La búsqueda de mayor tiempo libre ha sido una constante desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras la reconstrucción de una Europa destrozada, la llamada Edad de Oro permitió un prolongado progreso que vino acompañado por la eclosión del mercado de consumo de masas y la extensión del ocio juvenil. Con trabajos para elegir y dinero en los bolsillos, la juventud europea pudo gozar del tiempo libre que no habían tenido los mayores, bien porque les había tocado combatir en la guerra o porque formaron parte de la ‘generación de las ruinas’, la más afectada por la devastación posbélica.

En los 60, coincidiendo con dicho periodo de bonanza económica, Inglaterra organizó un Mundial, el único que hasta la fecha ha logrado su selección. Un hito que propagó el seguimiento del fútbol por todo el país. A partir de entonces, por ejemplo, los desplazamientos de aficionados a campos rivales empezaron a ser más organizados y masivos. Hecho que, además, acentuó las rivalidades.

En esos años el fútbol acaparó la atención de la juventud, no solo por los éxitos de la selección inglesa, sino también por ser una de las pocas atracciones del momento. Ir cada sábado al estadio era toda una liturgia. Una tradición generacional que se prolongó durante décadas. Para muchos padres, tíos o abuelos era un orgullo ser los responsables de que sus vástagos o parientes lucieran los colores de sus amores. Así se ha trasmitido el fútbol durante años.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, al fútbol le han surgido unos competidores muy potentes que, además, se insieren a la perfección en el mundo globalizado del siglo XXI. Consolas, videojuegos, blogs, selfis, Instagram y otras redes sociales han patrimonializado, cuando no monopolizado, el ocio de los adolescentes. El fútbol ya no es el pasatiempo por excelencia. Sigue siendo el deporte rey, sí. Pero por el simple hecho de ser el que da más facilidades para su práctica. No precisa de instalaciones ni de equipamiento que no se pueda conseguir o crear con suma facilidad. Con unos zapatos, ropa o unas piedras ya tenemos porterías. Con papeles, ropa, calcetines o lo que sea confeccionamos una pelota. Y a jugar.

En una sociedad esclavizada por el tiempo, los jóvenes priorizan sus actividades al margen de trabajos o estudios. La población sufre una nueva adicción, persigue el dinero, el poder y el éxito en medio de un ritmo de vida salvaje y frenético. La doctora en Psicología Stephanie Brown afirma que en Estados Unidos «progreso es igual a rapidez» y opina que la sociedad está dominada por creencias y actitudes que elevan los valores de impulso y gratificación y reacción instantáneas. «¡Lo quiero ahora!». Una inmediatez que provoca trastornos.

Ante tal ritmo desbocado siempre nos falta tiempo. Intentamos reprogramar agendas para encontrar ese hueco que nos permita encontrarnos con alguien, compartir un rato con los pequeños o, simplemente, tener un momento para leer, comer en condiciones o respirar… En esta fast society el tiempo es un lujo y todo el mundo trata de no dilapidarlo. Así lo comprendió Peter Moore, director general ejecutivo del Liverpool, quien asegura que el videojuego Fortnite supone todo un desafío para, según sus palabras, el «negocio del fútbol». El avispado empleado de los ‘reds’, otrora responsable de desarrollar las consolas de Sega o Microsoft, percibe cómo la conectividad de los jóvenes les ofrece una multiplicidad de opciones de ocio que compiten directamente con el fútbol. Según él, el problema es que la duración de los partidos no conjuga con el ritmo atomizado que llevan los jóvenes. Y ello puede repercutir en las audiencias. ¿Qué solución plantea? Hacer el juego más atractivo. Nuevos ángulos de cámaras, mayor proximidad al césped, movimientos de 360 grados… O sea convertir un partido en un videojuego en el que el telespectador pueda incluso interactuar. Moore afirma que si no evoluciona «el producto» corremos el riesgo de que prefieran «estar en sus habitaciones viendo a sus youtubers favoritos o jugando al FIFA «. ¿Qué futuro nos espera?

 


Este artículo está extraído del interior del #Panenka90, un número que puedes conseguir aquí.