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Xavi Daura: “Ir al Camp Nou era una obligación para mí”

El cómico catalan se inspiró en el fútbol para escribir su primera novela, Bravo (2019), como cuenta en Panenka, donde también aborda la actualidad a través del balón

Xavi Daura

¿Te gusta el fútbol, Xavi?

La verdad es que no.

En 2019, sin embargo, escribiste una novela sobre fútbol, Bravo.

Se trataba de darle un enfoque que fuera más allá de lo deportivo, es decir, un enfoque personal. Con Bravo, mi idea era investigar cómo es la vida de un entrenador de Primera División, un personaje que representara algo muy testosterónico y nacionalista, muy típico de España. Ese mundo me fascinaba, y quería meterme en él.

¿Encontraste lo que esperabas?

Al principio creía que podía sacarle mucho jugo cómico al tema, que había muchas situaciones divertidas que podían surgir de ahí. Pero luego vino un descubrimiento más profundo: la parte personal. Más allá de la broma, la parodia o la sátira, durante el proceso de escritura me di cuenta de algo muy bonito: que cada futbolista es una persona, con su propia historia fuera del campo, con sus problemas y alegrías, y que todo eso influye en cómo juega y en cómo se relaciona con los demás.

Para no gustarte el fútbol, te metiste hasta las entrañas.

Pues sí (risas). A mí, que nunca me ha gustado el fútbol, investigar para la novela y escribir sobre ello me llevó a descubrir muchas capas que no esperaba y que me parecieron muy interesantes. Me di cuenta de que, en el fondo, cada partido de fútbol es como una pequeña historia que se construye entre 22 personas que comparten un mismo objetivo.

Lo mirabas como un espectáculo, al fin y al cabo; personas tratando de construir algo que han ensayado previamente.

El objetivo deportivo, digamos, es ganar. Pero hay algo bastante poético en lo colectivo, en ese esfuerzo compartido. Y sobre todo, descubrí un aspecto que no había considerado antes de empezar a escribir: que el fútbol, como cualquier deporte, se vive en directo. No hay trucos, todo ocurre en el momento. A diferencia del cine, que me encanta, donde todo está lleno de trucos y artificios, en el fútbol lo que ves es real, inmediato. Es todo verdad. Y eso, a la hora de contar una historia, mola mucho.

Me sigue llamando la atención que el fútbol te inspirara para escribir, siendo algo que nunca te ha interesado.

Mira, hay una película que se llama El reportero, en la que Ferrell hace de presentador de noticias, que me inspiró. Como en la mayoría de sus películas, Ferrell interpreta un personaje que está súper seguro de sí mismo, hasta el punto de que es absurdo; es muy macho, tiene las cosas clarísimas y ama Estados Unidos por encima de todo. Es un personaje muy patriota también, y estos personajes que él hace, como una parodia de este tipo de hombre, me hacían mucha gracia. Siempre tuve en mente construir una especie de Will Ferrell español. Pensé que podría escribir relatos sueltos sobre un presentador de noticias, o un presentador de Intereconomía, que incluso me cuadraba bastante. Pero luego pensé que se parecía demasiado al concepto de la película.

 

“A diferencia del cine, que me encanta, donde todo está lleno de trucos y artificios, en el fútbol lo que ves es real, inmediato. Es todo verdad”

 

Fue entonces cuando pensaste en un entrenador de fútbol.

Exacto. Reunía todas las características que buscaba. Alguien muy seguro de sí mismo, pero también muy niño a la vez, porque eso también es importante. Alguien poderoso, alguien muy español.

¿Hay un poco de Torrente ahí?

Torrente se va más al cutrerío, que también es interesante. Pero en el caso de Bravo, nunca lo veía con este rollo, sino más bien como la realidad que existe entre señores millonarios que vienen de jugar a la pelota. Señores que son ricos desde que tienen 19 años y, obviamente, ese es el estilo de vida que siguen.

El futbolista se hace entrenador, porque se retira joven, y así sigue viviendo del fútbol, con todos los lujos que eso implica. Es lo que suele pasar.

Y a lo mejor a los 40 dicen: “¿Y ahora qué coño hago con mi vida?”. Bravo parte un poco de esa crisis existencial. De hecho, el protagonista sufre un ataque de ansiedad, y nunca había tenido nada de ansiedad. Es una persona que siente cosas nuevas.

