Dejando a un lado ya el paso por los Emiratos, con sus cosas que contar también, el aeropuerto de Mumbai pone a un servidor perfectamente al corriente de que ya estamos en la India. La lentitud de los trámites, la infinidad e inutilidad de la mayoría de ellos, los exagerados y múltiples controles, uno tras otro, y, lógicamente, la omnipresente música del tráfico en el traslado de la terminal internacional a la de vuelos domésticos no dejan lugar a error. Respiro ya este fantástico pseudo-continente/mundo/planeta y no puedo negar sentirme nervioso y contento de volver a estar aquí de nuevo.

La llegada a Goa es contradictoria. A la salida del aeropuerto nos esperan muchos Gaur. Así llaman a la afición de aquí. Los gaurs son bisontes indios muy habituales del paisaje de la provincia. Pero el equipo llega después de un viaje de unas 15 horas y no estamos para muchas fotos. Además, aún nos queda una hora de trayecto hasta el hotel. Este tipo de viajes interminables son también muy frecuentes en el planeta indio.

El día después es de recuperación, con una sesión de gimnasio para estirar piernas e instalarse en la que va a ser nuestra casa estos tres siguientes meses. El paisaje es muy distinto al que estoy habituado de la India. El cambio de Calcuta a Panaji es grande. Cocoteros y playas en lugar de cemento y suciedad. No me quejo. Aunque siento un cariño especial por Calcuta y me enamoré de su caos salvaje.

Después del primer día suave, nos esperan dos días de doble sesión de entreno en el estadio de Vasco. Goa fue colonia portuguesa hasta diciembre de 1961, y conserva sobretodo nombres y alguna que otra tradición de esa cultura. Aún una vez al año se celebra no sé qué festividad en honor a Portugal. La llegada al estadio da para mucho. En primer lugar, una característica común en los campos de aquí: cuando llegas no lo reconoces. Desde fuera no parece un campo de fútbol. Las gradas en su parte exterior parecen la manzana de un edificio con sus locales de comercios y sus viviendas. Hasta que no entras por una puertecita de lata no ves que dentro se extiende un campo de césped. El del Vasco conserva un césped que no esta nada mal, como otros.

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Pero lo que nos deja de piedra es lo que nos encontramos a continuación: la entrada al vestuario, es mundial. Unas 15 sillas de chiringuito de piscina de color marrón descolorido, colocadas una frente a otra en dos filas, rodean una pasarela a una altura de unos 20 cm que tiene la función de ser la depositaria de nuestra ropa y todos nuestros enseres. Ni rastro de taquillas o armarios. La camilla está a una altura de 1,35 m, con lo cual algunos necesitamos subir a ella de un salto, y no de un saltito. Hay tres duchas para los 26 que somos. Si pones la fría, sale fría, y si pones la caliente, sale fría tambien. Aunque eso aqui no es problema. Una bañera inflable (e inefable) de un plástico que antaño fue blanco servirá para hacer los baños de hielo. Y los aparatos del aire acondicionado se encienden y se apagan con el mando a distancia (un palo tubular de madera que proviene de algún mastil de bandera o de algun guarda de tráfico que lo usó para poner orden y el culo de alguno calentito).

Lo mejor de todo fueron las caras de los jugadores brasileños cuando iban entrando. Lástima que eso no quedó registrado. No lo grabé con mi GoPro y me arrepiento mucho, aunque supongo el vídeo hubiera salido demasiado movido porque no podía parar de reírme.

Así que arrancamos. Veremos que nos espera de aquí en adelante, pero desde luego este país no te da tiempo para adaptarte. Tiene tiempo para casi todo menos para eso. Te coloca en SU lugar en un santiamén.