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Eduardo Espina se acomoda en su asiento mientras miramos un partido de niños de high school en el valle de Brazos, en Texas. Hace una mueca leve de fastidio, porque uno de los equipos se ha puesto rápidamente 3-0 arriba. Somos los únicos espectadores. Yo trato de quedarme en silencio, pensando en una pregunta atractiva para alguien que ha sido traducido al inglés, al francés, al italiano, al portugués, al alemán, al croata y al albanés.

Perdoname —dice Eduardo con sonsonete uruguayo, pese a los casi cuarenta años viviendo en Estados Unidos—. Esto no es un partido, es un desastre. Este equipo parece Barnechea.

—¿Barnechea? —digo yo.

Trato de pensar: Barnechea es un pequeño equipo de Santiago de Chile, que lleva no más de 300 personas a sus partidos de local, que debutó en primera división en el último torneo chileno y descendió inmediatamente. Es imposible que este hombre me hable del Athletic Club Barnechea aquí, a 7.625 kilómetros de distancia de los pocos que vibran con esos colores. Espina parece un poco cansado, con la mente en otro lugar.

—Duermo poco —me dice—. Me estoy viendo los partidos de la segunda división de Japón. Me está matando.

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Espina escribe como Garrincha. Su último libro, La imaginación Invisible. Antología (1982-2015), editado por Seix Barral, que está teniendo extraordinarias reseñas críticas en toda América Latina, rehúye la interpretación, juega, salta, desprecia lo lineal, lo predecible. Para José Kozer, Espina es “quizá el poeta vivo más imaginativo del lenguaje en lengua castellana”. Sus palabras siguen siendo descargas de ese lenguaje traicionero que nació en Uruguay con Julio Herrera y Reissig, sin un sentido unívoco. Lo simple parece la muerte para Espina, como un triste lateral sin derecho a irse al ataque.

“Los niños en Uruguay han leído los poemas pésimos de Benedetti, Mi táctica es mirarte, cosas como esas, mirá que bobería… pero no han leído a Julio Herrera, a Onetti, no leen a Delmira Agustini. Es como que te enseñen a jugar fútbol y no sepas quién es Maradona o Pelé”. El propio Espina tuvo esa divergencia: a los 14 quería ser futbolista de Peñarol –un camino que ahora está cerca de seguir uno de sus hijos, Carlitos, quien compartió pretemporada con Diego Forlán- pero entonces descubrió a Rimbaud. “Sentí que tenía que entrar a ese club, al de él. Si lo pienso bien, me animo a decirte que la poesía siempre me ha parecido más admirable que el gol, incluso si este es de chilena y de fuera del área”, dice.

[quote]”Los niños en Uruguay han leído los poemas pésimos de Benedetti… pero no han leído a Julio Herrera, a Onetti, no leen a Delmira Agustini. Es como que te enseñen a jugar fútbol y no sepas quién es Maradona o Pelé” [/quote]Ese club, el de la palabra suprema, le abrió otros caminos lejos del pasto. En 1980 fue el primer uruguayo invitado al prestigioso International Writing Program de la Universidad de Iowa, por donde han pasado algunos de los mejores escritores del mundo de los últimos 60 años. Desde entonces radica en Estados Unidos. Su discurso es parecido al de algunas estrellas de fútbol: sin la poesía, dice Espina, “posiblemente habría terminado muerto mucho tiempo atrás. La poesía ha sido la red que le salvó la vida al trapecista cuando venía en picada. La escritura ha sido para mí el gran ansiolítico. En lugar de Prozac, poesía, no prosa. Por escribir tuve incluso que dejar la cerveza. El único contacto que tenía con el agua era cuando me bañaba y me cepillaba los dientes. Pero tomando cerveza, unas doce por día promedio, de la mañana a la noche como llegué a tomar, y sin que nadie lo notara, no tenía ganas de escribir, así que la dejé”.

“Venirme de Uruguay”, dice abriendo los ojos, “me dio el poder del fracaso absoluto, de la nada permanente, de la existencia con lo menos posible. Fue lo primero que conocí cuando vine a Estados Unidos. Vivía con dos pesos. Sobrevivía. Sin calefacción en invierno y sin aire acondicionado en verano. La plata no daba. Para no morirme de hambre, para ganarle los juegos al hambre, me compraba un arroz sin nombre, y me lo comía con mayonesa, también, sin nombre. Compraba 12 latas de cerveza a un dólar con cincuenta. La peor cerveza. Y era súper feliz. Feliz a nivel intelectual, metafísico, sin esperar mucho, buscando solo leer y escribir”.

Lo que vino después fueron libros de gran originalidad, que han marcado una época en la poesía latinoamericana, como Valores personales (1982), el más erótico La caza nupcial (1992) y un hombre aferrado a su lengua en El cutis patrio (2006). Pero las palabras siempre tienen razones para volver. “Todo esto que está pasando en Siria es el principio del fin, pero quizá hay que escribir para olvidarse y ver que hay cosas que pueden ser el comienzo del comienzo. Hay que resistir, no queda otra”.

