jardín, de mi huerto. Cultivo tomates. Solo tomates. Sin tratar, naturales; eso es importante. Tengo el mar a 500 metros. Y una piscina.

¿Qué opina del fútbol de hoy?

Hay equipos que tienen la fortuna de tener buenos jugadores, y que han construido un equipo, pero que no siempre juegan tan bien, como el PSG. A veces les cuesta ganar, pero siguen siendo los mejores. Muchos clubes no tienen los mismos medios, como el Reims. Hoy se habla, sobre todo, de dinero. En mi época no era así. Pero ya había diferencias. El Madrid era más rico que los demás. Ya era el más rico. No hay que olvidar que tenía un estadio para 125.000 personas. El aforo bajó tras la tragedia de Heysel. Hoy son más de 80.000, que no está mal.

¿Cómo se produjo su llegada a Madrid?

En aquel tiempo, se podía tener a tres extranjeros en el equipo. Me vieron en un partido que jugué con Francia, ante España, en Madrid. Ganamos 1-2. Entonces ya me estaban siguiendo, ya había habido contactos, querían que viniera. La suerte quiso que Di Stéfano se nacionalizara español. En la final de la Copa de Europa [la primera edición, en 1956], yo estaba en el Reims, el segundo mejor equipo del continente. Fuimos finalistas contra el Real Madrid. Y jugar en ese conjunto era algo excepcional. No me fui por dinero, como algunos han dicho. Pasé a ganar más, sí, pero nada comparable a lo que se cobra actualmente. Era el mejor equipo de Europa. Éramos imbatibles. Solo perdimos un partido [de Liga] en casa en tres años. Fue contra el Atlético de Madrid. No deberíamos haber perdido. Al día siguiente, el presidente Bernabéu nos reunió y nos dijo que, si volvía a ocurrir, nos despediría a todos. Lo dijo porque tenía que decir algo.

Firmó por el Real Madrid antes de la final de la Copa de Europa.

Firmando por el Madrid, sabía que iba a tener más posibilidades de ganar la Copa de Europa. Estaba en negociaciones. Estaba casi cerrado. Pero aunque ya fuera un hecho, no les habría regalado nada. Solo perdimos de un gol. Les inquietamos, porque nos pusimos 2-0. No era nada contra el gran Real Madrid, o por lo menos el inicio de lo que sería aquel equipo. Los mejores marcaron la diferencia, hay que reconocerlo. Dejamos una buena imagen.

En aquel entonces, ¿se le daba importancia a la competición?

Por supuesto. Después jugué tres finales con el Madrid, y siempre estuve cerca en la carrera por el Balón de Oro. No era fácil; lo gané en 1958, pero estuve nominado cuatro veces seguidas. Tuve que participar en un Mundial para tenerlo.

¿El Balón de Oro era tan importante como lo es ahora?

Claro. El presidente Bernabéu acudió al Mundial y, a su regreso a Madrid, los periodistas le preguntaron: ‘¿Ha encontrado jugadores?’. Y respondió: ‘¿Para qué? Si vuelvo teniendo al mejor del mundo’.

¿Era importante para usted defender los colores de Francia?

Sí. Y me fue bien. Encima me nombraron el mejor de ese torneo [en el equipo ideal del Mundial 58]. Lo cual se tradujo en un pequeño aumento…

¿Fue el mejor de aquel Mundial pese a los 13 goles de Just Fontaine?

Sí, porque los que me designaron [como Balón de Oro] eran inteligentes. No porque un futbolista marque goles significa necesariamente que sea el mejor. Creo que le ayudé un poco a conseguirlo, y no solo yo; pero lideré el ataque. Y no creo que Fontaine tuviera nada de lo que quejarse. Me parece que incluso podría haber marcado más tantos. Pregúntaselo a él. Como sabes, Brasil estaba en un momento extraordinario. Era uno de los mejores equipos de todos los tiempos, con Pelé y compañía. Nos tenían miedo. No habían recibido un gol hasta que jugaron contra nosotros. Pero tuvimos la mala suerte de quedarnos muy pronto con diez jugadores. Jonquet se retiró a los 20 minutos. Y como no había sustituciones…

¿Se hablaba mucho de Pelé en la época?

Era la esperanza de Brasil, y si le dieron la oportunidad de jugar es porque tenía unas cualidades excepcionales. No jugó todos los partidos, pero sí la semifinal. Tenía 17 años, y muchos de los nuestros le sacaban diez. Lo que sabíamos de él era lo que estaba en la prensa. Era el futuro, tal y como demostró después.

¿Qué jugadores le marcaron en aquella Copa del Mundo?

