A las 5:21, después de hacer más de 1.200 kilómetros en menos de 21 horas acompañados por las rimas de Kase.O, Ayax y Prok y Natos y Waor, hemos llegado por fin a casa. Demasiado alterado como para poder dormir, he intentado encontrar las palabras para retratar lo que fue un espectáculo único en todos los sentidos. Pendiente de psicoanalizar los hechos con profundidad (todavía no sé si acudir a este Superclásico formará parte de las anécdotas, de los retales de la vida, que uno se enorgullece de contar a sus nietos o de las que trata de esconder cuidadosamente), lo único que sé es que era poco menos que obligatorio vivirlo en directo, dejarse abducir por una obra de arte hipnótica, inédita, irrepetible e inenarrable.

Quizás no deberíamos haber estado allí. La verdad es que incluso me avergüenza un poco haber participado en lo que más bien parecía un exótico circo ambulante, un artificial parque temático de las emociones trasladado a 10.000 kilómetros de su ubicación original contra toda lógica para llenar de billetes algunos bolsillos y para ofrecer “un entretenimiento poco sofisticado, pero exótico y excitante al pequeño burgués extranjero de salón, ajeno a ese mundo iracundo”, como escribía hace unas semanas Jorge Ley. “No tiene ningún sentido que la final de la Copa Libertadores, si es que se tenía que jugar, no se dispute en Buenos Aires. Ni para los argentinos, porque es su partido, ni para los europeos, fascinados por el olor, el sabor y el sudor que les llega de la Bombonera y el Monumental. Hace tiempo que el fútbol en Europa se mira más que se siente porque el hincha ha sido sustituido por un espectador que asiste a los encuentros desde un plató de televisión, como si se tratara de la final de la Super Bowl”, aseveraba en la previa del Superclásico definitivo Ramon Besa en La Nación, dibujando a la perfección la realidad de un duelo que, desnaturalizado, portado demasiado lejos de su contexto, se ha acabado viviendo como si fuera poco menos que un safari.

Pero es que, “fascinados por el olor, el sabor y el sudor” del que hablaba Besa, abducidos por la genuina, enfermiza e irracional pasión con la que los hinchas argentinos viven el balompié, no hubo forma humana de acallar los incesantes cantos de sirena. Las contradicciones estuvieron presentes desde el primer momento (básicamente, por todos los tristes episodios que ha provocado la final en las últimas semanas), pero el viernes a las tres de la madrugada, rodeados de gin-tonics, con un torneo del FIFA16 con el Girona, el Llagostera, el Nàstic y el Mallorca ejerciendo como inmejorable escenario, resultó imposible no entregarnos a ellos. Es que sencillamente no nos lo podíamos perder, así que el domingo a las nueve de la mañana pusimos rumbo hacia Madrid, donde nos aguardaba el más indescriptible de los espectáculos.

El primer aficionado xeneize con el que cruzamos nos recibió con una inmarcesible sonrisa. ¿Qué es River? ¿Qué es River? ¡Pero si no han ganado nunca nada!”, repetía una y otra vez mientras rellenaba una y otra vez su ron con cola, mientras se deleitaba al contarnos una y otra vez que había tenido que pedir no sé cuántos créditos para poder estar en el Santiago Bernabéu. “No sé qué haré con mi vida el mes que viene, pero esto no me lo podía perder. Esto no me lo podía perder”, proclamaba. Pensé entonces en la retahíla de artículos que estas semanas se han dedicado a menospreciar a todas aquellas personas que han decidido actuar de esta forma. Cual dioses, a veces creemos que tenemos el poder de acotar lo que está bien y lo que está mal, de establecer los límites de la ética desde nuestra condescendiente atalaya de superioridad moral. Como si trabajar todo el día para comprar no sé qué coche o no sé qué televisión fuera mucho más digno que entregarse al amor que un hincha puede sentir por su equipo de fútbol, como si necesitáramos guiar las vidas de los demás para no fijarnos en las nuestras.

