Debutó en Primera División de la mano de Johan Cruyff y fue entrenado por Marcelo Bielsa. Pasó del Barcelona al Espanyol y se convirtió en ídolo de todo un barrio en un Rayo Vallecano donde un miembro del club le dio una fría carta de despido. Se rompió tres veces los ligamentos, fue internacional con José Antonio Camacho y ahora intenta triunfar en el banquillo del Leganés B. Es Luis Cembranos (Lucerna, Suiza,1972). 


¿Cómo son tus inicios en el mundo del fútbol? Hiciste las pruebas con el Real Madrid pero acabaste en el Barcelona…

Mis padres eran inmigrantes y yo nací en Suiza. Mi hermana lo hace dos años más tarde y es en ese momento cuando volvemos a España y nos instalamos en León, que es de donde son mis padres. Como era habitual en aquella época, yo comienzo en el colegio hasta que paso al primer equipo de fútbol sala, el Adam’s. Mi idea siempre fue el jugar al fútbol once, y como allí no tenía la oportunidad me marche a la UDL. Fue precisamente ahí donde me surgió la oportunidad de pasar al Puente Castro, una de las canteras más importantes de León.

Jugué un par de años. En el primero quedamos campeones de León y ya en el segundo nos enfrentamos a equipos más importantes de Castilla y León y se nos comenzó a ver más. Nuestro equipo tenía un convenio con el Real Madrid por el que jugadores destacados íbamos a Madrid a hacer una prueba con ellos. Yo la hice en 1989, pero no cuajó nada. También me quiso el Valladolid, pero hubo un cambio de directiva y todo se demoró. Ahí surgió Toño de la Cruz, exjugador y de la cantera del FC Barcelona que también es de León. Él me llamó para interesarse por mi situación y me preguntó si quería probar en el Barcelona. Fui allí y después de unos días el club dijo que me fichaba. Yo entonces tenía 17 años. Doy el salto de jugar a un nivel territorial a hacerlo en la cantera del Barça. Llego a La Masía y paso allí dos años.

¿Cómo era la vida en la Masía?

Era como una gran familia numerosa llena de hermanos en la que intentábamos apoyarnos unos a otros en los días que cada uno podía estar peor. Era una época complicada porque las comunicaciones no eran como ahora. No había móvil, no había Skype, y para hablar con tus padres tenías que hacerlo desde una cabina a las diez de la noche. Toda la Masía éramos un gran grupo con las mismas inquietudes y apoyarnos era fundamental. En esa época estaba todo muy estructurado debido a la presencia de Johan Cruyff . Había gente de 11 a 19 años y cada uno de un sitio, desde Asturias a Córdoba. Allí ya se encontraban chavales pequeños pero con una gran proyección, como Iván de la Peña, Albert Celades u Óscar Arpón.

¿Qué jugador te sorprendió en tu etapa allí?

Pasábamos muchas horas juntos y teníamos un horario muy estructurado de lunes a viernes en el que por las mañanas íbamos al colegio, comíamos y después de descansar un rato nos íbamos a entrenar. Luego, por la tarde ya estudiábamos y teníamos un tiempo libre. Los fines de semana eran distintos pues solo teníamos que jugar nuestro partido, por lo que pasábamos el resto del tiempo viendo fútbol. Y había un niño, un mediocentro alevín de 11 años, que era una barbaridad. Su equipo era buenísimo, pero él era un espectáculo. Se llamaba Xavi Hernández y aunque era un niño ya se veía de lo que iba a ser capaz.

Antes de poder jugar en el filial tuviste un paso por el Figueres como cedido.

