Un año tarde. Sin público en las gradas. Fríos. Diferentes. Especiales. Pero vivos. Así serán este año los Juegos Olímpicos de Japón. Unos Juegos que, a pesar de haber comenzado ya gracias al balompié, todavía no han tenido su ceremonia de inauguración programada para mañana. Ha comenzado a rodar el balón y Suecia ya ha desbaratado a los Estados Unidos con un contundente 3-0. Sorpresas que da la vida. Sorpresas que son siempre agradables de presenciar. La satisfacción de romper el guion. Las reglas. La felicidad de creer en uno mismo. Japón acoge este año los Juegos Olímpicos. Su equipo femenino, además, ya sabe de qué va esto de dar sorpresas.

En Frankfurt, el reloj marcaba las once y cuarto de la noche. La tensión se desvanecía en el Waldstadion tras el impacto de Kumagai. Cerca de 50.000 personas, para bien o para mal, respiraban tras segundos conteniendo el aliento. Banderas en dos direcciones. La japonesa ondeaba cual conquista bélica. La americana se venía abajo, a media asta. Lágrimas niponas sobre el césped germano y un oro que descansaría en el regazo. Un instante en el que se paró todo. Una alegría que despertó al país que descansa sobre el Pacífico. Allí, donde nace el sol, eran las seis y cuarto de la mañana. Dos estrellas brillaban entonces. Y ya han pasado poco más de diez años desde que amaneciese en Japón.

Contra todo y contra todas. Así llegó la expedición del entonces seleccionador Norio Sasaki a Alemania. El país europeo acogió la sexta edición de la Copa del Mundo de fútbol femenino. En las cinco anteriores, tres victorias diferentes. Estados Unidos ganó la primera. Noruega le arrebató el trono. Las americanas, como si de una viñeta infantil se tratase, volvieron a tomar de nuevo la corona para proclamarse campeonas. Pero llegó Alemania y se colgó el oro en las dos siguientes ediciones. Empate a dos entre germanas y estadounidenses. Y la próxima cita mundialista se daba en el país centroeuropeo.

Dos grandes selecciones favoritas. Aspirantes con ganas de comerse el mundo y la gran verdugo llegada desde el continente asiático. Japón superó la fase de grupos sin demasiadas complicaciones. Doblegó por la mínima a Nueva Zelanda y goleó a México. Tras caer ante Inglaterra, lograron la segunda plaza del grupo. En cuartos de final llegó el primer escollo. Ante ellas, la anfitriona y vigente campeona por partida doble. Alemania llegaba con la etiqueta de favorita y muchos daban por hecho que las niponas agarrarían un vuelo en Wolfsburgo con dirección a Tokio. Soportaron una lluvia de ocasiones en los 90 minutos del tiempo reglamentario y llegaron al pitido final con empate a nada.

La prórroga fue decisiva. Alemania lanzó la ofensiva y Japón contraatacó. Un misil. Latigazo imparable para dejar a las germanas de vacaciones y alcanzar las semifinales. Suecia se presentó al Waldstadion como una de las aspirantes y ni siquiera fue rival para unas ‘nadeshika‘ que se daban cita por primera vez en esta fase. Historia en el marcador tras dibujarse el 3-1. Una final al alcance de muy pocas. De las de casi siempre -Estados Unidos- y de muy pocas más. En el mismo escenario, días después de lograr una hazaña memorable, el país asiático se conjuraba para lograr el hito.

Comenzó la fiesta y la ceremonia que precede siempre a una gran final. Saltaron las futbolistas de ambos conjuntos al verde y todas ellas hacían esfuerzos por no mirar la copa. Himnos, saludos y pasamanos antes de que cada una de las protagonistas tomase su posición en el mayor evento de fútbol femenino. Y el duelo cobró vida. Bibiana Steinhaus, colegiada del partido, hizo sonar el silbato y todo empezó a rodar. Lloyd, Wambach, Krieger y compañía buscaban con ahínco el primer tanto del partido. Cargaron con el peso del balón, sabiéndose superiores. Y al poco de empezar, un balón llovido amenizó sobre las botas de Rapinoe. Esta sacó un centro al primer palo y Cheney remató cerquísima de la madera. Las manos se marcharon a la cabeza y se esbozó esa sonrisa nerviosa del ya llegará.

