En el año 2014, Juan Pablo Villalobos publicó en portugués No estilo de Jalisco, una novelita pequeña, casi un cuento largo, cuyo punto de partida es el fútbol.

En el año 2018, habiéndose adaptado y traducido ya al español, Al estilo Jalisco fue presentada en la FIL de Guadalajara, y según se puede leer en un periódico digital, aquel día, en la sala, además del autor, los contertulios y el público, también estuvo presente un gallo, que pese a llamar la atención de todos se mantuvo quieto durante gran parte del acto.

No pude, ni necesité, encontrar más información sobre esta anécdota salvaje y exagerada. 

Después de todo, se trataba de la presentación de un libro de Juan Pablo Villalobos.

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Al estilo Jalisco, entre muchas otras cosas, también es esta: una exageración.

Pero no una exageración cualquiera, sino una exageración medida, oportuna, construida delicadamente para que el lector encuentre en lo grotesco el camino más corto para descender hacia aquello que de verdad le afecta.

Reconocerse en lo increíble. Este es el itinerario que propone a veces Villalobos a los lectores de sus novelas, algunas de ellas muy aplaudidas, como No voy a pedirle a nadie que me crea, Premio Herralde en 2016.

Y para esa clase de viajes huracanados de la conciencia, el cinturón de seguridad más efectivo que existe es el humor.

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Al estilo Jalisco, entre otras muchas cosas, también es esta: un chiste.

Un chiste muy bien contado.

Un chiste que arranca con un narrador mexicano que nos dice que se fue a vivir a Brasil porque vio en el Estadio Jalisco cómo la ‘Seleçao‘ bailaba a Checoslovaquia en su primer encuentro del Mundial de 1970. Él era un niño, solo tenía siete años, pero el impacto fue directo a sus entrañas, y a los 18 todavía conservaba el recuerdo lo suficientemente nítido en la memoria como para hacer las maletas y marcharse. Aquella exhibición de los jugadores brasileños fue una revelación. Una sacudida a su vida.

“El fútbol ha sido inventado para eso, para ser jugado así, pero hasta entonces eso no había sido más que un ideal, una cosa en potencia, algo que podría llegar a ser, en resumen: un promesa. Aquel equipo del 70 fue la primera promesa cumplida de la historia del fútbol y eso salió de la cancha y fue más allá, fue a la vida e hizo pensar a muchas personas que vivir era una cosa maravillosa de verdad”.

Como Villalobos, el narrador, en realidad, es hincha del Atlas. Está acostumbrado a resignarse. Según expone, el atlista es ese sujeto abandonado por la suerte que ve todos los días “aquella garota linda y simpática y fogosa” y sabe que no tiene nada que hacer con ella, que no va a poder dirigirle la palabra, que ni siquiera va a recibir alguna de sus miradas. “¡Es la variante más sofisticada del masoquismo!”.

Quizá por eso, por la brutalidad del contraste, el niño se enamora del talento cósmico de la Brasil del 70, y ya de mayor, además de mudarse, se hace emprendedor y monta un espectáculo para emular aquel conjunto legendario. Antes de regresar a México y presentar el show en distintos pueblos, eso sí, debe encontrar los dobles que le ayuden a recrear las jugadas. Un Jairzinho, un Gérson, un Carlos Alberto, un Rivelino, un Tostão… La tarea resulta muy dificultosa, por supuesto, y los tipos escogidos no acaban de ajustarse a lo deseado. Lo avisó Picasso: para copiar bien también hay que nacer artista.

A todo esto, ‘O Rei‘ Pelé, como todo monarca, come aparte.

El abogado de Pelé se presenta en el piso del narrador y le dice que sin la autorización de su cliente no puede utilizar su nombre, que tienen que firmar un contrato de derechos.

El narrador responde que no está dispuesto a pagarle un porcentaje.

El abogado de Pelé amenaza con denunciarle.

El narrador le señala la puerta.

Y fin de la historia.

“Quité al Rey y se acabó el problema, como en la Revolución Francesa”.

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Al estilo Jalisco, entre muchas otras cosas, también es esta: un reflejo.

Mirarse en un espejo roto, inservible, y aun así reconocerse.

Un reflejo tan raro y tan real que duele.

Porque aunque la idea es un disparate, aunque no esté Pelé, aunque los actores no se presenten a los ensayos, aunque el presupuesto esté manchado con dinero sucio, aunque las expectativas sean demasiado altas, aunque un problema siga a otro y a otro y a otro, el espectáculo, cuando finalmente puede tener lugar, funciona. De tan desastroso, de tan malos que son los intérpretes, funciona. Y eso, aparte de un reflejo, es un mensaje para todos. 

“La caída de los imperios, la destrucción de los mitos, la desgracia de los héroes, la derrota de los invencibles, el fracaso de los exitosos, la deshonra de los honestos, el ocaso de los ídolos, la ruina de los ricos, el pecado de los castos. A la gente le encanta descubrir que todo el mundo falla”, sostiene el ‘Tigre’, uno de los personajes del relato. Ahora pueden volver felices a su vida insulsa, regresar sonrientes a su cuartito cochambroso, a su matrimonio infeliz, a su novia fea, a su marido infiel, a su chamba insignificante. Nunca se olvidarán de esta noche. A nadie se le va a olvidar”.

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Tampoco olvidará Juan Pablo Villalobos que a él el fútbol lo salvó de los matones de la escuela. Su posición era la de defensa central, y aguantó en la cancha hasta bien entrada la adolescencia. Quizá de ahí venga este Al estilo Jalisco.

En una entrevista para Zenda, hace algún tiempo, Daniel Fermín le preguntó a Villalobos si nunca soñó con llegar a profesional, a lo que él contestó que nunca se planteó ser futbolista como tampoco se había planteado ser escritor. 

¿Y por qué lo dejó?

“Porque en el bachillerato llegan el alcohol, las mujeres y otras cosas”.