Voy dando todos los pasos lógicos dentro de la estructura del club y del Juvenil División de Honor paso al Barcelona C. Allí soy el máximo goleador de la categoría y comienzan a aparecer distintas opciones de cesión, pues ningún jugador del equipo asciende al filial. Veo que jugadores del Juvenil como Pablo Sanz, Xavi Roca o Jordi Cruyff suben al filial y yo no lo hago pese a que había marcado 16 goles en medio año con el C en Tercera División, por lo que comienzo a valorar posibles salidas. Todo esto me coincide con el servicio militar. Yo empiezo la mili en febrero y allí no puedo entrenar. Cogí algo de peso porque la comida no era la misma y los horarios no eran los habituales para mi. Paso cinco o seis semanas jugando lo que puedo. El Lleida (que en ese momento estaba en Segunda B) se interesa por mí primero,  pero finalmente aparece el Figueres (de Segunda), por lo que es allí donde acabo cedido y puedo jugar durante tres meses.

Llegue un martes, me vieron en buenas condiciones y Pichi Alonso, que era el técnico aquel entonces, me puso a jugar el domingo. El equipo llevaba un tiempo sin ganar y esa jornada vencimos al Palamós. Cogimos una dinámica muy buena y de los diez partidos que quedaban de temporada yo los jugué todos. Metí seis goles, por lo que la apuesta salió bien. Tal vez si me llego a quedar en Tercera División con el Barcelona C hubiera acabado la temporada marcando ocho o diez goles pero luego nadie se hubiera acordado de mi.  Por eso siempre digo que tienes que ir donde te quieran y puedas jugar para aprovechar las oportunidades.

Y en tu mejor momento, una lesión gravísima.

Esos buenos meses en el Figueres provocaron que la temporada siguiente ya pudiera formar parte del Barcelona B. Es la 93-94 y allí estamos Óscar García, que la temporada siguiente estuvo cedido en el Albacete, Christensen, que llegó a ser internacional con Javier Clemente jugando en Segunda División, Sergi Barjuán, Quique Martín… Yo esa temporada estoy jugando bien en el filial e incluso entreno con el primer equipo. Sin embargo, cuando estaba a punto de debutar tengo una triada en marzo. Era el año de la cuarta Liga consecutiva del Barça y la final de Champions contra el AC Milan (derrota 4-0, ndr).

¿Cómo se produce tu debut en el primer equipo?

Me recupero y el verano siguiente hago la pretemporada con el filial, pues llego muy justo después de cinco meses de lesión y es la mejor opción para gestionar los tiempos. Sin embargo, en la primera jornada se lesiona Xabier Eskurza y después de jugar con el filial me suben al primer equipo hasta nueva orden. Ya la semana siguiente juego contra el Racing de Santander en casa y paso septiembre y octubre jugando Liga y Champions como uno más del equipo. Llego a disputar seis partidos, pero es un año difícil después de lo que había pasado en la final de Atenas, Romario volvió tarde tras el Mundial… era un grupo que se estaba deshilachando. Esa final ante el AC Milan había hecho mucho daño y la temporada no empezó bien. La situación no era la mejor para un chico del filial y tanto Jordi Cruyff –que también había subido- como yo volvimos al segundo equipo.

Tu último partido es un 2-2 frente al Manchester United en el que juegas de lateral derecho y eres cambiado en el descanso.

Ferrer no estaba y Cruyff juega con Abelardo, Nadal, Sergi, Koeman y Guardiola. Yo teóricamente tenía que jugar como interior, pero el Manchester United jugó con los extremos muy abiertos, lo que me obligó a actuar en el carril. Me tocó un jugador muy rápido como Lee Sharpe y fue complicado. A Sergi le pasó lo mismo, pero evidentemente él estaba acostumbrado a jugar en el lateral. Él sufrió, pero yo mucho más al no ser mi puesto natural. No era la primera idea, pues yo iba a actuar de ‘8’ por dentro, pero el partido derivó en aquella situación porque los que yo tenía detrás eran Abelardo y Nadal que eran más centrales que laterales. Ese es el último partido que juego con el Barça.

 

“Cruyff era una enciclopedia. Recuerdo estar trabajando y que se pusiera a tu lado para decirte: ‘¿Por qué te colocas aquí? Mejor sitúate así’. Y te dabas cuenta que en vez de tener un pase posible tenías tres”

 

¿Crees que ese partido fue clave para tu futuro en el club?