Los brasileños. Garrincha fue el mejor de Brasil. No, no me quita el sitio, para una vez que me lo dan [el Balón de Oro], ¡no lo compartiré! [ríe]. Sentía admiración ante un jugador que, aunque siempre hacía la misma acción, le salía bien una y otra vez. Yo lo veía desde lejos, pero para los defensas no era fácil. Los brasileños acabaron contentos siendo campeones y nosotros, terminando terceros. Porque al principio del campeonato la prensa francesa no nos daba ninguna posibilidad. Íbamos de vacaciones, decían, porque la mayoría de jugadores viajaron con la caña de pescar. No les parecíamos especialmente buenos. Y hoy… puedo enseñarte [qué dicen en] algunos libros… ‘Oh là là, qué buenos eran’.

En el Mundial 54, no pudieron pasar de la primera fase.

Había varios jugadores del 54 que luego estuvieron en el 58. Nos eliminó un buen equipo, Yugoslavia, pero pudimos llegar más lejos. Tuvimos opciones de marcar la diferencia, pero nos ganaron. Nunca debimos perder. Cosas que pasan. A México le ganamos. Marqué de penalti.

¿Entonces descubrió a Puskás?

Ah, Puskás… Ese es el Mundial de Puskás, sin duda. Llegaron a la final. Los húngaros, y sobre todo Puskás, eran un espectáculo. Tenían un ataque excepcional. Eran muy buenos en defensa, pero delante eran un espectáculo constante.

¿Cómo explica la derrota que sufrieron en la final contra Alemania Occidental?

Todavía me lo pregunto. Se dicen muchas cosas: dopaje, etc. Puskás, cuando llegó a Madrid, no me habló de ello. Estaba bastante ocupado cuando llegó a Madrid. Tenía que recuperar la forma… A los húngaros los habían rechazado en su país. Por eso se marcharon al extranjero: a España; a Madrid, a Barcelona… Visitaba a Puskás a menudo. Había muchos húngaros refugiados en su casa. Tenía la puerta abierta, una amabilidad excepcional.

Cuando dice que Puskás se había convertido en su ídolo, ¿significa que trataba de inspirarse en él?

No, no. No tenía la pretensión de jugar tan bien como él. Puskás solo necesitaba de su pie izquierdo, y viéndolo a 30 o 35 metros, los porteros ya empezaban a temblar. Desde su llegada al Real Madrid, pasó delante de Di Stéfano como nuestro goleador habitual.

¿Cómo se hizo un hueco entre ellos?

Los tres jugábamos delante, y Di Stéfano ejercía de líder. Interior izquierdo, Puskás. Y no hay que olvidar al extremo izquierdo: Gento. Cuando tenía la pelota, era imposible quitársela. Nunca vi a nadie correr de esa manera con el balón. Había muchos pesos pesados arriba, pero no nos hemos olvidado de él.

¿Cómo se puede cohabitar con caracteres tan fuertes?

Di Stéfano, sin descuidar al resto de compañeros, tenía preferencia por jugadores como Puskás o yo, dentro y fuera del terreno de juego. Nos necesitaba. No creía poder hacerlo todo por sí solo, ni lo pretendía. Para ser un gran equipo, necesitas a otros grandes jugadores. Tuve la suerte de estar rodeado de futbolistas excepcionales, ya fuera en Reims o en Madrid. Eso me permitió evolucionar a mi manera, como yo quería. Al llegar al Madrid, no fue fácil, porque tenían la costumbre de jugar por el lado de Gento. Yo no tocaba mucho la pelota, ya que estaba en la derecha. Al final, al ver que no recibía demasiados balones, el público empezó a gritar mi nombre. Me llamaban ‘Kopita’. Y poco a poco se fue combinando el juego por la derecha con el de la izquierda. Lo que Gento hacía por velocidad, yo lo hacía con regates. Había que tener en cuenta la llegada, también. No se trata solo de correr rápido con el balón, hay que ponerla en el sitio indicada para el remate.

¿Sentía que el Real Madrid era en cierto modo el equipo favorito del Franquismo?

No lo sentíamos, no. Las ventajas las creábamos nosotros mismos al demostrar lo que éramos capaces de hacer. Cuando alcanzas un cierto nivel en un deporte colectivo, llamas la atención.

 

“Solo me arrepiento de la final perdida con el Reims. Por eso me fui al Real Madrid”

 

¿Cuál era la diferencia entre ser una estrella en el Stade de Reims y en el Madrid? ¿Eran dos dimensiones distintas?

Sí, desde todos los puntos de vista. No hablo de dinero, es diferente, aunque ganáramos mucho más. La diferencia también estaba en cómo nos cuidaban, en todos los sentidos. A la menor lesión, se ocupaban de nosotros, de nuestra casa, de toda la familia.

Antes de llegar al Madrid, el Milan hizo un acercamiento por usted, ¿no?

