+ Sólo he practicado una vez el fútbol. Fue en un partido que jugamos en Las Tres Torres, el barrio donde viví, cuando tenía unos diez o 12 años. No sé qué le pasó a nuestro portero, pero mis compañeros me pidieron que ocupara su posición, pese a que yo no tenía ni idea. Entonces hice una parada extraordinaria, ‘amarrando’ el balón con un salto; todo el mundo se quedó muy impresionado. Y porque todo esto es lo que hice, me lo pasé muy bien, tras mi único contacto con este deporte.

+ Hubo una época en que fui cazador, y que en realidad fue lo que más me gustó de mi adolescencia. Empecé muy pronto, y por eso sigo siendo un gran tirador; eso sí que se me da bien. Ya desde niño había practicado con botes de Nescafé de los de antes, de lata, que tiraba al aire y que acertaba en pleno vuelo con una escopeta de aire comprimido. Había cazado, pero en realidad, no me gustaba matar animales. La cosa terminó durante una cacería en Extremadura a la que Rafael Sánchez Ferlosio nos invitó a mi hermano y a mí. Yo tan sólo maté una perdiz –ellos no–, y además cacé una liebre –ellos tampoco–, y esto me pareció bien. Pero luego organizaron una batida que fue una masacre tal de conejos que me horrorizó. Muchos quedaron heridos, e iban arrastrando los cuartos traseros… y desde entonces no he vuelto a cazar nunca más.

+ Cuando le dieron el premio Cervantes a Rafael [2004], le pregunté si había vuelto a ir a cazar. Él me dijo que había ido un par de años más, pero que un día, al regresar a su casa con un conejo que acababa de matar, su hija le dijo: “pero papá, ¿qué te ha hecho este conejo?”. Y Rafael pensó: “pues la niña tiene razón”. Y desde entonces, ‘Chicho’ tampoco volvió a cazar.

+ La cultura y el fútbol son perfectamente compatibles. Lo que sucede es que éste último representa un negocio posiblemente superior al editorial –aunque no tengo datos al respecto–. Y es que el deporte se presta a todo tipo de opiniones y de teorías. Por ejemplo: un periodista muy importante, cuyo nombre no desvelaré, me confesó un par de años atrás que en realidad todo estaba amañado. Que, durante unos años, el Barça iba a ser el campeón de Liga, pero que luego le tocaría el turno al Real Madrid. Y que todos estaban de acuerdo por la proyección televisiva que ello suponía.

+ Mourinho y Guardiola tienen papeles antagónicos. El primero parece un galán del siglo XIX. Es un hombre simpático y elegante, aunque Mourinho también sea elegante a su modo, pese a jugar la carta contraria de la antipatía y a que no se le entienda muy bien lo que dice, que todavía es peor. Este último representa a un cascarrabias y el primero a una persona muy educada, pero ambos roles están voluntariamente estudiados. Incluso diría que, en la cuestión de fondo, los dos prácticamente son muy imitados.

+ La única vez que he asistido a un partido de fútbol fue en el Camp Nou, en un encuentro que disputaron a comienzos de los años 90 Barça y Osasuna. Fui con el escultor Javier Corberó y el escritor australiano Robert Hughes; estuvimos al lado del palco presidencial, y todos nos quedamos impresionadísimos tras vivir aquella experiencia.

+ España debería volver a ganar otro Mundial. Algo que no es incompatible, en términos temporales, con que se mantenga el respeto que los autores hemos conquistado de las editoriales a lo largo de los tropiezos de la selección en las grandes citas. No creo que haya ninguna antagonía.

+ La última parte de Antagonía recoge lo que el protagonista ha escrito. Digamos que es una remodelación de su vida a partir de los elementos vividos, y que construye una realidad nueva. Esta es, diría yo, la parte más importante de la novela, y la que más ha influido en lo que escribo en la actualidad y en mi Teoría del Conocimiento, que es el título de la última parte de la obra. Son tres relatos que corresponden a las tres edades del hombre: un primero protagonizado por un adolescente que quiere conocer el mundo; otro segundo en el que un hombre de edad media empieza a dudar de todo lo que conoce; y un tercero donde un anciano se inventa un mundo y una vida maravillosas.