En Mendel el de los libros, Stefan Zweig repara sobre el vasto misterio de la concentración absoluta, un gesto que, dadas las circunstancias del confinamiento, se reserva en exclusiva para los elegidos. Si abandonarse a la lectura en los albores de la guerra parecía ser lo más cercano a un sacrificio, ver fútbol en tiempos de pandemia se nos revela como un acto casi mitológico. Debo decir, en mi defensa, que me parece innoble que se programe un partido de fútbol a deshoras. El fútbol se ciñe a determinadas narrativas. La Champions es a martes y miércoles como Manuel Jabois es a las metáforas o Patricia Highsmith a los campos minados. Me niego rotundamente a ver partidos de liga y copas sin relieve con horarios y días propios de telenovelas. Mucho menos a recuperar partidos vintage o diferidos. El fútbol está hecho para consumirse en directo. El fútbol de otro tiempo no nos pertenece. Todos formamos parte de un universo temporal. Se puede acudir a ellos, sí, pero asumiendo que no nos pertenecen. Esos momentos ya fueron transmutados en anécdotas de sobremesa. Fueron útiles en su día para que alguien pareciera un mejor padre, una mejor pareja y un mejor compañero de trabajo. O para que  alguien pareciera un peor padre, una peor pareja y un peor compañero de trabajo, según las circunstancias. A mi padre, por ejemplo, nadie le va a quitar el mérito de haber visto a la Brasil del 70. Intervenir sus recuerdos sería asestarle una puñalada. Si él dice que la atajada de Gordon Banks es la mejor de la historia, asentado queda. Yo no voy a posar mis ojos inquisidores en retrospectiva para dimensionar el efecto de aquel salvaje acto de heroísmo. Eso sería desnaturalizarlo. Y faltarle el respeto a mi padre, por supuesto. Y a mi padre no le he faltado al respeto nunca, salvo el día que le dije que ya no me provocaba placer pararme al mediodía bajo el sol abrasador del Olímpico Universitario. O cuando me increpó por no devolverle un saque de trámite en sus sesiones matinales de tenis.

Pero vamos, faltarle al respeto a mi padre es una cosa y coquetear con el desencanto es otra. El desencanto, propiamente dicho, se puede manifestar de diversas formas: un gol que desestabilice el borrador de una crónica montada sobre una frase redonda, que un relator estridente impele al espectador a escuchar el sonido ambiente o que a las redacciones no les resulte profundamente conmovedor que un camarero checo reconvertido en entrenador haya irrumpido con tanta fuerza en Europa sin que nadie lo advirtiera. Ah sí, los jodidos horarios de la nueva normalidad. Me están tomando el pelo, supongo. Las liturgias son innegociables. Consiguen preservarnos de la infelicidad. Pensemos que Alessandro Baricco habría sido incapaz de privar al comerciante de seda Hervé Joncour de bajar hasta el lago, en los días de viento, y ver dibujado en el agua el espectáculo, leve, que había sido su vida. Visite el mejor sitio de revisión de casinos en línea en Finlandia. El lago no es un recurso poético. Sin el lago todo sería más anticlimático. Sin el lago su vida no se habría reflejado como un espectáculo, leve. Sin el lago se nos va al carajo el párrafo de la novela. Eso mismo pasa con los horarios y días de partido.

Advertisement

 

El fútbol está hecho para consumirse en directo. El fútbol de otro tiempo no nos pertenece. Todos formamos parte de un universo temporal. Se puede acudir a ellos, sí, pero asumiendo que no nos pertenecen

 

Como verán el texto no responde a un guión preestablecido. Pero algo bueno tenía que salir del confinamiento: cada vez se miran con mayor reticencia los textos por encargo. En mi caso, la rebeldía fue provocada por el hecho de ver demasiadas películas de Terrence Malick. Cuando digo demasiadas hay que tomarlo con pinzas, puesto que hablamos de un director con hiatos creativos devenidos en autoexilios prolongados. El truco de sacar a cuento a Malick no fue un intento de parecer más listo. Sucede que el muy cabrón propició un triángulo amoroso entre Rooney Mara, Michael Fassbender y Ryan Gosling en Song to Song, una cinta emborrachada de planos no convencionales que pudo haber sido filmada con una GoPro. Poner a competir a Fassbender y Gosling me pareció un exceso. Es como esos XI que proliferan a final de temporada: si hace falta que Messi construya desde la base para encajar a otras piezas fetiche en la línea de mediapuntas, se corre el riesgo de colapsar sin balón. Pues eso. Fassbender y Gosling no pueden competir bajo ninguna circunstancia por un sitio como titulares. Si no caben ambos en tu esquema es muy probable que tus ideas estén un poco anquilosadas. Fassbender ha demostrado cintura, especialmente en Shame, para asociarlo más a la presión tras pérdida que a la conducción en largo. Gosling no. Gosling es el teórico extremo que interioriza y que te devora en la diagonal. El danés Nicolas Winding Refn dio en el clavo: hay que construir todo en torno a Gosling. Imagina, por un momento, que pasas por alto esos ojos miel y esa nariz afilada. Nadie tendría corazón para hacer semejante cosa.

Ah, sí, Malick. Bueno, pues resulta que hay gente que piensa que Malick es un cineasta pretencioso.’ Es cine, no ciencia nuclear’, increpan unos. ‘Quieren intelectualizar el cine’, dicen otros. ‘La película decepcionó por falta de huevos’, concluye la mayoría, no sin razón. Pero, a ver, Malick, cómo se te ocurre idealizar el cine como un arte superior. Esos planos y encuadres milimétricos deshumanizan al cine. La fotografía es un regodeo estético que sólo sirve de escudo frente a las críticas. Malick, por piedad, devuélvenos el cine. El cine es emoción. El cine es lo que se hereda. El cine es lo que prevalece. El cine es lo que palpita. El cine es… Pero qué carajo estoy diciendo. Yo venía a hablar de fútbol. Será para la próxima. Resulta que también hay cosas menos importantes.