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No surrender

En el fútbol y, por extensión, en el infrafútbol uno no puede rendirse nunca. Eso es lo que nos cuenta Oriol Rodríguez en un nuevo capítulo de su diario

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Well, we made a promise we swore we’d always remember
No retreat, baby, no surrender
Like soldiers in the winter’s night
With a vow to defend
No retreat, baby, no surrender.

Admito que ha sido una de la figuras más determinantes en la historia del rock’n’roll, pero Bruce Springsteen no se encuentra entre mis cinco músicos o grupos favoritos (estos serían, y muy probablemente por este orden, The Clash, The Beatles, Nirvana, David Bowie y Pixies). Sin embargo, y curiosamente, su tema No Surrender es algo así como mi soflama vital particular. Mi himno nacional personal.

Como encontrarme una pelota y empezar a hacer toques, es algo impulsivo que no puedo controlar. Cuando oigo los primeros compases del tema que abre la cara B del iconográfico álbum de ‘The Boss’ Born in the USA, esas primeras notas dibujadas por la guitarra de Steven Van Zandt, se me acciona un resorte interior. Me yergo y, llevándome la mano derecha al corazón, con las venas del cuello insufladas de pasión y entrega y la voz rota al más puro estilo springsteeniano… one, two, three, four, me pongo a cantar como aquel soldado que en una noche de invierno hizo un juramento que prometió no olvidar jamás: ni retirada, ni rendición.

El del sábado era un partido importante. Tras dos derrotas y una jornada de descanso obligatoria, condenados a lo más bajo de la tabla clasificatoria, necesitábamos puntuar.

Afectados por nuestro singular virus FIFA, nos presentamos en el campo del Viladecans, un equipo bregador, de los que no se arrugan a la hora de poner el pie, con media plantilla de puente. Nos faltaban el Paco, el David, el Harris, el Uri y el Dani, que, a nuestro nivel, sería como si el Barça saltara al césped con un 11 en el que no figuraran Messi, Iniesta, Rakitic y Jordi Alba. Y entre los que estábamos, el Boris sigue arrastrando una lesión en el abductor que, sin acabar de sanar del todo, hace meses que lo martiriza, y el Jonathan iba a disputar sus primeros minutos después de que semanas atrás se descalabrara montando en bici, accidente ciclístico que durante este tiempo le ha impedido jugar y entrenar. Y esto, a nuestro nivel, sería algo así como si el Barça jugara con Puyol y Busquets mermados.

Contrariamente, después de meses, pudimos repescar a Jordi Gay, mito balompédico gelidense, durante años profesional del fútbol cinco en las filas del Martorell y actualmente secretario técnico de las selecciones catalanas de fútbol sala. Decir que es bueno sería una obviedad. Una delicia verle campar por el tapete, suertudo de mí poder jugar a su lado.

No llevábamos ni un minuto que ya nos habían metido el primero. A los cinco íbamos perdiendo 2-0. No surrender.  Corría el minuto 20 cuando el Moha, el sábado de lateral derecho, subió la banda, se internó en su área y lo derribaron. Penalti. Como la semana pasada, lo picó el Óscar. Como la semana pasada, el portero a la izquierda y el balón a la derecha. 2-1. Dos o tres jugadas después, nos colaron el tercero. 3-1. No surrender. Estaba a punto de terminar la primera parte y el Gay la pilló en los confines del área grande y le arreó un tremebundo zapatazo con la derecha. Parábola perfecta para entrar bien ajustada al poste. 3-2. No surrender.

¿Y yo? Jugué 60 minutos, esta vez de delantero centro (ni Luis Enrique en sus mejores momentos se reveló tan polivalente), y aunque la pifié cuando tuve el 4-3 (¡¡¡árbitro, fue penalti!!!), creo que lo hice decentemente bien. Cuanto menos, di un pase de gol, el del 3-3. No surrender. En realidad, el Gay me lanzó una asistencia al espacio, de esas que únicamente advierten los que poseen una visión privilegiada del juego, y tan solo tuve que acariciarla con suavidad para que el Torres, entrando desde la segunda línea, se quedara solo frente al portero. Con esa tranquilidad tan propia suya, en un par de segundos que me parecieron una eternidad, el Liante recibió el pase, se la colocó y con la elegancia del fino estilista la cruzó sobre la salida del arquero.

Dejadme, sin embargo, que no me extienda más en la narración de mi aportación al encuentro y destaque lo que hizo el Javito cuando quedaban diez minutos para acabar el partido. Ya con empate en el marcador, cometimos una falta en el costado izquierdo de la frontal de nuestra área. La distancia perfecta para que un buen lanzador expusiera su dotes como francotirador. Barrera colocada y el delantero rival dirigiéndose determinado al balón. Desde el medio del campo, esperando por si había un rechace salir al contraataque, oí como en la grada alguien gritaba: “Tan solo tienes que meterla dentro de la portería”. El esférico tomó velocidad y se dirigió, encabritado, hacia la escuadra. Justo entonces, el Javito voló sacando una mano descomunal. Paradón. Él, nuestro portero, nos dio el empate y nuestro primer punto.

La semana que viene jugamos contra el Gavà. Líderes, ahora mismo es el equipo más en forma de la categoría, contando cada partido por victoria… aplastantes. Será, dada nuestra situación en la clasificación, otro partido vital. Podremos ganar, perder o, si el Javito vuelve a sacar una mano prodigiosa, empatar. De lo que estoy convencido es que, como en la canción de Bruce Springsteen, mis compañeros y yo ni nos vamos a retirar ni nos vamos rendir. No surrender, companys!