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Jean-Marc Bosman: la persona detrás de la ley

Su rostro desapareció de nuestra mente a la misma velocidad con la que aparecían caras exóticas en las plantillas de los grandes del continente. Apuró su fútbol sin éxito, dio tumbos por aquí y por allá, se arruinó, se alcoholizó y se deprimió

Bosman

Este es el editorial con el que arrancaba el #Panenka45

 

A veces nos cuesta recordar que se llamaba Jean-Marc. Será porque hemos olvidado que antes de ser un simple concepto, una ley, una sentencia, Bosman era un ser humano. Cuando, Google de por medio, nos viene por fin a la mente su nombre afrancesado, reconocemos otra imprecisión: a Jean-Marc lo acompañamos siempre de verbos pretéritos –’¿cómo se llamaba?’–. Lo tratamos con la frialdad y la ignorancia con las que se trata a los olvidados del circo de la Historia, un lugar en el que el espectáculo siempre debe continuar.

Será que esa Historia, con su fluir imparable y gélido, es además caprichosa. Eleva a hombres y a mujeres por encima del resto, juega a decirles que en sus manos está el devenir de sus contemporáneos y luego los escupe en la isla del destierro de Napoleón, en la selva sangrienta del ‘Ché’ Guevara o en el motel triste de Luther King. Salvando las distancias, algo así le ocurrió a Jean-Marc.

En el breve apéndice dedicado al fútbol dentro del libro de la historia de la humanidad, el de la sentencia Bosman es uno de los apartados más destacados. Decimos a menudo que tal o cual cosa ‘cambió el fútbol para siempre’. Con Bosman lo repetimos, aunque esta vez es verdad. El jugador belga se levantó contra la naturaleza injusta de la ‘esclavitud’ y les devolvió el poder a los inventores del deporte, herederos del pionero que pintó rayas en un césped virgen antes de soltar un balón tras el que correr.

 

Bosman fue el libertador que triunfó y regaló a sus compañeros la oportunidad de llevar la voz cantante, de someter a los patrones a su voluntad, de ganar más dinero del que los límites de la decencia les habían permitido imaginar

 

Bosman fue el libertador –o el conquistador, desde el prisma de federaciones y clubes– que triunfó y regaló a sus compañeros la oportunidad de llevar la voz cantante, de someter a los patrones a su voluntad, de ganar más dinero del que los límites de la decencia les habían permitido imaginar. Pero ahí estaba la paradoja, esperando a Jean-Marc a la salida del juicio para contarle lo que le pasa a los que se atreven a desafiar el orden establecido de las cosas. Con 31 años, el 21 de diciembre de 1995 marcaría en los juzgados el último gol que se le recuerda. Su rostro desapareció de nuestra mente a la misma velocidad con la que aparecían caras exóticas en las plantillas de los grandes del continente. Apuró su fútbol sin éxito, dio tumbos por aquí y por allá, se arruinó, se alcoholizó y se deprimió.

Y como era de esperar, su revolución se pervirtió. ¿Cómo no iba a hacerlo, si había sido el dinero el principal combustible que la encendió? Los billetes fluían, la inflación se disparaba, los agentes negociaban con la soltura de un churrero ante la freidora y el fútbol formativo, carente ya de proteccionismo, sudaba para mantener su esencia. Las distancias se ensancharon y el fútbol pasó a ser una Torre de Babel incomprensible para el hincha tradicional, al que muy pronto empezarían a llamar cliente. Pero no fue culpa de Bosman, él solo estaba de paso en el proceso de la Historia. El fútbol europeo, espejo de su tiempo, simplemente ya no podía defenderse ante el regate más efectivo de la vida moderna: decir libertad cuando en realidad se quiere decir liberalización.

 


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Fotografía de Gabriela Hengeveld.