Conseguir que su liga sea una referencia. Que sus clubes se asienten como estructuras sólidas, resistentes a los vaivenes de la economía. Que, a su vez, esas entidades tejan en su territorio un sistema de un centenar de equipos profesionales que funcionen a pleno rendimiento, cada uno con su cantera, con sus raíces enterradas en el territorio, en simbiosis con la comunidad. Que su jugador sea valorado y apreciado en el extranjero. Y que un día, al final del camino, sus queridos ‘samuráis azules’ se eleven por encima del dominio de europeos y sudamericanos y levanten una Copa del Mundo. La ambición es tan grande que parece sacada de un anime futbolero un tanto naíf. Pero no, Japón va en serio, y su fútbol tiene un plan. Un plan que, sin embargo, ningún directivo de la federación alcanzará a ver completado. Tampoco la mayoría de los jugadores de cada uno de los clubes que hoy forman la J-League. Tampoco nosotros. Puede que ni siquiera tú, como gran parte de los que ahora mismo están leyendo esto. Y no porque el objetivo sea inalcanzable, sino todo lo contrario: porque es perfectamente realista; tiene todo un siglo para desarrollarse y quiere verse completado en 2092. En un país de perspectiva milenaria, el tiempo se ha aliado con el balón.

Mientras pensamos en cómo liquidar estas líneas y dar por terminada la edición, leemos en los diarios que, no muy lejos de Japón, en Vietnam, Kim Jong-un y Donald Trump se reúnen para hablar sobre cómo evitar un conflicto nuclear. Todo un detalle. Rusia observa desde casa, mientras calibra sus misiles. Nosotros, que desde nuestra humilde oficina barcelonesa no podemos mirar tan lejos como Putin, nos conformamos con sacar la cabeza por la ventana, respirar y fijarnos en el cielo. Y no nos gusta lo que olemos, mucho menos lo que vemos: si subiéramos al tejado del edificio con el propósito de ver el mar, la combinación entre falta de lluvia, anticiclón y contaminación nos lo impediría. Así que mejor no comprobarlo, volver a la silla y ponernos a escribir, que el tiempo apremia. ¿2092, dice? Déjeme llegar a fin de mes.

¿Cuándo fue la última vez que pensamos en el futuro? No en lo que íbamos a hacer mañana o la semana que viene o dentro de diez años. No en la próxima jornada ni en el mercado veraniego ni en el Mundial de 2026. No, no, no. Nos referimos al futuro de verdad, a todo eso que ocurrirá cuando ya no estemos. Quizá ya no nos importe. Hoy que el presente se hipoteca para comprar un éxito que no puede esperar, hoy que la tecnología corre más rápido que nuestras costumbres, hoy que consumir es un deporte para velocistas, nos convencemos de que el universo se desvanecerá con nosotros y olvidamos que, a diferencia de todo lo que hoy nos parece imprescindible, el planeta siempre estuvo y estará ahí, vivo, azul, cada vez menos frío. Pero mucho antes de que pudiéramos colgar en Instagram el cerezo que fotografiamos en aquel viaje a Japón, alguien se preocupó de plantarlo. ¿Y si aprendemos del fútbol nipón? ¿Y si nos ganamos el mundo? ¿2092? Allá vamos.