No tengo esa sensación. Cruyff después de ese partido me defendió delante de todos. Al final, yo jugaba de ‘8’, no de ‘2’. No se quién se equivocó o si él no se esperaba que el rival jugara con los extremos tan abiertos, ya que no profundizas en eso. Fue un mal partido, aunque no un mal resultado (2-2). Se juntaron varias circunstancias.

¿Qué pasó entonces?

Bajo al filial y ahí coincido con Albert Celades, Iván de la Peña y toda la Quinta del Mini. Yo entreno con el primer equipo pero juego en el filial, pero a veces me condicionan el jugar en algún puesto. Cruyff quería que yo jugara de ‘2’ y en muchos partidos del segundo equipo lo comencé a hacer. Con confianza y la llegada que yo tenía  en 11 partidos que jugué en Segunda División hice 7 goles.

Segunda División no tenía la misma repercusión que tiene ahora. Antes era muy complicado el ver un resumen de sus partidos y mi familia para ver cómo había jugado tenía que comprar al día siguiente Marca o As y mirar las picas que me habían puesto y si había marcado. Todo en un recuadro muy pequeño en una página por la mitad del periódico. Ahora todo esto ha cambiado. Imagina que un jugador de Real Madrid o del Barcelona baja del primer equipo al segundo en Segunda División y hace estas cifras lo que se diría en los medios. Y yo no era un goleador al uso.

¿Cómo era el día a día con el entrenador que cambió la historia del Barcelona?

Johan Cruyff era una auténtica enciclopedia. En cualquier situación. Recuerdo estar trabajando en cualquier tarea y que se pusiera a tu lado para decirte: “¿Por qué te colocas aquí? Mejor sitúate así”. Y te dabas cuenta que en vez de tener un pase posible tenías tres. A mi siempre me ha gustado aprender y absorber todo como una esponja, por lo que aquello era una delicia. He jugador de ‘2’, de ‘8’, de ’10’, de ‘6’, de ‘7’, de ’11’ e incluso de falso ‘9’.  No solo te enriquece a la hora de jugar, sino que también sirve para que comprendas cómo juegan los demás. Eso es lo bueno que tenía ese Dream Team que montó.

Evidentemente hay jugadores más polivalentes y otros que lo son menos. La parte de arriba estaba muy definida. Stoichkov era Stoichkov y no había otro igual, pero ¿qué pasaba atrás? Allí éramos números. Si tu eras un ‘8’ pero sabías como jugaba el ‘4’ y su forma de interpretar el juego sabías donde iban a estar las líneas de pase. Juegas de memoria. Cuando actúas de extremo y sabes que el ‘9’ se va a acercar de una manera determinada acabas mecanizando el juego. Al final acabas llegando a esta situación después de muchos años jugando igual y con la posibilidad de actuar en distintas posiciones. En mi opinión ese fue uno de los grandes motivos que llevó al equipo a aquellos éxitos. Se jugaba de memoria.

Parece que ese Barcelona del que hablas está muy lejos del actual.

Quizá se ha perdido la esencia, ese sentimiento de pertenencia e idea definida. La estructura. Yo no estoy dentro y no vivo el día a día, pero es lo que comentan algunas de las personas que sí lo están. He visto al Barcelona B jugando con defensa de cinco. ¿Qué impera ahí? Los resultados. Cuando yo estaba en la cantera perdimos competiciones en Juveniles, pero lo que estaba muy claro era que la idea estaba por encima de los resultados. Y eso se extendía a todas las categorías. Yo viví esa pureza y era increíble. Daba igual donde fueras que siempre jugabas igual.

¿Cómo era entrenar con esas estrellas?

Había un salto abismal entre el filial y el primer equipo. Siendo jugador del Barcelona B no te cambiabas en el mismo vestuario que la primera plantilla para los entrenamientos. Ibas al vestuario del Mini, te cambiabas allí y después subías las escaleras en dirección a donde se iba a entrenar a la hora que te decían. Entrenar con el primer equipo era un premio y había mucha diferencia en todos los aspectos.

