En el cementerio de Donskoy en Moscú, entre tumbas con nombres tan importantes e impronunciables como los de Aleksandr Solzhenitsyn, Vasili Grigórievich o Nikolái Zhukovski, hay una que destaca por encima de todas por su fácil legibilidad, la de Agustín Gómez Pagola. Además de alguna que otra flor ya marchita, sobre el mármol gastado por el paso del tiempo pueden leerse dos palabras que definen de manera concisa quién era Agustín: “Dirigente Comunista”. Para saber cómo alguien nacido en Rentería (Guipúzcoa) acabó enterrado en un cementerio de Moscú, hay que viajar en el tiempo hasta la década de 1930.

Franco, junto a otros militares españoles, dio un golpe de Estado fallido en julio de 1936 que provocó una guerra fratricida durante casi tres años. Gracias a la ayuda inestimable de los fascistas italianos y los nazis de Alemania, el franquismo acabó con la resistencia republicana en abril de 1939. Antes, con tal de poder salvarles la vida, muchas familias se habían visto obligadas a mandar sus hijos a lugares de los que casi ni habían oído hablar. Entre marzo y septiembre de 1937, cerca de 3.000 niños de entre tres y 14 años fueron enviados a la Unión Soviética a través de unos buques mercantes destartalados. Agustín Gómez era uno de ellos.

El primer hogar lejos de su Rentería natal fue el sanatorio número 5 de Óbninsk, una ciudad situada al sudoeste de Moscú, a unas dos horas en coche de la capital rusa. Allí –como en casi todas partes– el fútbol hizo su trabajo como elemento socializador. El deporte rey está tan arraigado a la cotidianidad, que es capaz de conseguir que dos personas que no se han visto en la vida acaben abrazadas después de un gol de su equipo. El lenguaje del balón es universal. Para Agustín fue un alivio saber que iba a poder seguir pateando el cuero a más de 3.000 kilómetros de su casa. Se le daba bien, por lo que no pasó desapercibido para sus supervisores, que se sorprendieron por el liderazgo inusual que poseía un chaval de 14 años que acababa de llegar en unas circunstancias tan complicadas.

El partido que cambiaría su vida

En el centro de internamiento donde se alojaba Agustín, había tantos chavales procedentes del País Vasco que formaron un equipo de fútbol cumpliendo con la filosofía que todavía rige en el Athletic Club. Se organizó un partido en el estadio Dinamo –en su día el más grande de la Unión Soviética y hogar del FC Dinamo Moscú hasta su cierre en 2008– del que incluso el ABC se hizo eco: “Se ha celebrado en el Estadio Dinamo, en campo reducido, el primer partido internacional infantil entre el equipo Stadio, de pioneros de Moscú, y el equipo vasco del sanatorio Óbninsk. Los capitanes Agustín Gómez y Kolya Kustov presentaron sus equipos. El partido terminó con 2-1 a favor del Stadio. Muchos millares de niños llenaban el campo”.

Su gran actuación en este encuentro como capitán y líder de la zaga, lo llevó a instalarse en la capital rusa. Allí, además de graduarse en Ingeniería, comenzaría su idilio con la política soviética. En 1941, mientras se alistaba en las filas del Ejército Rojo con tan solo 19 años, fichaba por el Krasnaya Roza, un pequeño club de Moscú. Estuvo tres temporadas hasta que se unió al Krylia Sovetov, un conjunto de la ciudad rusa de Samara. Su buen papel como lateral izquierdo –no tenía sentido que jugara en la derecha– lo llevó a dar el gran salto en su carrera deportiva, uniéndose al Torpedo Moscú, un equipo fundado por el sector automovilístico. Allí se convirtió en una auténtica estrella. Fueron los mejores años de Agustín como futbolista.