Sí. La cosa estaba entre el Milan y el Madrid. Los milaneses fueron a ver a mi esposa, y los del Madrid vinieron a verme a mí. Intentaron convencerla, pero fue decisión mía.

Tardó en dejar el fútbol. Se retiró a los 70.

Fui profesional hasta los 40. Cuando regresé a Francia, terminé mi carrera en el Stade de Reims. Y luego, seguí jugando con veteranos durante 30 años. Tenía partido cada domingo por la mañana, en Angers [donde vivía]. También jugaba al tenis. Los futbolistas, a la hora de competir, son un dolor de cabeza para los rivales: tienen buen físico, se defienden bien… No podía jugar muchos torneos, porque en aquel momento también trabajaba. Me encargaba del grupo Kopa, de artículos deportivos. Por eso volví a Francia. En Madrid me habían ofrecido cinco años más. Pero no me daba seguridad: ¿qué iba a hacer si sufría una lesión grave? [En Francia] tenía trabajo y yo era el jefe.

Fue uno de los primeros en lanzarse al mundo del marketing.

Sabía cómo hacerlo. El contacto con los clientes, el asesoramiento… Allí por donde pasaba, en general, las cosas salían bien. ¡Terminaba firmando autógrafos! No todos pueden hacerlo. Tienes que ser conocido para captar la atención de los compradores. Mi nombre sonaba bien. Era un mundo que me interesaba, pero nunca abandoné el Stade de Reims.

¿Cómo empezó a jugar al fútbol?

En la calle. No siempre tuve un balón. Un día se lo robé a los alemanes. No es broma, ¿eh? Mi casa, en Noeux-les-Mines, estaba al lado del estadio. El campo estaba al otro lado de la pared. Durante la guerra, lo usaban los alemanes. Un día, mientras jugaban, vi una pelota en el fondo de la red. Me llamó la atención, y me la llevé. Así resolví el problema del balón [ríe].

¿El club de Noeux-les-Mines era un buen equipo en la época?

Era un club amateur, pero de buen nivel, justo por debajo de los profesionales. Siendo aún muy joven, jugaba con el primer equipo. Eso me permitió convertirme en profesional a los 17 años.

¿Las comunidades se mezclaban?

Donde yo vivía, había muchos polacos. Hoy aún son el 50 por ciento. También había muchos italianos, pero más gente del este. Nosotros no tuvimos problemas de integración. En general, los franceses acogieron muy bien a los polacos, que estaban contentos de venir: querían trabajo y lo tenían, en la mina, en el carbón… Yo también pasé por ahí. La mayoría de los polacos trabajaban en las minas. No había otra opción, muchos no sabían hacer otra cosa…

¿Qué hacía usted en la mina?

Era carrero. Cargaba las vagonetas, las empujaba… No era fácil. Tuve un percance importante, y el ingeniero de la mina, que era el presidente de mi club, podría haber hecho lo necesario para encontrarme un empleo mejor. No lo hizo. Era un idiota. Me hice daño en la mano, y pude perderla. Afortunadamente, solo me falta un dedo. Fue a causa de un desprendimiento. Era el peligro de la mina. Trabajaba a 612 metros de profundidad. Estábamos mi padre, mi hermano y yo.

¿No le daba miedo?

No. Son cosas que pasan. Por suerte, no sucedía a menudo. Mi padre y mi hermano nunca se hicieron daño.

¿No tuvieron problemas de salud?

Sí, claro. Mi padre murió a los 57 años y mi hermano a los 61 o 62. No llegaron a viejos. El carbón, el polvo, todo eso no ayuda para nada.

¿En sus tiempos en la mina, imaginaba que sería futbolista profesional?

Lo deseaba, para poder salir de allí. Esa fue la situación en la que el presidente no jugó el papel que debería. No quería dejarme marchar. Le dijo a todo el mundo que yo había escalado tan rápido en el fútbol gracias a él… ¿Pero qué hizo? Me permitía jugar, pero luego me tenía en la mina. El fútbol me salvó la vida, se lo debo todo. No sabía lo que me deparaba el futuro, no pretendía saberlo. Pero conseguí llamar la atención de algún club profesional.

Cuando uno se fija en los grandes jugadores de la historia, se da cuenta de que la mayoría provienen de un contexto popular. ¿Cree que es importante proceder de un entorno así para tener una mentalidad ganadora?

Puede ser. Está claro que, cuando uno trabaja en la mina y tiene la oportunidad de salir de ella jugando a fútbol, querrá salvarse. Muchos se han convertido así en profesionales. Fíjate en la historia del fútbol en el norte de Francia: muchos jugadores, buenos futbolistas, habían trabajado antes en la mina.