Johan Cruyff y Charly (Rexach) participaban siempre en los entrenamientos. En las típicas sesiones de dos equipos en las que hay pivotes que juegan con los dos equipos ellos se ponían en los laterales y nunca perdían la pelota. Viví muchos entrenamientos de ese nivel y era una gozada. Estabas jugando no solo con Laudrup, Koeman o Guardiola, sino también con Johan Cruyff y Charly Rexach.

¿Qué fue Johan Cruyff para ti?

Apostó por mí, me hizo debutar y me defendió. Siempre podré decir que yo debuté en Primera con el Barça de Cruyff, que fue uno de los días más importantes de mi vida como profesional e incluso personal.

¿Por qué decides marcharte?

En esas navidades, y ya con el ambiente más enrarecido, busco una salida. Había posibilidades de cesión y Cruyff me dijo que me querían el Racing de Santander y el Oviedo. Sin embargo, a mí me había salido la oportunidad del Espanyol y así se lo transmití. Era consciente de esa rivalidad que siempre ha habido entre los dos equipos, pero a mi me parecía un proyecto interesante. Además, había un traspaso y un contrato por cinco temporadas, lo cual demostraba que apostaban por mí. Si me marchaba cedido sería por unos meses y no sabía que iba a pasar después, pero el Espanyol de Camacho era un proyecto muy interesante después del ascenso de la temporada anterior, el respaldo que tenía en todos los aspectos y el potencial deportivo.  Finalmente Cruyff accedió, se hizo el traspaso y aunque incluyó una opción de recompra fue ahí cuando se terminó mi etapa en el Barcelona.

 

Fotografía de Iván Vargas.

 

¿Cómo resumes tu etapa en el Espanyol?

En el Espanyol paso cinco temporadas y allí hubo de todo. Llegué en el mes de enero de la primera y jugué mucho con Camacho, aunque tuve unas molestias en la rodilla y tuvieron que hacer una artroscopia para limpiarla. En la segunda comienzo jugando pero me rompo la rodilla en noviembre o diciembre y la paso prácticamente en blanco hasta que vuelvo en agosto en pretemporada. En la tercera Camacho se había marchado y Carcelén, que era su segundo y se había quedado como entrenador, piensa que tengo que salir cedido después de la lesión y apenas tengo continuidad. El equipo queda eliminado muy pronto de la UEFA por el Feyenoord y en Liga tampoco va bien, por lo que Carcelén es destituido. La llegada de Vicente Miera provoca un cambio en mi situación y juego bastante.

Y vuelve Camacho.

Con el adiós de Sarriá y la primera temporada en Montjuic el equipo vuelve a contratar a Camacho. Cambiar de estadio fue algo delicado y brusco para la afición. El público era básicamente del barrio y había un total de 25.000 socios, cuando la capacidad del nuevo estadio era de 60.000. Por eso se volvió a llamar a Camacho como un reclamo. Yo con él vuelvo a jugar y hacemos un buen año, pero luego se marcha, viene Bielsa y se repite la situación.

La etapa de Marcelo Bielsa dura apenas unas semanas. 

El club me declara transferible pero él dice que soy su jugador número doce. Piensa en ponerme de ‘5’, de ‘8’, de ’10’, juego algunos partidos… pero de repente se va y llega Brindisi, que fue radical y me dijo que no contaba conmigo. En ese momento ya me doy cuenta que no tengo sitio en el equipo.

¿Cómo recuerdas a Marcelo Bielsa?

Es un genio. Desde otra idea y otra mentalidad, pero un auténtico genio de este deporte. Y así lo ha demostrado. Él te enseña, te estructura, te condiciona. Es un entrenador muy metódico, muy de repetición de gestos y jugadas. Sabe que el talento está, pero que todo se logra con una estructura. De una forma más mecanizada. Le encanta nutrirte de información, mostrarte muchos vídeos de cómo juegan los equipos rivales y cómo afrontar las situaciones. Es un entrenador surgido desde lo teórico pero tremendamente talentoso.