¿De pequeño, en tu casa, el fútbol estaba presente?

Totalmente. Mi padre es el futbolero de mi casa. Éramos mi padre, mi madre, mi hermana y yo, pero solo él seguía el fútbol. Creo que es la persona más culé que conozco. Siempre se ha tomado el fútbol como algo muy intenso, muy personal.

Menudo contraste entre padre e hijo (risas).

Ya te digo. Mi padre le grita a la tele con mucha intensidad. Se implica mucho y va a casi todos los partidos. Mis padres ya están jubilados y, desde que lo están, hacen muchos viajes con la excusa de ir a ver un partido del Barça fuera de casa.

¿Son socios, tus padres?

Sí, súper socios. De hecho, creo que le dieron una placa a mi padre, porque lleva, no sé, como 30 o 40 años siendo socio.

¿De niño, te llevaban al Camp Nou?

Sí, casi cada semana íbamos al Camp Nou a ver el partido. Era una cosa que hacíamos mucho. Y a mí me sabía muy mal por mi padre.

Porque no te molaba nada (risas).

Me aburría mucho, y entonces tenía la sensación de decir: bueno, esto es algo que tengo que hacer con mi padre. Ir al Camp Nou era una obligación para mí. Con mi padre iba al Camp Nou y me aburría, y con mi madre iba a misa y también me aburría. Sabía que para ellos era muy importante que hiciéramos eso, y por eso había que mantenerlo. Pero cuando llegué a la adolescencia, empecé a escaquearme, a dejar de ir a ese plan, a veces diciendo: “Oye, es que no me apetece”.

¿Hubo frustración por parte de tu padre?

Veía ciertas caras de decepción, claro. A mi padre le frustraba, yo creo que sí. De hecho, con la novela, sin estar premeditado, descubrí que todo lo que le pasa a Bravo -todo lo malo que le pasa- viene de la relación con su padre. Me di cuenta de que la novela tenía mucho que ver con las relaciones entre padres e hijos. Estaba, inconscientemente, descubriendo capas muy profundas de la relación con mi padre. Esa novela era mi manera de acercarme a él, diciéndole: no me interesa el fútbol, pero he hecho esto.

¿Se la leyó?

Sí, se la leyó y me dijo que le había encantado. Pero lo curioso fue que, cuando se enteró de que estaba escribiendo la novela, ya llevaba bastante tiempo con ella. Cuando estaba ya muy avanzada, en una conversación casual, surgió el tema y entonces me preguntó de qué iba. Le dije que trataba sobre un entrenador de fútbol. Ahí fue cuando reaccionó, claro, siendo él tan fan del fútbol. Y tengo una relación muy buena con él. No hay ningún problema, ni conflictos, ni traumas, ni nada. Pero me doy cuenta de que, inconscientemente, sentía que esa novela podía ser una forma de conectar más con él. Como si, de algún modo, fuera un puente entre los dos. Hasta me reuní con periodistas deportivos, por el libro, cosa que le hizo gracia y la comentamos mucho.

Es curioso que el fútbol os uniera por primera vez en tu adultez, después de haber ido tantas veces con él al Camp Nou. ¿Nunca te impresionó estar allí?

En realidad, no. No me producía ninguna sensación espectacular. Nada. Lo que recuerdo, básicamente, es el olor a puro.

¿Has vuelto a ir de mayor?

Alguna vez. Cuando mis padres están fuera, me dicen: “Oye, no vamos a poder ir al partido. Si a alguien le interesan los carnets, están disponibles”. Y yo pensaba: “Bueno, vale, voy a llamar a algún colega y vamos juntos”.

Y sigue sin impresionarte, imagino.

Ahora sí que me impresiona. Me doy cuenta de que es algo bastante fuerte. También porque voy con amigos y veo cómo alucinan. Tengo amigos muy futboleros que me dicen: “¡Hostia, tú puedes entrar al Camp Nou!”, y se quedan flipando. Pero cuando era pequeño no lo valoraba igual. Lo veía simplemente como una movida de mi padre. Para mí era como: “Bueno, esto es una cosa suya. Igual que lo veo en la tele, lo veo aquí en persona”, y ya está, como si fuera un plan más.

¿Recuerdas algún momento de locura o alguna anécdota con tu padre en el Camp Nou?

