Hay más de una versión de la historia del nombre del Spartak. Tal vez la que genera más consenso es la que nos conduce a un apartamento de Moscú, en 1935. Nikolái Stárostin estaba reunido con sus hermanos y unos cuantos compañeros para encontrarle un nueva denominación a la sociedad deportiva de la que formaban parte (fundada en 1922, hasta ese momento ya se había llamado Moskovski kruzhok sporta, Krбsnaya Presnya, Pishcheviki y Promkooperatsia). En esas que, en plena discusión, la mirada de Nikolái se posó sobre un libro que había encima de la mesa. Al tomarlo, se dio cuenta que ya tenía la respuesta. La entidad requería un lema que desprendiera “fidelidad, arrojo, victoria”. Y en sus manos descansaba Espartaco, la novela de Raffaello Giovagnoli. Listo. El equipo, a partir de entonces, se llamaría Spartak.

Este episodio, discutido por algunos, lo cuenta el propio Nikolái en sus diarios. Unas memorias que en 2005 Mario Alessandro Curletto utilizó como guía para escribir Spartak Mosca. Storie di calcio e potere nell’URSS di Stalin, publicado recientemente en castellano por Altamarea bajo el título Fútbol y poder en la URSS de Stalin, con prólogo de Carlos Taibo. Profesor de lengua y literatura rusa en la Universidad de Génova, Curletto busca con este ensayo trazar los principales rasgos de la identidad del Spartak, buceando en la historia del club y rastreando sobre todo las huellas de la familia Stárostin, clave en su surgimiento.

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De entrada, lo que hace particular al Spartak es que, a diferencia del resto de conjuntos que también nacieron en Rusia durante las primeras décadas del siglo pasado, como el Dinamo, por ejemplo, no brotó de las instancias de poder. Eso llevó a que, ya desde sus comienzos, fuera abrazado por todos como “el equipo del pueblo”. Una fama por aquel entonces seguramente merecida, dado que lo fundaron un grupo de jóvenes residentes en un barrio obrero, que además tuvieron que construir con sus propias manos las instalaciones del club, desde el campo a las tribunas y los vestuarios. Los grandes héroes en blanco y negro del Spartak no pasaron indemnes por las represiones estalinistas, ni por la furia del terrible general Beria. Pero esos mismos dramas ayudaron a fortalecer la leyenda de un escudo que, entre otros logros, consiguió estar en el centro de algunos acontecimientos históricos apasionantes, contados por Curletto en su libro.

Quizás el más famoso de todos ellos sea el que ocurrió el 6 de julio de 1936. Viajemos a esos tiempos.

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En Moscú, para celebrar la Jornada de la Cultura Física, está previsto que tenga lugar un desfile en la Plaza Roja. Aleksander Kosarev, al frente de la comisión que organiza el evento, tiene una propuesta para completar la fiesta: quiere introducir en el programa un partido de exhibición, y quiere que de ese partido se ocupe el Spartak.

La idea, al principio, provoca los comentarios irónicos de los representantes políticos. ¿Pero cómo va a poder disputarse un partido de fútbol sobre el empedrado de la plaza? ¿Y si la pelota, en un momento dado, sale rebotada del terreno de juego y golpea por accidente a algún espectador? Esa segunda cuestión les preocupa especialmente, puesto que, siguiendo el encuentro, no solo estarán presentes aficionados corrientes, sino que desde la tribuna del mausoleo de Lenin presenciarán los festejos los dirigentes de la nación, incluido, por supuesto, el propio Stalin en persona.

 

¿Pero cómo va a poder disputarse un partido de fútbol sobre el empedrado de la plaza? ¿Y si la pelota, en un momento dado, sale rebotada del terreno de juego y golpea por accidente a algún espectador?

 

El primer problema al que tienen que hacer frente los componentes del Spartak es el de crear una superficie para ese emplazamiento que permita que el balón corra con velocidad. Después de desestimar varias opciones, acaban optando por fabricar “una enorme alfombra de fieltro de diez mil metros cuadrados”, tal y como escribe Curletto, que cubrirá toda la Plaza Roja. “A medida que se iban cosiendo los retales de fieltro, se iba pintando de verde para que el terreno de juego tuviera su color habitual”.

Los atletas pintan las líneas del rectángulo bajo la atenta mirada de Nikolái Stárostin, que se encarga de coordinarlos. Es importante no descuidar ningún detalle. Aunque, en la víspera del encuentro, surge un nuevo imprevisto. Nikolái y sus compañeros reciben la visita de Kosarev, quién aparece en el campo acompañado por dos desconocidos uniformados que se presentan como oficiales del NKVD, el servicio de seguridad del Comisariado Popular para Asuntos Internos de la Unión Soviética, un organismo vinculado al Dinamo, el gran rival ciudadano del Spartak. Uno de ellos le pregunta a Stárostin si no ha pensado que los jugadores, al caer sobre el fieltro, pueden lesionarse de gravedad. Como hay que evitar que una situación así suceda ante los ojos del Presidente, están decididos a suspender el partido.

Nikolai, por suerte, reacciona rápido, y ordena con un grito a uno de los futbolistas que están trabajando que se lance al suelo. Este le hace caso, y acto seguido se pone en pie.

—¿Te has hecho daño?, pregunta Stárostin.

—¿Cómo podría? ¿Quiere que me tire otra vez?

La escena sirve para convencer a los oficiales de que la superficie no es peligrosa, y que por lo tanto no es necesario modificar el programa. Nikolai, en sus diarios, narra como a su compañero, al día siguiente, le delataba un vistoso moratón en el muslo.

Una vez superados los costosos (y accidentados) preparativos, el partido se dispone a arrancar. Se enfrentan el primer y el segundo equipo del Spartak. En realidad, más que un ejercicio deportivo, lo que acontece en la Plaza Roja es “una representación teatral”, en palabras de Curletto, en la que cada acción viene marcada por un guión que ha sido escrito de antemano. Todo se ha pactado previamente entre los jugadores del Spartak, incluso el número y la modalidad de los goles, que son variados para que el espectáculo reluzca en su conjunto: se marcan tantos de falta, de penalti, de cabeza, con tiros lejanos… Hay que conseguir que el muy honorable público disfrute.

Y se consigue. Completamente. De hecho, la exhibición tenía que durar 20 minutos, pero a Stalin, que no sabe que todo lo que está viendo obedece a un plan, lo atrapa con tanta intensidad que se acaba alargando 23 minutos más, lo que empuja a los protagonistas vestidos de corto a tener que improvisar durante un buen rato. El resultado final es de 4-3 a favor de los titulares.

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Ese mismo año, la plantilla del Spartak recibió la medalla de oro de campeones de la URSS, el mayor reconocimiento que se podía alcanzar por aquel entonces en el deporte soviético. De alguna manera, el club podía presumir de haber obtenido un éxito tridimensional: por un lado, había seducido a la cabeza del régimen, algo que aún no había logrado el Dinamo, pese a sus vínculos con el ejército; por otro, se había ganado las simpatías de la clase trabajadora moscovita por su distanciamiento del aparato represor del poder; y finalmente, contaba entre sus seguidores con importantes personalidades del mundo de la cultura, el arte y el espectáculo. Valentin Pluchek, sin ir más lejos, que más tarde se convertiría en el director del célebre Teatro de la Sátira, fue el profesional que orquestó la obra-partido de la Plaza Roja cuando apenas era conocido. Pluchek siempre le mostraría su agradecimiento a Nikolai por ese encargo que lanzó su carrera en los escenarios.

Nikolái Stárostin es una de las grandes leyendas de la historia del Spartak.