Bielsa, que es muy estudioso, es consciente de que hay que repetir los gestos que pueden darse en las distintas jugadas. No piensa tanto en que la jugada salga de tu talento, sino de la repetición de distintas variables que pueden darse en las jugadas. Acción-reacción. Si me llega un balón en una zona del campo los otros jugadores ya saben donde tienen que desplazarse y yo donde tengo que enviar el balón. 

Llega el mes de enero de 1999 y te marchas al Rayo Vallecano.

Pese a que era un equipo de Segunda me pareció un proyecto ilusionante. El entrenador era Juande Ramos, que había estado en la cantera del Barcelona, y también estaban Julen Lopetegui y Pablo Sanz, a los que ya conocía de mi etapa allí. Tuve unos meses muy buenos desde enero y marqué nueve goles. Logramos el ascenso y yo tuve que volver al Espanyol porque estaba cedido antes de que el Rayo terminara comprándome.

Después de esos meses en Vallecas y ser clave en el ascenso, ¿no surgieron otras opciones de equipos más importantes?

La verdad es que no lo sé. Ni siquiera valoré otras opciones. Yo soy muy de sensaciones y solo pensaba en jugar en el Rayo Vallecano. Hice un esfuerzo para llegar a Vallecas y el club hizo un esfuerzo para que jugara allí. Y me salió todo a las mil maravillas. Teníamos un gran grupo y un entrenador como Juande Ramos que lograba sacar lo mejor de todos.

Y como guinda, disputar la UEFA en la 2000-2001.

Recuerdo perfectamente el día que el delegado del equipo me llamó para decirme que nos habíamos clasificado para la Copa de la UEFA por Fair Play y teníamos que empezar la pretemporada una semana antes porque teníamos que jugar la fase previa. Esa fue una gran oportunidad para todos. Yo ya había disputado competición europea tanto con el Barcelona como con el Espanyol, pero fue algo histórico para todos. Nunca pensamos que pudiéramos llegar hasta esos cuartos de final frente al Alavés, pero fuimos superando fases y allí nos plantamos.

¿Qué partido de aquella participación europea no has olvidado?

Todos, pero la eliminatoria ante el Girondins de Burdeos fue algo que la gente todavía recuerda. Ganar 4-1 en Vallecas después de empezar perdiendo y después volver a ganar en Francia son cosas que todavía se recuerdan prácticamente dos décadas después. Lo mejor que tenía ese equipo es que éramos un grupo de amigos. Compartíamos muchas horas juntos más allá de lo profesional y formamos un gran grupo. Yo en esa trayectoria de UEFA hubo un par de partidos en los que no jugué y mis amigos seguían yendo en esos vuelos organizados por la buena relación que había incluso entre nuestros allegados. Éramos una gran familia.

El equipo pasa de jugar la UEFA a bajar a Segunda División B en tres años. ¿Qué pasó?

Viví lo que es el Rayo tanto en lo bueno como en lo malo. Tuvimos grandes momentos, pero los jugadores nos íbamos haciendo mayores y algunos se retiraban como Julen Lopetegui o Cota y no había esa estructura deportiva detrás para fortalecer más allá de que surgieran casualidades como las llegadas de Bolo, Ferrón o yo mismo.

Se consuma el descenso a Segunda División B y ya no sigues.

Todavía me quedaba un año de contrato, pero el club me despide. El 31 de agosto me llamaron para pasar por las oficinas del club y un empleado me dio una carta de despido. Nada más descender a mi me llama el Numancia, pero yo tenía contrato con el Rayo Vallecano y desde el club se me dice que no tienen la intención de dejarme salir. Sin embargo, la situación cambia y al final de verano se me rescinde. Me fui a León y entrené con el Puente Castro de División de Honor, y luego me llamaron de un equipo de Ponferrada en Tercera con el objetivo de ascender. Jugué medio año pero estaba muy lastrado por las lesiones y decidí retirarme.