No muchas, la verdad. Pero sí recuerdo que, cuando era adolescente, descubrí la película Un domingo cualquiera, de Oliver Stone. Es una película sobre fútbol americano que retrata muy bien las dinámicas dentro de un equipo, lo que pasa en el campo, la relación entre los jugadores y el público. Y alguna vez fui al Camp Nou con esa idea en mente: pensando que era como Un domingo cualquiera e intentando imaginar cómo sería todo eso dentro de una película. Eso me gustaba mucho. La verdad es que esa forma de verlo sí me hacía conectar con la experiencia del Camp Nou.

 

“El Camp Nou, cuando era pequeño, no me impresionaba. No me producía ninguna sensación espectacular. Nada. Lo que recuerdo, básicamente, es el olor a puro”

 

¿Conservas algo de afecto por el Barça de aquellos años?

Me sabe un poco mal decirlo, pero en realidad no siento nada por el Barça. El cariño que le pueda tener viene de mi padre. Cuando estoy fuera de Barcelona y alguien me pregunta si soy del Barça, suelo responder: “Bueno, un poco sí, por mi padre”.

Cuando estás de viaje, eres del Barça, pero en Barcelona no (risas).

Funciona un poco así (risas). Hace poco estuve en Berlín con La Ruina, con Ignasi Taltavull y Tomás Fuentes, y fuimos a un bar a ver el Barça-Inter. La idea fue de Ignasi, que es muy futbolero. De hecho, él había sido periodista deportivo, así que le interesa mucho. Y ahí sí que sentí un poco de orgullo. Pensé: “Nosotros apoyamos a este equipo porque, al final, es parte de nuestra historia familiar”. Hay un sentimiento de pertenencia, de orgullo por Barcelona. También recuerdo estar en Estados Unidos y que un tipo al azar me preguntara de dónde era. Le dije que de Barcelona y enseguida respondió: “Ah, Messi”. Y ahí te das cuenta de que, cuando estás lejos, todo eso te toca más.

Volviendo a tu infancia, Xavi, quería preguntarte si jugabas a fútbol en el cole o en algún club, con tus amigos.

Soy de una época en la que, en el patio del colegio, básicamente solo se jugaba al fútbol. Supongo que ahora pasa lo mismo. Yo, sin embargo, no solía jugar. Aquello era un caos: había como cinco partidos a la vez, la gente se lo tomaba muy en serio. Se notaba que para muchos era algo importante. Y yo era muy malo, la verdad, siempre lo he sido en cualquier deporte. Eso me hacía sentir un poco desplazado, aunque nunca sufrí burlas por no querer jugar. De hecho, creo que había una especie de consenso: a todos les gustaba jugar al fútbol, y si tú no querías unirte, era cosa tuya. Nadie te iba a insistir.

¿Qué hacías, entonces, en el recreo?

Era más de tener un par de amigos con los que hablar mucho. Nos contábamos historias o inventábamos juegos, tipo escondite, cosas así. Eso sí me gustaba. Curiosamente, el fútbol lo disfrutaba más en el jardín comunitario de casa, jugando con los vecinos. Ahí sí que me lo pasaba bien. Era cómo más relajado, más improvisado: cuatro vecinos dándole patadas a un balón sin demasiadas reglas. Incluso mi padre se unía a veces. Lo pasábamos muy bien.

¿Por qué crees que a los niños les mola tanto el fútbol? A veces dudo qué pesa más: si la esencia del juego, lo divertido que pueda ser, o el marketing que tiene.

Creo que es algo cultural. Por ejemplo, cuando era pequeño me encantaba Dragon Ball. Quería ser como Goku. Lo veía en la tele todos los días y me parecía el puto amo. Entonces, claro, yo también quería tener eso: mi parte heroica, mi parte épica. Quería sentirme como él, ser algo parecido.

¿Quieres decir que los niños ven a los futbolistas como superhéroes?

Creo que sí. El fútbol se vende como un relato heroico, casi mítico. Los futbolistas son presentados como superhéroes, y claro, si los niños crecen viendo eso desde pequeños, es normal que se identifiquen con ellos. Esto ha afectado sobre todo a los niños, más que a las niñas, porque tradicionalmente los referentes han sido hombres. Ahí hay claramente una barrera: muchas niñas seguro que también han sentido interés por el fútbol e incluso se han identificado con futbolistas hombres, pero no es lo mismo. Ahora, con el auge del fútbol femenino, ese terreno se está ampliando. De repente, muchas niñas también reciben ese mensaje heroico a través de jugadoras profesionales. Y al final, todo eso es marketing, claro, pero funciona. Se te acaba metiendo dentro, quieras o no.

