A cuatro días de arrancar la competición -y digo cuatro, no por el dicho, sino porque son exactamente cuatro-, nos levantamos a las 8 de la mañana para una extracción de sangre. Hoy tenemos la revisión médica. No considero necesario aclarar para los no futboleros que la revisión medica a cuatro días no es que sea poco útil, siempre viene bien, pero teniendo en cuenta que llevamos 29 de pretemporada diremos de una manera suave que llega un poco tarde.

Para la extracción vienen dos chicas jovencitas al hotel para facilitarnos el no tener que madrugar más de la cuenta. Las 8 esta muy bien ¡que somos futbolistas! Ellas mismas, después de una muy buena labor, se encargan de llevar todas nuestras muestras de sangre al hospital donde se continuará con nuestro chequeo. Yo desayuno fugaz y frugalmente para no desfallecer en caso de que la mañana se alargue de más de la cuenta en el hospital. No pretendo ser pesimista pero mis recuerdos y mi intuición me dicen que rápido, rápid,o no será. Y a mediodía tenemos cita en la Adidas Store para la presentación de la nueva ropa del equipo.

Llegamos al hospital Vintage. Está a un kilómetro aproximadamente del hotel, pero vamos en coche. A todas partes te llevan en coche, aunque se llegue antes andando. Yo creo que te venden seguridad cuando en realidad lo que hacen es cobrarte. La cita es a las 10. Pretendemos que sea algo rápido. Electro, ecografía y cuatro formalismos más. Mientras esperamos a que llegue el doctor, nos reciben varias sisters. Ellas nos miden y nos pesan con unas básculas que me juego las dos manos a que tienen más de 50 años. Quizá en honor al nombre del centro. Nos toman la presión y van cogiendo los datos mientras esperamos que llegue el doctor.

Los jugadores que, ilusos de nosotros, hemos ido llegando escalonados para no coincidir en hora, nos vamos acumulando en el cuarto de cuatro camillas -éstas solo tienen 30 años-, mientras esperamos que llegue el doctor. Siguen llegando compañeros a las 11 y seguimos acumulándonos. Entonces yo empiezo a impacientarme. El que me conoce ya me está viendo la cara, y es que a mi lo de esperar gratis me fastidia un pelín. Así que pregunto el nombre del doctor y dónde se supone que debe de estar. Todo el mundo me responde que está viniendo, pero nadie se dispone a hacer nada para ir en su busca. Le pido a Sukhi sister si sería tan amable de darme su teléfono para que yo, amablemente, le solicite que venga a nuestro encuentro. Me dice que no lo tiene. Mejor. Así que llamo al ascensor y subo a la última planta. De ahí iré bajando una a una haciendo un concienzudo rastreo a ver si doy con él. Rufino Montero, así se llama el doctor.

Hoy tenemos la revisión médica. No considero necesario aclarar para los no futboleros que la revisión medica a cuatro días no es que sea poco útil, siempre viene bien, pero teniendo en cuenta que llevamos 29 de pretemporada diremos de una manera suave que llega un poco tarde

Al llegar a la cuarta planta se abre la puerta y salgo. No negaré que me dio un poco de cosa. No parecía estar en un hospital. Cajas de cartón y armarios por todas partes, con zapatos tirados y muy poca luz; me asomo al pasillo y veo a una mujer. Le pregunto y me dice que Rufino está abajo. “No no, abajo no, que vengo de allí”. Entonces debía de estar en la tercera, haciendo ronda. Bajo a la tercera, que parece un poco más planta de habitaciones para hacer ronda que la cuarta. En un mostrador pregunto por el doctor Montero. “Está abajo”, me responde. “No no, de abajo vengo yo y no está”. “Sí sí, ya debe de estar”, insiste. Bajo por las escaleras hasta la sala donde se acumulan mis compañeros, pero Rufino sigue sin aparecer. Vuelvo a coger el ascensor, con las cejas ya algo levantadas. Me dirijo a la tercera de nuevo, al mostrador, y les digo que no me voy a mover de ahí de allí hasta que me lleven donde esté el señor Montero. Las sisters se asustan un poco, y no saben cómo reaccionar. Una me intenta calmar dorándome la píldora, hasta que al cabo de un rato, no sé cómo ni cuando se confirma que el doctor ya está atendiendo a los jugadores del FC Goa. Bajo a la sala y así es. Ahí esta Rufino, una hora y media tarde, tranquilo, charlando distendido con Gregory mientras le toma el pulso.

Llegado mi turno en la camilla se me acerca el doctor, me toma el pulso, me ausculta con el fonendo y me aprieta el estómago un par de veces para diagnosticar que estoy como un roble. Ha tardado unos 90 segundos en “chequearme”, lo que en contraposición a lo que le hemos esperado hace que me quede como pidiendo más, como deseando me encuentre algo mal o algo para justificar el tiempo perdido. “Tranquilo, aún queda la eco. Id pasando a la sala de espera que ahora vendrá el doctor”. Ya no pregunto el nombre, y espero. Espero. Más de lo mismo, pero ya no sigo. Solo espero.