Te has roto tres veces los ligamentos cruzados, ¿cómo se lidia con esto?

En los últimos años ya no disfrutaba. Sufría, tenía que trabajar muchas horas durante la semana para poder jugar 60 o 70 minutos el domingo y acabar como si me hubieran dado una paliza. Fisioterapia, estiramientos, trabajo en gimnasio… Todo se fue haciendo cada vez más complicado hasta que decidí poner por delante mi salud.

Las lesiones también te impiden tener la oportunidad de consolidarte en la selección española de Camacho.

Debuté en enero del año 2000, pero antes hay un par de convocatorias en las que ya comienza a sonar esta posibilidad y mi nombre sale entre las posibilidades. Sin embargo, no se concreta, por lo que no quería crearme demasiadas esperanzas. Luego, cuando se confirmó oficialmente la llamada fue una alegría indescriptible.  Después de llegar la oportunidad y poder debutar ante Polonia soy convocado otras dos veces pero finalmente no puedo ir por problemas musculares. Las convocatorias eran el viernes y yo el fin de semana tenía problemas y no podía acudir. Recuerdo incluso que en una de esas convocatorias era para dos partidos a la altura de febrero o marzo, por lo que la disputa de la Eurocopa estaba casi en puertas. Una lástima.

¿Crees que las lesiones han marcado el devenir de tu carrera?

No cabe duda que las lesiones siempre vienen mal, pero en algunos casos incluso más. La primera vez que me rompo el ligamento cruzado fue en marzo de 1994 en un momento dulce con el filial del Barcelona y cerca de debutar con el primer equipo. La segunda rotura es cuando estoy siendo importante en el Espanyol con José Antonio Camacho y ya la tercera es en el Rayo Vallecano. Luego, esos problemas que me impidieron ir con España son secuelas. La preparación y la información que teníamos no es la misma que ahora. Tú ves a los jugadores actuales y se nota que están híper desarrollados muscularmente. En nuestra época se trabajaba el tren inferior pero no se hacía demasiado caso al superior. El fútbol también ha evolucionado en otros aspectos como el de nutricionistas o psicólogos deportivos. Yo una vez comencé con un problema muscular, me empecé a tratar, decían que no tenía nada… y al final casi acabo operado de pubis. Ahora apenas hay casos de operaciones de pubis.

 

“Tenía que trabajar muchas horas durante la semana para poder jugar 60 o 70 minutos el domingo y acabar como si me hubieran dado una paliza. Fisioterapia, estiramientos, trabajo en gimnasio… Todo se fue haciendo cada vez más complicado”

 

 

¿Estas lesiones provocaron que tuvieras miedo a la hora de jugar?

No. Sin embargo pierdes velocidad, capacidad, potencia y te cuesta recuperar.

Tu etapa como técnico comienza apenas dos años después de colgar las botas.

Empiezo a entrenar en León al Huracán Z con futbolistas que habían sido compañeros míos apenas dos años antes en Ponferrada. Se me empiezan a abrir puertas y vuelvo a la Cultural Leonesa, que me da la oportunidad de dedicarme profesionalmente. De Tercera logramos el ascenso a Segunda B y después de otra temporada allí considero que he tocado techo y me marcho.

Una iniciativa de la que formas partes son las Sesiones AFE, en las que se busca equipo a jugadores que no tienen…

En un momento en que me estoy formando me llaman desde la AFE porque tengo vinculación con algunas personas de allí. Desde la Asociación se da la oportunidad a distintos jugadores y técnicos que no tienen equipo de cara a ponerles en el escaparate. Comenzamos en enero y me encuentro con varios jugadores de perfiles completamente diferentes. A nivel profesional es una experiencia absolutamente espectacular, porque está todo muy concentrado y se hace en apenas 15 días. Hay un gran montaje de medios, recursos e instalaciones. Juegas contra equipos interesantes y de buen nivel.   

