Dmitri Shostakóvich, compositor y pianista soviético, uno de los más importantes músicos del siglo XX, no solamente fue famoso por sus obras Sinfonía n.º 1 y La nariz, sino también por su célebre frase: “el fútbol es el ballet de las masas”. Resulta fascinante reflexionar acerca del poder de persuasión del fútbol, un auténtico fenómeno cautivador desde hace más de cien años. Shostakóvich, además de evidenciar la universalización de este deporte, con sus palabras, parecía que lo elevaba al escenario artístico, comparándolo con el ballet.

Si bien el ballet es una danza clásica cuyos movimientos requieren una técnica y dominio absolutos del cuerpo, ¿puede el fútbol representar algo semejante? Si lo consideramos como una forma de arte, rotundamente sí. Aunque, ¿como defender la idea de que 22 hombres corriendo detrás de un cuero puede ser comparado con algo remotamente artístico? Cuando el fútbol es arte, el hincha no grita, no se irrita, ni siquiera salta de alegría. Cuando el fútbol es arte, el hincha enmudece, aplaude o vocifera el clásico ‘ooooh’, lo mismo que haría cualquier espectador frente a un número de ballet de Anna Pavlova.

Y es que se puede bailar La muerte del cisne como lo hacía Anna Pavlova o se puede, simplemente, bailar. De la misma manera, en el fútbol se puede, simplemente, golpear el balón o se puede hacer una vaselina, uno de sus géneros más maravillosos. Una técnica de impecable belleza e improvisación capaz de convertir en vulgar cualquier otra forma de disparar el esférico. Solamente el pie de alguien capaz de engañar puede impactar el balón con la fuerza, precisión y habilidad adecuadas para dejar en ridículo el complicado oficio de los porteros. Arte en estado puro al servicio del fútbol.

Sin duda, hay goles más desagradables para la vista que otros. Resulta difícil hablar de arte sobre aquel gol que consigue escapar del enredo creado dentro del área pequeña o aquel otro que encuentra el camino de la red entre rebotes desafortunados. Sin embargo, la vaselina representa una forma intencionada de crear belleza por parte del futbolista, aunque no todos están tocados por la misma varita. Cuando hablamos de vaselinas nos vienen a la cabeza algunos grandes nombres como Maradona, Romario, Messi, Raúl o Francesco Totti. También otros más humildes como Tristán, Tamudo, Higuaín o Ariel Ortega. Tenía razón David Beckham cuando decía que “el fútbol no es un juego, es magia”, porque, ciertamente, todos estos la tenían.

Igual que los grandes acontecimientos deportivos, la vaselina no ocurre todos los días. El espectáculo del fútbol nos las ofrece a cuentagotas, como si una determinada frecuencia en el tiempo las programara. Lo cierto es que no todas las situaciones de un partido favorecen una ejecución de este tipo. Entonces, ¿cómo se lo hacían los Maradona, Raúl y compañía? «Meto el pie debajo del balón, como arqueándolo con el empeine. No sé, es muy difícil de contar», decía Raúl González sobre su famoso gol de vaselina en El Molinón, allá por el año 1998.

 

Cuando hablamos de vaselinas nos vienen a la cabeza algunos grandes nombres como Maradona, Romario, Messi, Raúl o Francesco Totti. También otros más humildes como Tristán, Tamudo, Higuaín o Ariel Ortega

 

A menudo, el arte no tiene ni necesita explicación alguna. De ahí las dudas de Raúl cuando fue preguntado por su obra. Lo que es seguro es que cualquier tipología de arte necesita un escenario adecuado donde todas las piezas deben conectar a la perfección. En el caso de la vaselina, además de la magia del futbolista, es necesaria la ocurrencia de un factor indispensable: la aparición de un ángulo suficiente para conseguir hacer volar el balón por encima del portero. El pobre guardameta asume el papel de ‘el tonto de la película’, aquel actor secundario imprescindible para que el protagonista pueda brillar exhibiendo el mejor de sus talentos. Su contribución a la obra no es otra que abandonar la línea de gol, adelantándose la distancia necesaria para la materialización de la parábola.

Se trata de un juego de cazadores. Al mismo tiempo que se genera ese espacio, el jugador debe tener la prodigiosa visión para conseguir captarlo en el momento exacto y… ¡pam! picarla. Habilidad y precisión en un solo instante. Llevaba razón Carlos Kameni cuando dijo que “un portero es como un soldado, no hay nadie que te ayude detrás de ti”. Frente a los genios, solamente la dirección de un disparo o la madera de la portería pueden salvarte de una vaselina. Si, eso es lo único que hay detrás de ti. Tan duro como fascinante.

Y lo mejor de todo. La vaselina no solo es una cuestión estética, también es un recurso efectivo para materializar el gol. Es cierto que la inmensa mayoría de los porteros de la era moderna del fútbol dominan a la perfección todo aquel espacio que pueden controlar, pudiendo alcanzar el balón a través de sus movimientos y prolongando al máximo sus extremidades. Sin embargo, la vaselina hace viajar el balón hacia una dimensión desconocida para ellos, un lugar totalmente inaccesible en el cual el esférico se encuentra en punto muerto. La metafísica del fútbol.

Por último, y volviendo al arte… el compositor del siglo pasado ya nos avisó del poder artístico del fútbol y de su posible comparación con el ballet. Y pues, ¿quién nos dice que la suavidad y la técnica de una vaselina no pueden verse como el sutil y perfecto movimiento de una bailarina? Lo dicho, futbolistas: ¡a bailar!