 

Sawa levantó el título al cielo bajo la oscura noche germana y, sin embargo, en ese preciso instante, amanecía en Japón

 

Al poco, Abby Wambach hacía temblar el larguero con un lanzamiento violento desde el vértice izquierdo del área. Menos sonrisas que con la anterior ocasión. También en las niponas, que veían como el partido podía decantarse a favor del gigante norteamericano. El encuentro se fue al descanso con sentimientos encontrados en ambos equipos. Las estadounidenses, contrariadas por no adelantarse en el marcador a pesar de ser mejores. Las japonesas, por su parte, satisfechas por el cero en el marcador aunque con dos sustos más que importantes. Y la reanudación no fue mucho mejor.

Alex Morgan fue la primera en avisar y, tras coger un centro desde la derecha, mandó el balón de nuevo al poste. Ocasiones que se sucedían y que no hacían más que incrementar la ansiedad del conjunto que representaba al país de las barras y las estrellas. Si el esférico no se perdía lejos de la meta, entonces encontraba una madera sobre la que impactar. Y cuando el destino parecía estar rodeado de la malla blanca, ahí que aparecían las manos de Ayumi Kaihori.

Pero llegó el tanto de Morgan. Ese que en un guion normal y corriente hubiese permitido a las estadounidenses levantar su tercer trofeo mundial. Habían sido mejores. Habían tenido las mejores ocasiones. Incluso, habían podido golear a unas niponas que habían ido a remolque durante todo el encuentro… Y sin embargo, Japón solo necesito media ocasión. Porque cuando el esférico se quedo suspendido en la frontal del área chica de Hope Solo, las nadeshika supieron que no iba a haber más oportunidades. Un mal rechace dejó el premio en los pies de Miyama y el perdón se vendía caro en Alemania. El empate subió al marcador y el encuentro se marchaba a la prórroga.

Incredulidad en los rostros de las americanas. Un respiro para las japonesas, que habían salvado el encuentro cuando quedaban menos de diez minutos para el final. Quedaba, por delante, treinta minutos de añadido. Un tiempo extra que el conjunto de la entonces seleccionadora Pia Sundhage supo aprovechar. Morgan, que había sido protagonista, sacó un centro al corazón del área y el de las japonesas se detuvo al contemplar el remate de cabeza de Wambach. Uno de esos que no requiere ni salto. Un potente giro de cuello para poner la vista en el título. Parecía todo encarrilado.

En el minuto 116 -qué tendrá ese minuto- el guion se invirtió completamente. Miyama, tan protagonista como Morgan en los primeros tantos, sacó un lanzamiento de esquina al primer palo y allí encontró a la capitana. Homare Sawa se lanzó para enganchar de primeras, y de volea, un balón con la espuela. El esférico impactó en Wambach y se alojó en el fondo de la red defendida por Solo. Japón salvaba, de nuevo sobre la bocina, su vida. De morir, lo harían en la tanda de penaltis. Y allí se obró el milagro.

Se dice, cada vez menos, que la tanda de penaltis es una lotería. Nada más lejos de la realidad. Estados Unidos había visto como se les escapaba el choque hasta en dos ocasiones ante unas japonesas que debutaban por primera vez en la final de un Mundial. Y tantos errores cometidos de cara a portería durante el partido pasaron factura desde los once metros. Fallaron Boxx, Lloyd y Heath de forma consecutiva. Kaihori se hizo grande para desbaratar los sueños norteamericanos y dejó que Kumagai, defensa del Bayern de Munich, confirmase la pesadilla estadounidense. No perdonó. No titubeó. Rompió el esférico contra la escuadra y este entró con la fuerza necesaria como para levantar la Copa del Mundo.

El firmamento alemán se cubrió de oro. Sawa levantó el título bajo la oscura noche germana y, sin embargo, en ese preciso instante, amanecía en Japón. Poco más de diez años desde aquel instante que permanece -y permanecerá- en las retinas de unas protagonistas que llegaron con la confianza de cuajar un buen campeonato y se erigieron como la gran sorpresa. Bendita sorpresa. Una de estas que nadie espera. Una de las que gusta. De las que enganchan a los aficionados.

Han pasado diez años desde que las niponas se colasen en el palmarés de las Copas del Mundo. Qué mejor escenario para dar rienda suelta a la edad dorada de aquel grupo. Llegaron nuevos títulos en los años venideros, aunque en los últimos tiempos, su poderío internacional se ha diluido. Sin embargo, pocas cosas les haría más ilusión que colgarse el oro olímpico en su país. Aunque sea a puerta cerrada. Aunque sea en silencio. Y, por supuesto, aunque sea por sorpresa.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.