Unos vienen de ligas de otros países y han estado jugando hasta diciembre, otros llevan seis meses sin entrenar en ningún sitio, también los hay que han estado entrenando con el equipo de su pueblo o de su barrio pero sin jugar… Al final se mezclan muchos perfiles de jugadores diferentes y lo único que puedes hacer es intentar unificar criterios, ponerles en contexto de dónde estamos e intentar potenciar sus cualidades para brillen ante los que vienen a verlos. Cada vez que uno de los jugadores encontraba un equipo era una alegría para todos pese a que evidentemente nos debilitábamos. De hecho, al final hubo que recortar dos o tres días el proyecto porque el último partido muchos de los jugadores ni siquiera actuaban en su posición.

Tu siguiente paso es como ayudante de Luis Milla en los banquillos de Lugo y Zaragoza.

Fue una gran experiencia. Ya estamos hablando de fútbol profesional pero en un puesto que te permite gestionar el día a día de otra manera, ya que no estás en una primera fila que te obliga a invertir mucho tiempo en prensa, reuniones y otras gestiones. Estas dentro, pero además de poder aportar en el día a día estas aprendiendo. Se vive todo a otras pulsaciones. Esos dos años con Luis fueron muy buenos a ese nivel, aunque cuando él se marcha a Indonesia yo decido que es el momento de cambiar.

En tu etapa como entrenador del Rayo Vallecano B hay un partido frente a Los Yébenes en el que pides a tus jugadores que se dejen un tanto porque no estas conforme con lo que ha pasado en vuestro gol. ¿Cómo lo recuerdas?

Aquel día en concreto, y viendo la jugada desde mi posición, yo lo tenía muy claro, aunque el jugador no se había dado cuenta: hay un centro lateral en el que la tocan los dos y cuando el balón vuelve después de un par de golpeos, el delantero marca sin darse cuenta que el defensa está en el suelo y se ha beneficiado de todo el tema del fuera de juego. En ese momento lo primero que pienso es que no ha sido ético y así se lo digo al cuerpo técnico. Como es cuestión de segundos, decido llamar al capitán para decirle que tenemos que dejarnos el gol. Somos deportistas y debemos ser ejemplo para la sociedad. Hay que transmitir unos valores mucho más allá del juego.

Es una situación similar a lo que ocurrió en abril con Marcelo Bielsa en el partido entre Leeds United y Aston Villa…

Todo el mundo quiere ganar y yo he sido muy competitivo. Sin embargo, es mi forma de ser. He estado jugando un partido y pese a ir perdiendo en el último minuto he tirado un balón fuera porque un compañero del otro  equipo tenía un problema. Es mi forma de ser y siempre lo he tenido muy interiorizado.

Tu vinculación acaba a final de temporada y no sigues en el Rayo Vallecano. ¿Cómo ves a la entidad que ha sido tu casa?

La estructura está debilitada, cada vez hay menos inversión y recursos en formación, se trabaja poco y mal y hay gente que no está preparada ni cualificada. A mi me preguntan y lo digo. Lo hice internamente y lo hago ahora desde fuera intentando defender los intereses del club. Si algo tengo claro es que el Rayo volverá a ser mi casa. No se cuándo, pero lo será. Estuve seis años como jugador y salí por la puerta de atrás con una carta de despido que me dio un miembro del club. Ahora he estado dos años en el banquillo en un ciclo con subidas y bajadas, pero estoy confiando en que habrá un momento para volver.

Da la sensación de que el equipo se ha quedado anclado en el tiempo.

Pero con un agravante. Estás tropezando con la misma piedra. Han pasado 20años y el Rayo Vallecano está igual que estaba. En estas dos décadas fíjate lo que ha pasado con Getafe, Leganés o Eibar y como han crecido. Ya no eres el tercer equipo de Madrid. Ves las instalaciones del Getafe o Leganés y están a años luz. Clubes con más limitaciones han sabido sacar un mejor rendimiento de su situación que el Rayo Vallecano, que sigue siendo un club ascensor como hace veinte años.

Fotografía de Iván Vargas.