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Espina identifica su creación poética como barrococó, suma de rococó, barroco y el sonido gastado del bar y las guitarras. Cuando habla empieza sereno, pero termina elevando el tono en una encendida proclama contra la mediocridad. “En la literatura actual hay unas cuantas buenas escrituras, correctas, decentes desde el punto de vista gramatical”, dice, “pero al mismo tiempo en todas ellas hay una carencia casi absoluta de riesgo”.

“Qué pocas son las frases capaces de dinamitar el raciocinio, qué poco torbellino verbal, y sintáctico”, dice agitando la mano, como un hincha en el Centenario o en Parque Central.

“Cuando se baja el nivel de exigencia formal, la banalidad retórica entra en acción. Es como esos partidos de tercera división en los que el juez deja pasar los codazos porque si no va a tener que interrumpir el partido cada cinco minutos”, dice Espina, y le apunta a la falta de hambre y lucidez en la crítica y la prensa actual. El País de España, por ejemplo, me parece un diario lamentable desde el punto de vista cultural. Es la levedad burguesa de izquierda, que es la peor de todas. De Latinoamérica promocionan a tres o cuatro escritores mediocres, sobre todo aquellos que tienen salida comercial. No les da por entrar a buscar y saber dónde está la innovación y la escritura con posteridad. Si España es la Madre Patria, tenemos la peor madre. Anna Magnani en Mamma Roma era una mejor madre”.

¿En Uruguay pasa lo mismo?

Uruguay no está tan mal, aunque a decir verdad creo que Argentina y México son los únicos espacios de salvación en el mundo hispano en cuanto a prensa cultural. He seguido por un tiempo al diario El Mercurio, de Chile, al suplemente cultural que edita los domingos, y la única reflexión que me dejó la poco recomendable experiencia es: ‘qué gran mediocridad para un diario que aspira a ser importante’. En Uruguay tenemos otros problemas graves, por ahora sin resolución, como la calidad de la educación, la cual es un desastre, algo que hasta el propio Mujica cuando era presidente reconoció.

espina3 Usted ha declarado su respeto por el presidente Tabaré Vázquez, ¿qué opinión le merece Mujica?

Hay cosas de Mujica que me gustan, como cuando argumenta y se prepara bien, tal cual lo hizo cuando dio el discurso en la ONU. Sí, claro, dijo cosas obvias, cargadas algunas de lugares comunes, pero las dijo bien y en el lugar ideal para decirlas. Pero, por otro lado, al mismo tiempo puede llegar a una frivolidad antológica, diciendo por ejemplo que la oposición en Venezuela “quiere que la metan presa”. Es como decirle a un judío, ‘yo creo que los judíos querían que los ejecutaran en las cámaras de gas de Hitler para sentirse mártires’. Es una lógica a fin de cuentas repugnante.

Pero Mujica parece ser casi una figura sagrada para aquellos que se hacen llamar ‘progresistas’.

Mujica me hace acordar a aquel marido que cuando va a las reuniones del colegio luce como el mejor padre y marido de todos, pero en la casa es un vago, un inútil, que no hace nada, que ni plata trae a la familia

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En la cancha, los chicos texanos se mueven robóticamente, entusiastas pero desprovistos de cualquier cultura táctica. La gran mayoría pareciera entender el fútbol como un deporte de golpear la pelota fuerte y hacia adelante. Apenas un par de ellos trata de repartir juego entre líneas. Espina los mira, tratando de descifrarlos.

¿Usted de verdad ve la segunda división japonesa?

Forlán jugó ahí, en el Cerezo Osaka; es un fútbol en el que se corre mucho. Con tanto sushi y sashimi que ingieren, a los japoneses les sobra la energía. Para olvidarse que no juegan bien, corren. Sigo las ligas de países que nadie sigue, la de Bulgaria, la de Rumania, de Polonia, de Estonia, otras por el estilo. Tampoco me pierdo partido de la segunda y la tercera división de Italia y España. Ahora, además, también estoy viendo partidos de otras ligas asiáticas. ¡No sabes lo cansador que puede ser eso!

Y después agrega, serio: “Yo creo que es una enfermedad. A veces uno puede estar enfermo de algo y no saberlo”.

Una de las clases que enseña Espina, profesor desde hace 28 años en la Texas A&M University, es “Fútbol, una filosofía: arte y sociedad”, popular entre los estudiantes. La descripción de la clase informa: “Al final del semestre el alumno tendrá conocimiento de todos los aspectos que definen la identidad social, estética y económica del fútbol. Visto desde diferentes ángulos, el fútbol es hoy el paradigma de la globalización, aunque resulta muy interesante que a la hora de desarrollar tácticas, estrategias y estilos de juego las diferencias culturales siguen teniendo validez, por ejemplo, hablamos de estilo de fútbol europeo y estilo de fútbol sudamericano, como si fueran diferentes entidades de la misma cosa”.