Xavi Daura

¿Crees que los futbolistas tienen que ser ejemplo de algo?

Cualquier persona famosa, incluidos los cómicos, por supuesto, tienen una responsabilidad. Cuanto más grande es tu fama, mayor repercusión tiene lo que digas. Pero tampoco puedes decirle a un chaval de 20 años: “Oye, a partir de ahora todo lo que digas va a tener un impacto enorme”, porque no tendría mucho sentido. Pero sí refleja lo mal que está el mundo ahora, porque cualquier cosa puede llegar a muchísima gente.

Has metido a los cómicos en el saco, lo cual me parece bien.

Con mi “micro fama”, muchas veces me lo pienso bien antes de opinar en redes, que al final son mi principal altavoz. Me hago preguntas como: “¿De verdad pienso esto?”. “¿Es algo que solo me afecta a mí?”. “¿Vale la pena compartirlo?”. Y muchas veces, decido no decir nada. O prefiero no meterme, simplemente. También confío mucho en la inteligencia de la gente que me sigue. Creo que se puede intuir con bastante claridad lo que defiendo y lo que no. Y si algún día hace falta aclararlo, lo haré, pero no siento que tenga que estar constantemente recordándolo.

Después de todo vives de hablar, no como los futbolistas. Por lo tanto, los cómicos están mucho más expuestos a la opinión pública o al hecho de ser ejemplo de algo.

Mis espectáculos se basan en eso: hablo, doy opiniones. A veces son completamente en broma, y otras veces hay cosas que sí que van en serio. Cosas que tienen que ver con lo que pienso, con lo que me parece bien o mal, con mi visión política. Eso está ahí, no me escondo. Forma parte de lo que hago.

¿Te autoimpones algún tipo de barrera?

Si me ofrecen hacer una publicidad para un banco, o propaganda política, por ejemplo, digo que no. Ya nos pasó con Vengamonjas, y lo rechazamos. Primero, porque vivo bien y no necesito ese trabajo. Y segundo, porque no me siento cómodo con eso. No me gusta la idea de meterme en ese tipo de movidas. Así que, simplemente, no lo hago. En 2021 hicimos una campaña con Amazon con Vengamonjas. Hoy en día no lo haría. Ahora Amazon me genera rechazo, no es una marca con la que me sienta cómodo.

A los futbolistas no les podemos exigir el mismo nivel de opinión que a los cómicos. Hablar no es su trabajo. Pero sí que echo en falta que se mojen en ciertos asuntos sociales, políticos. Creo que podría ser beneficioso por el impacto que tienen. ¿Tú como lo ves?

Creo que al fútbol, en España, y quizás también en Europa, le falta algo que sí que veo que está muy presente en la NBA: una especie de “educación en el carisma”. En la NBA, los jugadores no solo son buenos deportistas, también destacan por su carisma. En las entrevistas son divertidos, cercanos e interesantes. Te caen bien. Tienen ideas, personalidad, algo que va más allá de lo que hacen en la pista. Eso es justo lo que echo de menos en muchos futbolistas de aquí.

¿Te viene a la cabeza algún futbolista especialmente carismático en este sentido, o comprometido con asuntos ajenos al fútbol?

Hubo uno que se posicionó en el caso Rubiales. No recuerdo su nombre ahora.

¿Borja Iglesias?

Exacto. Borja Iglesias. Ahora mismo ni siquiera recordaba su nombre, porque soy un ignorante del fútbol, pero él es un tipo que me transmite algo distinto. Es de los pocos que he visto que expresen opiniones, sentimientos, y que si hace falta se mojan. Creo que si no existiera tanto miedo entre los futbolistas, ese miedo a meterse en líos, a perder contratos con marcas como Nike, tal vez serían más auténticos y sinceros.

 

“Me interesa mucho la figura del portero. Es alguien completamente diferente al resto. Es como si el equipo fuera un grupo de perros y el portero fuera un gato”

 

Es difícil, porque los futbolistas suelen vivir en una burbuja, totalmente desconectados de la realidad. ¿Cómo se podría revertir esto?

