La última vez que seguimos un gran duelo europeo en directo, nuestros ojos vieron un combate memorable, pero nuestra razón encajó un golpe en forma de aprendizaje que no venía mal antes de una pandemia: nadie, por poderoso que parezca, es ajeno a la derrota ni impermeable al desastre. En un rincón estaba el campeón, cinturón dorado, pies rápidos y puños de acero; en el otro, un incómodo púgil venido a menos, con algún que otro combate perdido en la cumbre pero recordado por su solidez, antaño duro como una piedra y hoy algo más lento y errático. El Liverpool de Klopp, vigente campeón de Europa, peleaba la Premier League de nocaut en nocaut, con una renta inverosímil sobre el segundo clasificado. El Atlético menos vigoroso en mucho tiempo trataba de salir de las cuerdas usando la única carta que parecía aún no haber agotado el ‘Cholismo’: la épica.

Cuando el sorteo de octavos de la Champions los cruzó, el desenlace parecía poco menos que evidente. Los ‘colchoneros’, aturdidos, iban a tenerlo complicado para soportar el arrollador heavy metal de los ‘Reds‘. Hubo que subirlos a la báscula para comprobar que ambos competían en la misma categoría, la de los pesos pesados europeos. El Atlético se hizo valedor de ello, y ganaba por puntos al sonar la campana. Faltaba el segundo asalto, y el campeón era todavía más peligroso cuando sangraba. Así que lo apostamos todo al del calzón rojo. Y, efectivamente, el púgil más en forma parecía más centrado esta vez, ahora que su público le alentaba con cada directo que soltaba. Pero el viejo contendiente no cayó a la lona ni siquiera cuando lo más sensato, tras 94 minutos de pelea, hubiese sido tirar la toalla. Luego tumbó a los invencibles de Klopp con tres ataques certeros. Pum. Pum. Pum. Tendidos en el ring, los ingleses no entendían nada, y desearon que se los tragara el suelo. Pero no. Y ahí siguen, extrañados de que la derrota los viniera a buscar, como si eso no fuera lo más normal de este mundo y el anterior.

 


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Fotografía de Getty Images.