“Me interesa reflexionar sobre equipos que hoy están al borde de la inexistencia. ¿En qué momento comienza el fracaso del Recreativo de Huelva? ¿Por qué no tuvo un recorrido como el Athletic, Valencia, Espanyol? ¿Cuánta gente llevará el Fortuna Düsseldorf en segunda división? ¿El descenso va a erosionar su popularidad?”, matiza el poeta y docente.

Pero, más allá de Peñarol, debe sentir simpatía por algunos clubes.

Me gustan equipos que no ganan. Por ejemplo, soy del Betis. Sigo al Betis. Me gusta su hinchada, los colores, los dramas asociados a su montaña rusa institucional y deportiva. En Chile me gusta Ñublense. Cuando descendieron en el último partido de la temporada 2014-2015 había 15.000 personas en el estadio para despedirlos. Un drama. En situaciones como esas veo fidelidad a una causa, como los uruguayos con Tabárez.

Usted tiene una buena relación con Tabárez. Incluso lo invitó a conocer el complejo donde se entrena la selección uruguaya para agradecerle por un artículo que usted escribió apoyándolo cuando todos pedían su renuncia debido a los malos resultados. ¿Cree que sigue siendo el mejor indicado para seguir al frente de Uruguay?

Tabárez tendría que seguir en la selección hasta que se muera. Primero por su decencia, porque tiene un pensamiento socialista, que me gusta, porque tiene una ética de vida, porque es muy buen entrenador y un gran descubridor de jugadores. En el fútbol siempre hay crisis, como en los matrimonios, pero él va a morir con las botas puestas, no escucha a quienes quieren que se jubile. Y hace bien.

En las Clasificatorias actuales ha remontado, pero en Copa América Uruguay tuvo muchas críticas.

En el partido con Chile, Uruguay no mereció ganar, fue un desastre. Chile fue muy superior. Y Chile después hizo el mejor partido que le he visto en su historia, esa final con Argentina. Jugó al borde de la perfección táctica, sin altibajos, sin una falla, se movía como una ola. Una maravilla. Pero, ¿hasta cuándo un equipo puede seguir jugando tan bien?.

Al final, ese partido de Chile y Uruguay en Santiago quedó como una pequeña guerra mediática después del incidente entre Jara y Cavani.

Viene de esa corrección política detestable hoy en boga y de ser esclavos de la FIFA, un cáncer para la ética. A Jara y a Cavani deberían haberles dado a lo máximo un partido, y ya. Pero todo fue manipulado por el periodismo chatarra, que hoy abunda, sobre todo el que practican los europeos, inmorales y moralizantes, que son los mismos que después expulsan a patadas a los pobres inmigrantes.

[quote]”Tabárez tendría que seguir en la selección uruguaya hasta que se muera. Primero por su decencia, porque tiene un pensamiento socialista que me gusta, porque tiene una ética de vida”[/quote]En 2003, Espina creó una fundación para ayudar mediante la práctica del fútbol a niños y adolescentes hispanos de bajos recursos, muchos de ellos indocumentados o hijos de indocumentados. A los jóvenes se les daba el uniforme y los zapatos gratis, y se les enseñaba disciplina, rigor, valores éticos, además de técnicas de perfeccionamiento del deporte. La fundación tenía sus propios equipos y competía en la liga de Houston, donde la mayoría de los clubes tienen jugadores blancos anglosajones, y donde “el racismo es mucho, diverso, realmente un problema serio”, enfatiza Espina. “Todos los muchachos que jugaron con nosotros terminaron el high school; ninguno se dedicó a las drogas, al tráfico de estas, ni se metió en pandillas a matar por matar, algunos incluso han entrado a la universidad. El fútbol los ayudó a cambiar la vida, a mejorar, a ser hombres de bien. Y después dicen que el fútbol es ‘el opio de los pueblos’. El que lo dijo debe ser el pelotudo más grande del mundo”.

Abajo por fin hay una buena jugada, una pequeña flor en el desierto. Uno de los chicos del equipo local tira una comba de veinte metros y la mete en un rincón. Espina aplaude y dice algo en un extraño inglés con acento rioplatense: well played. Hay una sonrisa nueva, armoniosa, que se toma su rostro, de disfrute, como un niño. Y poco después vuelve a su gesto normal, amable pero ensimismado.

“Con frecuencia pienso que dentro de 20 años con seguridad no voy a estar vivo. Ese es el horror. Y la única forma de liberarme de ese pensamiento casi obsesivo de que no voy a volver a ver nunca más a toda la gente que quiero, es seguir buscando y queriendo saber. Buscando quién está jugando en el Cerezo Osaka, en el Alcorcón, en el Girona, y queriendo saber por qué el Lecce está en tercera división con una historia importante, y por qué el Sabadell no ha podido volver a primera división desde el descenso de 1988. O por qué Naval de Talcahuano bajó a tercera teniendo esa gran hinchada. Eso es el fútbol, para mí: el fútbol es el no pensamiento”, sentencia.

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