UD CINCO ROSAS 2-1 CF GELIDA VETERANS

Cuando perder se convierte en algo tan habitual como el trifásico de después de comer, suceden cosas como esta, que llegas a casa y tus hijas te preguntan directamente cuántos os han metido.

Peor aún. Cuando les explicas que os han tumbado 2-1, replican, ilusionadas, si has marcado tú ese solitario gol. Es entonces cuando, suplicando clemencia, dibujas una tristona cara de cordero degollado y admites que no, que una semana más has estado negado de cara a portería. Que una jornada más su padre no ha podido convertirse en ese ser con poderes de superhéroe que todo lo puede, incluso colar el balón entre los tres palos.

En su adorable inocencia, para los más pequeños el fútbol no son ni posiciones en el campo, ni tácticas de juego, ni resultados. Les da igual si ganas o pierdes; llevando al máximo extremo la filosofía balompédica de Johan Cruyff, para ellos el fútbol es marcar goles y lo demás, nimiedades.

El sábado nos enfrentábamos al Cinco Rosas de Sant Boi. Dos posiciones por encima de nosotros en la clasificación, un rival que forma parte de ese grupo de equipos que denominamos “nuestra liga”. Uno de esos partidos que debes ganar sí o sí para coger confianza y, tras el mal inicio liguero que sufrimos, empezar la ascensión. Siempre desde el máximo respeto hacia ellos, teníamos calidad para llevarnos los tres puntos. Sin embargo, todo nos salió mal, todo lo hicimos mal. Suma de elementos que nos llevó a caer noqueados 2-1.

Ya de regreso en Gelida, lamiéndonos las heridas entre cervezas y anécdotas pretéritas que nos hemos explicado mil veces pero que siempre acaban reactivándonos el ánimo (el día que una gogó del Opium, herida en el orgullo porque la había confundido con una camarera, le arreó un mamporro al Rafinha; el día en el que, en un choque con un rival, el Boris se abrió la cabeza y en urgencias le aplicaron un vendaje que parecía un Teletubbie…), alguien, no sé si Alfons o Manuel, me preguntó qué iba a escribir en mi artículo de Panenka. “Ni puta idea, tío”. Este sábado no había habido ni derrota honrosa, ni remontada épica, ni sermones motivacionales en el vestuario. No, más allá de unos primeros 25 minutos en los que controlamos el ritmo del juego, no había habido nada mínimamente interesante por explicar.

Evidenciando lo mal que funciona mi psique, puede que llevando en la conciencia la desilusión de mis hijas por no haber marcado un gol, es algo que me pasa todas las madrugadas después de un partido. Me despierto sobre las dos o las tres y, desde el pitido inicial hasta que retornamos al vestuario, revivo los 90 minutos: ‘y si hubiéramos cortado ese balón al espacio con el que nos han metido el primero…, y si si la hubiera controlado mejor en aquella última jugada y me hubiera quedado solo ante el portero… Y si… Y si…’

La noche de este pasado sábado, evidentemente, me volví desvelar y, jugada a jugada, reconstruí lo que había sucedido en Sant Boi. Fue entonces cuando, recuperando una circunstancia que casi nos había pasado desapercibida, descubrí la clave de nuestra derrota.

Era el minuto 25 y recordad que, como he explicado, hasta aquel momento veníamos controlando el ritmo del partido. Aunque la pelota estaba en movimiento, un crío saltó al césped como quien cruza un semáforo en verde, con el porte autoritario del que se cree el propietario del estadio. Se llamaba Calderón. Debería tener diez o 12 años. Era de Sant Boi pero decidió sentarse en nuestro banquillo.

Es una norma no escrita, pero en el fútbol hay espacios que están prohibidos a toda persona ajena al equipo, el banquillo es uno de ellos. Por ello, tan pronto lo vio, Alfons, el míster, intentó echarlo. “Niño, vete de aquí”. Y Calderón se marchaba, pero a los cinco minutos reaparecía. “¿Por qué no vas a jugar con los otros niños?”. Y Calderón se iba, pero poco después reaparecía. Y así, una vez tras otra durante toda la tarde. Alfons no se percató pero, en un su desigual disputa con la testarudez de un crío, perdió el hilo del partido. Y nosotros, desde el campo, sin la guía de nuestro entrenador, faltos de una voz que nos orientara, nos fuimos del encuentro.

Pese a que se describe como una personalidad “eternosexual” (su particular forma de expresar que es alguien tenaz, que siempre quiere más, que nunca desfallece en sus intentos por lograr sus deseos); tal vez consciente de que el entorno, esta vez devenido un chaval tocacojones, le había superado, pero argumentando que está siendo el peor inicio de temporada en la historia del CF Gelida Veterans, Alfons presentó su dimisión como entrenador al finalizar el partido. No la aceptamos. No solo sería la solución más fácil, la de cargar todas las culpas en la figura del entrenador, sino que estamos convencidos de que entre todos acabaremos saliendo de esta. Y es que, como advirtió David mientras nos duchábamos: “el fútbol son rachas y cuando empecemos a ganar ya no habrá quien nos pare”. Vale, es un tópico, pero, definitivamente, lo mejor está por llegar.

PD: ¡Ya tenemos la lotería de Navidad del CF Gelida Veterans! Si alguien quiere una participación (el número es una combinación tan bonita como 14531) tan solo tiene que pedírnosla. Por solo cinco euritos os espera un futuro nadando en la abundancia.