“Al fútbol se gana de muchas maneras, pero lo primero de todo es que yo quiero el balón. Hasta el último día de mi carrera”.

Esta intimísima sentencia pertenece a Guardiola y está enmarcada en la rueda de prensa previa al encuentro de vuelta de la semifinal de Champions frente al Atlético de Madrid. La superficialidad, y no me refiero al juego del equipo de Simeone, el cual considero de todo menos vulgar, sino a la opinión de quienes jamás querrán ver más allá de sus limitaciones, esperaba agazapada a que Pep clavase la rodilla en la hierba para darle sentido a su cruzada. En esa trinchera desde la que se dispara a todo lo que huele a progreso y aumento del capital intelectual del jugador, se preparaban los hijos de la monotonía y la indolencia para tratar de liquidar a este magnífico explorador de recursos.

Siempre he dicho, al escuchar a muchos de sus compañeros en el Dream Team, que únicamente Pep supo comprender en profundidad lo que Johan Cruyff implementó en su momento. No voy a abusar reflejando su trayectoria en el Barça, ya que prefiero centrarme en su periodo como alineador en el Bayern de Múnich, precisamente porque su estancia en Alemania es la que más criticada está siendo.

Desde su aparición y su más que evidente conflicto interno, derivado de tratar de ajustar su ideario, donde la pausa y el control de los ritmos son conceptos imprescindibles, en un contexto repleto de jugadores urgentes, de clara tendencia a la conquista veloz de espacios profundos, hasta su actual equipo, donde ha hecho desaparecer el llamado puesto específico para convertir cada lugar en un espacio que puede acoger, en función de las circunstancias, a cualquiera de los jugadores que se hallan en el campo.

David Alaba, Lahm o Alonso juegan a ratos en la demarcación de central, de centrocampista avanzado o como improvisados carrileros; los extremos intercambian sus posiciones introduciéndose en la media punta; los delanteros aparecen en la construcción de las jugadas; e incluso Manuel Neuer, el supuesto guardameta, hace funciones de líbero o centrocampista iniciador.

Pero lo extraordinario no es eso. Conseguir que los futbolistas invadan lugares que a priori no les corresponden está al alcance de cualquier voz de mando. Sin embargo, coordinarlo de tal forma que la estructura de la organización no altere el orden del juego únicamente está al alcance de quienes entienden la complejidad intrínseca de este juego, sus posibilidades, y creen sólidamente en que el talento del que juega aconseja no ser unívocos en las decisiones táctico-estratégicas.

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“Yo siento el fútbol de esta manera, ganaré y perderé como todos. Intenté ayudar a los jugadores, yo trabajo para ellos, y si les he podido ayudar a ver el fútbol de otra forma o a ser felices un poco con nosotros, eso ya me basta”, apostillaba en una de sus últimas comparecencias. Sin lugar a dudas, expresiones que juegan a favor de romper esquemas lineales para potenciar el valor de los futbolistas como protagonistas esenciales del juego. Porque para el de Santpedor el futbolista es el juego, y como tal debe vislumbrar nuevos conceptos balompédicos mirándose hacia dentro para revelar aquello que yace dormido en él.

Sin esta sana costumbre de considerar al aprendiz como núcleo cardinal del aprendizaje, Boateng jamás hubiese iniciado las jugadas de ataque con esa eficacia, Robben nunca hubiese colectivizado sus monólogos como poseedor del balón, o Alaba y Lahm serían sencillamente laterales de extraordinario nivel.

Hay entrenadores cultivados en la cultura del resultado, del producto de sus decisiones. Otros son producto permanente, resultado invulnerable por la riqueza de los procesos emprendidos, por la calidad de qué y los cómos. No pasará mucho tiempo para que le echen de menos todos cuantos compartieron tiempo y espacio con él y su cuerpo técnico.

Desde el primer entrenamiento del próximo ejercicio, los componentes de la plantilla se mirarán esperando la palabra sorpresiva para hacerles creer que son mejores de lo que parecen ser. De momento, el foco de los que aman este deporte, se muda de Múnich a Manchester. El celeste pasará a ser el color favorito de muchos. Y es que, a parte de cuestiones políticas, la verdadera independencia que patrocina Pep tiene que ver con la de separarnos definitivamente de los lugares comunes donde la medianía descansa.