“Si me pedís cual es la calidad humana más rara de ver os responderé esto: la autenticidad. Ser auténtico es ser honesto, ser honesto y que no te importe que la gente lo vea. No lo confundáis con el exhibicionismo gratuito de instagramers ni de blogueros de poesía torturada. No tiene nada que ver con esto. Ayer vi un tío auténtico: un colombiano que iba por la vida con la camiseta de un prostíbulo. No era un dibujo de un prostíbulo, era el logo de un prostíbulo ampurdanés. Ser auténtico no quiere decir ser un outsider ni un Son of Anarchy ni una yonqui ácrata. Vuestra tía Antonia seguramente es más auténtica que vosotros. Te vuelves auténtico con la edad. Nadie más auténtico que el abuelo Joan, que a los 90 años envió toda la familia a tomar por el culo y se gastó la herencia en coca y putas. El hombre había pasado 90 años viviendo una farsa porque la sociedad no le había permitido ser auténtico. Quizás el motivo es otro, y aquí está el drama: el pobre no había tenido nunca cojones de serlo”, escribía Jair Domínguez en un artículo que me vino a la mente mientras la muchedumbre xeneize nos empujaba hacia el epicentro del corro que se formó en su fan zone, donde el confeti, los abrazos, los besos, las sonrisas, las lágrimas de emoción, los cánticos, la cerveza y la puesta de sol se fundieron para dibujar una escena preciosa.

Allí acabé de decidir que iría con Boca, que sería un fiel soldado de Darío Benedetto. Asistido por Nahitan Nández, uno de aquellos futbolistas incombustibles que sonríen cuando los demás tiemblan, el ’18’ xeneize apareció en el minuto 43 para darle brillo a lo que estaba siendo una oda al balompié más rústico, más primitivo. Benedetto, que a los 12 años perdió a su madre por culpa de un paro cardíaco que sufrió mientras le veía jugar un partido con las categorías inferiores de Independiente, cogió el lápiz para tatuar su nombre, el del malo de la película, el del antihéroe, en la historia de la Copa Libertadores, pero entonces, mientras el encuentro se escurría como la arena entre las manos, emergió el menudo Juan Fernando Quintero para revolucionar la final con su balompié exquisito, para iniciar la jugada del 1-1, obra de Lucas Pratto, para colmar las ansias de todos aquellos que deseábamos que hubiera prórroga, que hubiera penaltis, que el partido se suspendiera una y otra vez para que no terminara nunca.

“Esta final para la eternidad se eternizó un poco más con una prórroga”, escribe José Sámano en la imperdible crónica de El País, narrando un thriller que vivió su momento culminante en el minuto 109, cuando Quintero, siempre tan intermitente como desequilibrante, se plantó en la frontal del área xeneize para batir a Esteban Andrada con un disparo que besó el larguero antes de provocar el delirio entre la hinchada millonaria, atónita ante la maravilla de un ‘8’ que a partir de este domingo puede sentarse en la mesa de los más grandes futbolistas de la historia de River. El cuadro del Monumental, doblemente reforzado tras la estúpida expulsión de Wilmar Barrios y la triste despedida de Fernando Gago, acabó por sentenciar el Superclásico en el 122’. El ‘Pity’ Martínez, otro de los pocos artistas que se dejaron ver por el impoluto césped del Santiago Bernabéu, acabó con todo el suspense al anotar el 3-1 definitivo, al festejar el tanto que cerró una final épica, irreal e inolvidable que terminó coronando a River Plate.

Insistía Leonel Gancedo, uno de los futbolistas que conquistaron la Libertadores de 1996 con los Millonarios, en El País en que “el fútbol solo debe servir para divertirnos”. “No estamos preparados para vivir como corresponde. Perdimos como país, perdimos una batalla. En esta final no soñaba con el triunfo de un equipo, sino con poder ver a mi país abrazado, disfrutando de un espectáculo deportivo”, añadía el excentrocampista de River. Cierto es que el gesto de los futbolistas xeneizes de abandonar el césped justo cuando sus vecinos, que habían ido a consolarles después del pitido final, iban a recoger el trofeo que les acredita como campeones continentales dejó en evidencia por enésima vez al balompié argentino, pero los dos miembros del staff técnico de Boca que se quedaron en el verde, así como los respetuosos aplausos de una parte de la hinchada a los vencedores o el calor de las videollamadas que conectaron Sudamérica con el Santiago Bernabéu, mostraron el camino a seguir para empezar a reconstruir un fútbol que debe alejarse radicalmente de la violencia, pero que jamás debe repudiar la genuina pureza que exhibió en un día histórico que se vivió con la piel de gallina.