 

Su sueño, por encima de Mundiales o Eurocopas, era vestir la camiseta de la URSS

 

La primera selección de fútbol de la Unión Soviética se creó en 1923. Desde entonces, hasta los Juegos de 1952, solo disputó partidos amistosos. El fútbol en aquella Rusia tenía una finalidad política que transcendía a la pelota. El modelo deportivo soviético debía ser referencia mundial y el nombre de la URSS no podía quedar por debajo de las potencias del eje. Hoy es algo habitual ver a jugadores representando a selecciones de países en los que no han nacido. Algunos, con tal de poder sumar para sus vitrinas trofeos importantes, prefieren optar por combinados potentes como Brasil, Francia o Alemania, antes que representar a sus propios países. Para Agustín esto era lo de menos. Entendía el fútbol como una manera de hacer ‘la revolución’ y su sueño, por encima de Mundiales o Eurocopas, era vestir la camiseta de la URSS.

La llamada de la selección soviética le llegó en su mejor momento, siendo capitán y líder del Torpedo de Moscú. Lo que menos querría hacer un defensa el día de su debut con el combinado nacional sería tener que marcar a uno de los mejores jugadores de la época. A Agustín le tocó bailar con Ladislao Kubala en su primer partido. Se convertía así en el único jugador español en vestir la camiseta de la URSS, pero su progresión con la selección no acabaría ahí. En 1952 se celebraban en Helsinki los Juegos de la XV Olimpiada. En la lista soviética estaba el nombre de un tipo de Guipúzcoa. El campeonato no fue como esperaban, aunque ganaron 2-1 a Bulgaria, acabarían eliminados por Yugoslavia en el partido de desempate después del 5-5 del primer enfrentamiento. Gómez venía de ganar la copa con su club, pero disputar unos Juegos Olímpicos son palabras mayores. Fue suplente durante todo el torneo y no dudó en recriminar que “al equipo le había pesado la tensión de tener los ojos de las más altas instancias pendientes de ellos”. Probablemente tenía razón, pero no todos poseían esa capacidad de resistir a la presión. La mayoría de futbolistas no eran militantes del partido comunista ni eran enviados a Europa para hacer misiones políticas.

Regreso turbulento a España

En 1956, tras la muerte de Stalin, el franquismo obtuvo una serie de acuerdos para que muchos de esos ‘niños de Rusia’ pudieran regresar a España dos décadas después. La propaganda fascista lo vendería como la ‘salvación’ de miles de personas del peligro ‘rojo’. El 22 de octubre de ese mimo año, se produciría la vuelta a casa de Agustín. Atrás dejaba a su amada Moscú, a su querida Plaza Roja por la que era habitual verlo pasear y a su equipo del alma, el Torpedo, donde se convirtió en leyenda y lo apodaron el ‘vasco legendario’. Sentía pasión por el modo de vida soviético. Gracias a su ideario comunista inquebrantable, su casa fue el sitio de reuniones importantes a las que asistía con asiduidad La Pasionaria. Gómez fue todo un personaje en la Rusia de la época.

 

En 1941, mientras se alistaba en las filas del Ejército Rojo con tan solo 19 años, fichaba por el Krasnaya Roza

 

Pronto se descubriría que la añoranza no era el motivo de la vuelta de Agustín a su país natal. Lo primero que hizo al pisar España fue intentar unirse a algún equipo para alargar un poco más su carrera deportiva. Después de ser descartado por el Real Madrid, tuvo la oportunidad de entrar en el rival de la capital, debutando con el Atlético en diciembre de 1956, en un partido amistoso frente al Fortuna Düsseldorf alemán. La afición atlética no consentía tener en sus filas a un futbolista declarado abiertamente comunista y se convirtió en objeto de críticas constantes. Los dirigentes del club ‘colchonero’ acabaron doblegándose a sus aficionados y, a pesar de que ya tenían tramitado su fichaje ante la FIFA, decidieron no realizarlo. Tan solo diez días después de este suceso, Agustín fue interrogado por la Dirección General de Seguridad, que realizó un informe donde lo catalogaron como “de los que trabajan”, además de explicar su paso por el Torpedo en Rusia y su frustrado fichaje atlético.