En la mina arriesgas la vida para sobrevivir. Es un tanto paradójico…

Por eso le estoy agradecido al fútbol; gracias a él, salí de allí. Gracias al fútbol pude dar mejores condiciones a mi familia. Tuve la oportunidad de ser profesional durante 20 años, para luego encontrar un trabajo excepcional, pues me convertí en director de cinco empresas, lo cual me permitió ahorrar algo de dinero. No soy millonario, pero no me quejo. Quizá lo consiga la próxima vez…

¿Hasta qué edad trabajó?

Hasta los 60 años. Después me retiré. Los nuevos propietarios dejaron de lado la marca y nadie le dio continuidad. Siempre me he preguntado por qué. Teníamos factorías en Francia y en el extranjero. Nunca quise averiguar qué es lo que ocurrió después. Ya no tenía poder de decisión sobre la marca, aunque llevara mi nombre. Es una pena.

Durante su carrera, especialmente hacia el final, tuvo un perfil algo sindicalista. Dijo que los jugadores eran esclavos. ¿Fue una lucha importante para usted?

Yo no necesitaba ayuda, pero creo que hay que ayudar a los demás. Cuando veo lo que ocurre hoy en día… Qué desastre. Con lo que ganan… Un deportista tiene una carrera de 15 o 20 años. ¿Y después? El deporte nunca ha dado seguridad en ese aspecto. El comportamiento de ciertos dirigentes…

¿Es importante ser libre cuando se es futbolista?

Después de tres años en el Madrid, yo era libre. Porque lo exigí. Porque yo lo decidí.

Por eso después podía hablar. Por su notoriedad, usted era un ‘protegido’.

Nunca tuve problemas. Allí donde era bienvenido, lo daba todo. Hay que ser serio. Pero es cierto que los jugadores podían ser despedidos sin más. Hoy en día, al jugador de un cierto nivel, le ayudan, tiene un buen apoyo. En mi caso, la que negociaba los contratos era mi esposa. Hoy, con los agentes, están más tranquilos. Pero a veces el futbolista tiene que entrar en el juego.

¿Le hubiera gustado jugar hoy en día?

Me apasionaba lo que hacía y era feliz con lo que ganaba. Pero no se puede comparar. Me traspasaron al Real Madrid a cambio de 52 millones de francos, pero con ese dinero, el Reims pudo fichar a Fontaine, Piantoni y Vincent. La gente creía que toda esa cantidad había sido para mí. Tenía un salario más alto, eso sí.

 

“Quería ser profesional para dejar de trabajar en la mina. El fútbol me salvó la vida”

 

¿Cómo explica que el Reims fuera un club grande en la época, cuando no ha sido tradicionalmente tierra de fútbol?

Los directivos de la época acertaron al escoger a los jugadores. Y tenían al mejor de todos los tiempos, Albert Batteux. Es el mejor entrenador de la historia de Francia. Tenía muchas virtudes.

¿Era como un padre o un amigo?

Era un hermano. Cada vez que tenía comentarios que hacernos sobre un partido, empezaba por mí, por lo que yo debería haber hecho. Pero de forma discreta, de manera que los demás no pudiesen decir nada. No me regaló nada, pero había un vínculo muy fuerte entre nosotros.

Le faltó ganar una Copa de Francia. ¿Lo lamenta?

En absoluto. Mira, tengo tres Copas de Europa. Bien valen una Copa de Francia, ¿no? Claro, la habría aceptado si me la ofrecieran, eh. Pero no me arrepiento de nada de lo que hice en mi carrera. Solo de haber perdido la final de la Copa de Europa con el Reims. Seguramente fue por ello por lo que me fui al Madrid.

Y después la ganó tres veces seguidas. La última, contra sus amigos del Reims.

O, más bien, ellos me dejaron ganar [risas]. Me lesioné, pero seguí en el campo hasta el final. En aquella época todavía no existían los cambios. De lo contrario, hubiéramos derrotado a Brasil y hubiéramos sido campeones del Mundo. Sin duda. Puedo decirlo, hacerlo ya es otra cosa [risas]. Les dimos un buen susto. Y luego vencimos a Alemania.

¿Era duro tener que jugar cada tres días?

No, para nada. Viajábamos en coche o en tren. Lo mismo en el Real Madrid. Ir en avión no era común. Volvíamos en tren por la noche. Jugábamos constantemente.

¿Qué relación tenía con Bernabéu?

Era un hombre excepcional. Le caía bien a todo el mundo. El Madrid era su club. Él lo manejaba todo, nosotros no nos teníamos que ocupar de nada. No era severo con nosotros. ¿Cómo iba a serlo si solo perdimos un partido en casa en tres años? Tuvo la suerte de contar con un gran equipo.

¿Todavía mantiene el contacto con el Real Madrid?

Mucho menos del que tenía antes. Pero si les llamo y les digo que vengo, no hay ningún problema. No puedo decir que tenga un lugar reservado [en el estadio], pero es como si lo tuviera.

 


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