Falta educación básica, algo que te enseñe a ser consciente de que tienes la suerte de ganar millones por hacer algo que te gusta. No hace falta que estés opinando de todo, pero sí que tengas un mínimo de consciencia. Por ejemplo, algo tan simple como, si te invitan a hacer una sesión de fotos, entender que los fotógrafos son personas, no máquinas. Que hay que comportarse con respeto, tratarnos a todos como personas.

No estás pidiendo mucho, no.

No es que pida nada, sólo que me gustaría ver algo más humano. Por ejemplo, Lamine Yamal, aunque no lo conozco muy bien, ni estoy muy metido en su mundo, todo el marketing que llega de él transmite que tiene una personalidad auténtica. Se nota que es un chico de barrio que reivindica mucho sus orígenes. Me parece un buen ejemplo de transparencia, de autenticidad. Dice lo que piensa. Puede abrir camino para que otros futbolistas puedan hablar y opinar sobre temas importantes.

Laure Vega, diputada de la CUP, dijo en una entrevista que cada gol de Lamine Yamal es un dardo hacia Aliança Catalana porque el futbolista representa la diversidad racial en Catalunya.

Tampoco hay que fliparse (risas). Me parece bien lo que dice, porque no importa cual sea tu origen para ser catalán. Pero tampoco hay que ponerle tanta responsabilidad a ese chico como si fuera él quien tenga que erradicar el racismo en Catalunya. No, eso no, porque tampoco es su trabajo.

Estoy de acuerdo.

Esto me recuerda mucho a lo que pasó con Melody y Eurovisión. Melody tuvo un discurso muy conservador, diciendo que no se iba a mojar sobre si el conflicto entre Israel y Palestina estaba bien o mal, alegando que por contrato no podía opinar, algo que luego se demostró que no era cierto. Esa actitud de “yo solo soy una folclórica y no me meto en política” es un poco frustrante. Si quieres presentarte como valiente, como dice tu canción, entonces mójate y no digas tonterías.

Quienes se tienen que mojar realmente en estos asuntos son los políticos.

Totalmente. Estamos en un punto muy delicado donde se les da una responsabilidad enorme a los famosos, mientras que los políticos parecen lavarse las manos. Los políticos pueden decir tonterías, quedar en ridículo o evitar responder preguntas, y aún así no pasa nada. Se comportan como si fueran celebridades superficiales, sin hacer verdadera política. Se han intercambiado los papeles.

Volviendo al tema de si los futbolistas deben ser ejemplo de algo, quería comentar contigo un caso divertido, el de Szczesny, portero del Barça, que ha admitido en varias ocasiones que fuma, y además se ha dejado ver haciéndolo. ¿Estás al corriente?

Sí. Ignasi Taltavull me lo contó, que incluso se le ha visto fumando. A mí me parece bien que lo reconozca. Es su salud, su vicio, y solo le afecta a él.

¿Esto es un buen ejemplo para los niños?

No. Pero este es un caso concreto. No ocurre con todos los futbolistas. Creo que para eso también están los padres. Somos lo suficientemente adultos para entender que, si alguien fuma, eso no significa que tú también tengas que hacerlo. Me haces pensar en Michael Jordan, que una vez le pidieron que se posicionara políticamente sobre un tema importante. Creo que se había aprobado una ley en Estados Unidos que era muy racista y afectaba directamente a la comunidad afroamericana. Michael Jordan, siendo probablemente el afroamericano más famoso del momento, fue preguntado y su respuesta fue que la gente que compraba las zapatillas Nike, que eran su negocio, venía de todo tipo de ideologías, de derecha e izquierda, y por eso él no iba a opinar sobre el tema.

Lo mismo que Melody (risas).

Exacto (risas). Para mí, esa fue una de las peores respuestas que podía dar Michael Jordan. Es como si dijera que, por proteger su negocio, prefería no defender a su propia comunidad.

Vayamos a una cuestión totalmente absurda: ¿qué tipo de futbolista te gustaría ser?