A sus 34 años, pensó entonces que era el momento definitivo para dejar el fútbol y centrarse plenamente en la batalla de las ideas ayudando a los comunistas en la clandestinidad. Volvió al País Vasco, esta vez para instalarse en Tolosa. Desde allí, aunque seguía ligado a la pelota echando una mano al Real Unión, su objetivo era otro bien distinto: reconstruir el partido comunista de Euskadi del que fue nombrado secretario general e informar a Moscú de lo que acontecía en España. Esto le trajo consecuencias y en 1961, la revista clandestina Arragoa, anunciaba que Agustín había sido detenido en Donostia y trasladado a la prisión madrileña de Carabanchel, donde fue brutalmente torturado y maltratado. Tal era la magnitud de la figura de Gómez en el país soviético, que su detención provocó importantes protestas en Moscú. Después de esas movilizaciones, el franquismo se vio obligado a liberarlo.

Exilio, KGB y regreso a la Plaza Roja

En aquella España pensar en voz alta era delito. El destino de quienes no cumplieran estrictamente con las leyes ideológicas del régimen era acabar en una cuneta. Agustín lo sabía. Era consciente de que iba a estar vigilado día y noche por falangistas y algún que otro chivato. Además, tenía amigos y conocidos que ya habían sido puestos frente al pelotón de fusilamiento. Lo primero que hizo nada más regresar de su detención, fue instalarse en el País Vasco francés. Desde allí sería mucho más fácil realizar la operación que tenía en mente: el exilio. El que fuera lateral izquierdo de la URSS, cogió sus cosas y cruzó el océano Atlántico hasta llegar a Venezuela, un país que llevaba pocos años de democracia y que por aquel entonces no estaba muy hermanado con la revolución rusa.

Allí, Agustín fue muchas personas en una. Pasó por diferentes identidades que le proporcionaban desde Moscú. Estos eran los gajes del oficio de alguien que formaba parte del Comité para la Seguridad del Estado Soviético, comúnmente conocido como el KGB. Tal era su implicación con el país de los sóviets, que en 1968 envió una carta a Dolores Ibárruri en la que criticaba duramente a Carrillo, secretario general del Partido Comunista de España, por no apoyar la intervención de Rusia en la conocida como ‘primavera de Praga’. Alexander Dubcek, líder político en Checoslovaquia, había decidido alejarse de la ortodoxia soviética e intentaba implantar en su país un socialismo más europeizado. Esto acabaría con una invasión por parte de URSS y con la obligatoriedad de que todos los gobiernos socialistas de los Estados satélites estuvieran subordinados a los intereses del Bloque del Este.

 

Tiró por tierra el tópico que dice que no hay que mezclar el fútbol con la política

 

En España, Carrillo estaba intentado moldear el partido haciendo algo parecido a lo que se hizo en Checoslovaquia. Tenía la intención de cambiar el modelo comunista tradicional por el conocido como ‘eurocomunismo’, alejado de lo que se desarrolló en la Unión Soviética y más afín a las clases medias surgidas del capitalismo. Así pues, el líder comunista en España decidió condenar la invasión del país centroeuropeo. Algo a lo que se negaron desde el sector más prosoviético, con Agustín a la cabeza. “No voy a hacer nada que perjudique la unidad del partido”. La fidelidad casi religiosa de Gómez con Moscú, le acarreó la expulsión del PCE en 1969. Muchos militantes decidieron entonces apoyar al exfutbolista en su nuevo proyecto: la creación de un partido con el nombre de PCE (VIII y IX Congreso), que reclamaba ser el verdadero Partido Comunista de España bajo el abrigo de la URSS. Esta organización permanecería hasta 1980, cuando se fusionó con el Partido Comunista de los Trabajadores, dando lugar a la organización que hoy sigue vigente en España.

Cansado ya de disputas políticas, Agustín decidió volver al país que más quiso. El ansiado regreso a Moscú se produciría en 1971. Mientras retomaba los paseos por la Plaza Roja, la salud del que fuera estrella del Torpedo se iba deteriorando poco a poco. Su fallecimiento llegaría el 16 de noviembre de 1975, tres días antes de cumplir 53 años y cuatro días antes de la muerte de Franco. El destino no quiso ser benévolo con alguien que se había convertido en un referente admirado por todos en la Unión Soviética. Tiró por tierra el tópico que dice que no hay que mezclar el fútbol con la política. Fue futbolista y “Dirigente Comunista” hasta su último día. Una vida de película.

 


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