Como la Segunda Guerra Mundial. Como el lejano Oeste. Como el espacio. Maradona es un género en sí mismo. Son tantos los textos que se han escrito sobre él, tantas las cintas y las canciones que se inspiraron en su vida, que uno empieza a pensar que la aportación del ‘Pelusa’ a las librerías, a las pantallas o a las salas de baile va a acabar superando todo lo que dio de sí su carrera como futbolista -que, como saben, se acerca al infinito-.

Maradona es heroicidad, terror y comedia. Es épica, es teatro y es enfermedad. Es belleza y ocaso. Todo lo que podría ser uno en la vida, Maradona ya lo ha sido. Un personaje excesivo. Defectuoso. Perfecto.

Debido a esa abundancia de referencias, no es fácil volver a situarle en el eje de una historia y lograr generar en el espectador la impresión de que le estás contando algo nuevo. Sin embargo, Angus MacQueen, el guionista escocés que ha compuesto para Netflix la sorprendente Maradona en Sinaloa, ha superado el reto con creces. Y lo ha hecho, precisamente, como casi nadie se había atrevido a hacerlo: desplazando a la estrella del centro. Escapando de la nostalgia, dando por saldada la fase de desmitificación del argentino y convirtiéndolo en el detonante de un relato que trasciende a su figura y muestra la lucha de una ciudad, un club, un vestuario y un entrenador por escapar de la mala fama -política, social y deportiva- que los persigue.

Cuando Diego aterrizó como técnico en Culiacán, en septiembre de 2018, Dorados de Sinaloa había quedado enterrado al fondo de la segunda división mexicana. Así arranca el primer capítulo de la docuserie, como una promesa fea, el prólogo sospechoso de un fracaso anunciado. Un Maradona en horas bajas (solo tres meses antes había protagonizado un espectáculo lamentable en las gradas del Mundial de Rusia), un equipo hundido y una tierra, la originaria del ‘Chapo’ Guzmán, condenada a ser el desguace de uno de los cárteles de la droga más sanguinarios del mundo. “Mandaron a un diabético a una dulcería”, bromea un aficionado.

¿Qué podía salir mal?

Nada.

Y esa respuesta lo sacude todo.

Porque a partir de la llegada de Maradona al Estadio Banorte, incomprensiblemente, se desata una tormenta de emociones que conducirán a la trama, con varios trombos incluidos, a dos finales consecutivas de ascenso a la máxima categoría.

 

Todo lo que podría ser uno en la vida, Maradona ya lo ha sido

 

“A veces los locos saben caminos que después los sabios recorren y juzgan”, recita misteriosamente a la cámara, antes de encender uno de sus Marlboro Light, Antonio Núñez, presidente de Dorados. Núñez le aporta al relato de MacQueen aquello que no es capaz de desprender Maradona: silencios, penumbra, hermetismo. Es su reverso. Bajo la apariencia de un dirigente joven y decidido, de sus opiniones políticamente correctas, va revelándose la naturaleza de un tipo que en realidad se lo ha jugado todo a una carta (y qué carta), que no controla tanto la situación como desearía y que poco a poco, a medida que fuma y se reclina en el sillón de su despacho, va sintiéndose más y más acorralado por los nervios.

Pero, claro: ¿quién lograría mantener la calma en esa tesitura, con el ruido mediático que de repente provoca el club y su operación kamikaze para ascender a Primera? Los mismos jugadores del plantel se ven sometidos a una presión ambiental a lo que no están acostumbrados. “Son muchachos que hacen enormes sacrificios. No son ni Cristiano, ni Messi, ni Neymar. Estos pibes van al mes”, describe su entrenador. La paradoja es que esos mismos muchachos, antes de aprender a ganar, deben aprender a trabajar con su ídolo observándoles a un metro de distancia. Esa leyenda de la que tanto les hablaron sus padres, es ahora la que los aconseja, los abraza y baila con ellos en el vestuario. Un líder poco común, inimitable, como se demuestra en una de las charlas que ofrece al grupo antes de afrontar los dos encuentros más importantes de la temporada; a media perorata, rodeado por sus futbolistas, un Maradona extramotivado le pregunta a su segundo si los duelos se disputan miércoles y sábado. “No”, le corrige este. “Se juegan jueves y domingo”.

A su favor, el documental tiene la falta de corporativismo, el tono íntimo de algunas escenas o el milagro de hacernos creer, aunque solo sea por un instante, que el ’10’ pudo ser un buen entrenador. En su contra, el no escarbar lo suficiente en los motivos que llevaron a uno de los seres más famosos del planeta a sentarse en el banquillo de un estadio con un promedio de asistencia inferior a los 5.000 espectadores. Pero está dicho: es Maradona. Siempre habrá una nueva ocasión para intentar retratarlo.