Me interesa mucho la figura del portero. Creo que es alguien completamente diferente al resto del equipo. Desde un punto de vista psicológico, me parece muy interesante. Es como si el equipo fuera un grupo de perros y el portero fuera un gato. De hecho, en la novela quise explorar esta idea, pero al final no encontré la forma. Me gustaba mucho la idea de que los porteros tienen una vida distinta a la del resto de los futbolistas. Entre ellos se entienden de una manera especial y parecen ser más sofisticados, reservados o misteriosos, ¿sabes? Además, son los únicos que pueden usar las manos, lo cual es curioso.

Antes hablábamos de lo ricos que son los futbolistas, siendo tan jóvenes. ¿Qué harías tú si te jubilaras a los 35 años siendo millonario?

Disfrutar de la vida, pero también me dedicaría a producir proyectos que me gusten. Me juntaría con gente cuyo trabajo me interese para ver si puedo ayudar a sacar adelante sus ideas. Muchos actores jóvenes en Hollywood, cuando ya son millonarios, invierten en proyectos que les apasionan, creando productoras propias. No soy millonario ni tengo ese poder, pero desde los 30 y pocos años ya tomé conciencia de tener la vida económica bajo control y poder relajarme un poco. Tengo una rutina de trabajo, pero a veces siento que llevo una vida casi de jubilado, disfrutando de cosas simples como pasear sin prisas. Me gusta la idea de ayudar a otros a crecer. Por ejemplo, el último año he empezado a llevar de viaje conmigo a cómicos que me gustan, para darles visibilidad, oportunidades. Es una inversión personal que me llena mucho.

 

“Si eres humorista y te gusta el fútbol, puede que tengas más posibilidades de triunfar, porque el espíritu competitivo que trae el deporte también te motiva en la profesión”

 

Por cierto, el fútbol, como tema, no está demasiado presente en el mundo del stand up. ¿Por qué?

Creo que el stand-up suele atraer a gente que, de pequeña, no era muy aficionada al fútbol. Es un cliché que me molesta un poco, porque no tiene por qué ser así. Es cierto que en el mundo del espectáculo muchas veces terminamos personas a las que no nos interesaba el fútbol, pero eso no es una regla. Por ejemplo, hablábamos antes de Ignasi Taltavull, de La Ruina, que le encanta el fútbol. O David Broncano, que incluso quiso ser futbolista cuando era joven. Andreu Buenafuente, por ejemplo, también es muy futbolero.

Se te escapa un poco la teoría (risas).

Hablaba en general (risas). Está claro que hay excepciones. De hecho, creo que si eres humorista y te gusta el fútbol, puede que tengas más posibilidades de triunfar, porque el espíritu competitivo que trae el deporte también te motiva en la profesión. A muchos de los que mencioné les ayuda ese espíritu competitivo. Yo, en cambio, no tengo mucho de competitivo y muchas veces me conformo con lo que hay, sin aspirar a más. Pero la ambición es importante, y muchas veces viene del deporte.

Ya para terminar, Xavi, quería compartir contigo una frase que me dijo Carlo Padial: “Joaquín es el peor cómico de España”. Me hizo gracia que, antes que futbolista, lo concibiera como cómico (risas).

(Risas) A mí Joaquín me daría perfectamente para escribir la segunda parte de Bravo. Me encantaría hacer Bravo 2 como una road movie en la que Bravo y Joaquín se ven envueltos en un lío que tienen que resolver viajando en coche por toda Europa.

Lo veo.

Joaquín me parece que, dentro de su mundo, es un tipo muy gracioso. Eso forma parte de lo interesante del fenómeno que representa: un futbolista con mucho carisma y sentido del humor. El problema es que, cuando alguien famoso destaca un poco por ser simpático o divertido, en nuestro sistema del entretenimiento ya le ofrecen de todo: ¿quieres una sección en un programa de humor?, ¿quieres hacer un monólogo en El Club de la Comedia?

Hay como una urgencia por convertir a cualquier famoso mínimamente gracioso en cómico profesional.

Sí, y eso me parece bastante casposo. Yo vi el programa de Joaquín y, sinceramente, me pareció bastante malo. No solo por él, sino porque también salen su mujer y sus hijos, lo cual era bastante raro (risas). Pero como fenómeno me parece muy curioso, y te reconozco que alguna vez me he reído con él. Tiene una especie de inconsciencia que, bien canalizada, creo que es valiosa para la comedia.


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Fotografías de Lluís Inarejos.