Hace años, cuando en el calendario de tu equipo detectabas apenas un par de visitas a céspedes artificiales -esos días te sentías como mínimo en Wembley-, en tiempos donde la tierra tenía el monopolio del fútbol amateur, los clubes humildes se debatían entre dos escenarios con sus vestimentas: camisetas de manga corta o de manga larga. Las dos opciones tenían un mismo problema -sin contar que si eras bajito o una torre estabas jodido porque eran de tallaje único-: te pelabas de frío en invierno con los antebrazos al aire o te las ingeniabas para sobrellevar el calor de la pretemporada tapado hasta las muñecas. Lo normal en este caso era arremangarse. Algunos, un servidor entre ellos, dejaban largas las mangas porque parecía más molón.

Fue una época extraña. Dos mundos opuestos cogidos de la mano. Niños equipados de Aramar y Royal -allá donde estéis se os echa de menos- que saltaban al campo con las botas doradas de Ronaldinho. Balones Mikasa golpeados por las Total 90. Innovadores moquetas verdes regadas por un delegado de campo barrigón, del barrio de toda la vida, que dejaba atrás 30 años pintando las líneas de cal con la mítica carretilla oxidada y nunca más volvería a hacerlo. El fútbol de ayer bajando la persiana mientras el de hoy saludaba desde la ventana. Entonces, creo, ya estaba instalado en nuestras vidas el fútbol moderno. Al menos en el profesionalismo. Y, de rebote, el deporte amateur seguía sus pasos. Recogía las migajas que veía por el suelo. Se empapaba de lo que salía por la tele. Buscaba acercarse, asemejarse, como siempre lo ha hecho, al ‘otro’ fútbol, el de los sueños, el de los privilegiados, el de la élite.

Pero quiero volver a lo de las camisetas. Hay un tema ahí que pienso que nunca se le ha dado valor. Quizá porque no lo tenga. Probablemente sea eso. Segurísimo, vaya. Aunque a mí me gustaría dárselo. Fue un trasvase que sucedió sin más. Sin explicaciones ni argumentos. Sin críticas ni aplausos. Me cuesta comprenderlo. Un día desaparecieron las mangas largas y no nos dimos cuenta. Con ellas, también las marcas ilustres de equipos modestos. ¿Dónde están aquellas Aramar que provocaban escozor en los pezones? ¿Por qué ahora todo el mundo, hasta en la última división regional, va con Nike, Adidas, Joma o alguna de estas? Nos hemos vuelto más cool, parece ser.

 

Con el adiós de la manga larga de toda la vida, apareció una nueva prenda en la rutina (no tan) invernal del fútbol: la camiseta térmica. ¿De dónde salió? ¿Por qué vino a nosotros?

 

Todo esto no acaba aquí. Con el despido de nuestro exprotecor del frío en el antebrazo, es decir, con el adiós de la manga larga de toda la vida, apareció una nueva prenda en la rutina (no tan) invernal del fútbol: la camiseta térmica. ¿De dónde salió? ¿Por qué vino a nosotros? Es ahí, en el momento en que nos vestimos por primera vez con una térmica para jugar al fútbol, cuando el posmodernismo llegó a este deporte. Al menos es mi teoría. He calculado, revisionando fotos por Google, que todo esto empezó hace una década. La primera imagen de Leo Messi con camiseta térmica y manga corta data de 2010. Si antes llevó esta prenda debió ser debajo de otra de manga larga, así que no vale. Yo me pregunto por el punto concreto de la historia donde la térmica le ganó la partida a las mangas. A partir de entonces, nunca me enfrenté a ningún equipo que no vistiera manga corta. El traje largo pasó a mejor vida.

Y lo curioso es que fue poco después de aquellas primeras fotos de Messi cuando las tiendas oficiales de los mejores clubes del planeta comenzaron a comercializar las camisetas de manga larga. Es el mercado, amigos. Quizá tengan parte de culpa Gerard Piqué o Antoine Griezmann, entre (creo que no) muchos otros, últimos caballeros de la mesa redonda del mangalarguismo. Sus motivos exponen para aguantar ante la tentativa térmica; el azulgrana se refiere a la comodidad, el atlético confiesa hacerlo por influencia de David Beckham. El resto de los que quedan no sé por qué lo harán. Yo imagino algunas hipótesis. A veces las térmicas pueden resultar agobiantes, ahí va la primera. Puede que sea por superstición, la segunda. Por estética, la tercera. Por haber ido de largo de pequeño, la cuarta. Dudo mucho que la quinta sea por ir en contra del posmodernismo balompédico. No nos engañemos. Ya nunca iríamos a jugar a un campo de tierra teniendo uno de césped al lado. Tampoco se ven muchas botas negras últimamente, aunque hace no mucho tuvieron un reboom. Ha pasado un tiempo desde que el fútbol nos la metió por la escuadra con lo de las térmicas. Ni nos enteramos.

A todo esto, sigo sin resolver por qué llegó a nosotros esta prenda. Intuyo que será culpa del mundo en el que vivimos, de todas sus taras y lacras. Lo que está claro es que ya es parte indispensable del uniforme de los que salen en la tele. Y también de los que esta noche nos iremos a jugar al fútbol con los amigos haciendo un frío que te cagas, pero protegidos por la térmica debajo de una manga corta.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.