En el centro del campo o como lateral derecho, la pelota siempre busca a Joshua Kimmich. El internacional alemán es, con independencia de su posición, un generador de juego que ordena y activa a sus compañeros en cada intervención. Puro magnetismo.


Este artículo está extraído del #Panenka92, que publicamos en enero de 2020 y que sigue disponible aquí

 

Corría el minuto 90 en el Borussia-Park. Mönchengladbach y Bayern empataban a uno. Patrick Herrmann cruzaba el campo en conducción guiando un último contraataque del conjunto local. Su pase al espacio hacia Marcus Thuram no era del todo bueno… Él podía cortarlo, él podía mandar el balón a paseo, él podía cerrar la jugada y, probablemente, el partido. Sin embargo, él intentó lo más difícil. Un control que su posición corporal y la velocidad de la jugada seguramente no aconsejaban. Quería hacerse con la pelota y tener él la última palabra, el último ataque del partido. Se equivocó. Falló en un control de exterior que, aunque complicado y nada ortodoxo, no era la primera vez que intentaba. Esta vez no salió bien. El balón llegó a pies de Marcus Thuram y pum… penalti de Javi Martínez, gol de Bensebaini y derrota del Bayern en el campo del Borussia. El equipo de Múnich caería a la séptima plaza de la Bundesliga a siete puntos de su rival aquella tarde. El cabreo fue morrocotudo. Manotazo al césped, gritos de rabia y desesperación y un fuego interior que solo podría apaciguarse con futuras victorias y buenas actuaciones.

La gran mayoría de laterales derechos, en una jugada descrita como la del primer párrafo, no se hubieran complicado la vida. Era la típica acción de cortar, sin mayores enredos, un pase al espacio. Era la típica jugada que el lateral aborta sin problemas y luego recibe la palmadita del compañero de turno. Nadie, en su sano juicio, se hubiera expuesto al error, a ser señalado, a salir en la fotografía… Pero es que, seguramente, nadie interpreta la posición de lateral derecho en el fútbol actual como lo hace Joshua Kimmich. Él quiere trascender. A él no le basta con cubrir el expediente. Él es un ganador. Él se veía capaz de controlar aquella pelota con el exterior de su bota derecha y, rápidamente, iniciar un contraataque sobre el contraataque para que el Bayern dispusiera de una última acción ofensiva. De hecho, un par de minutos antes había cometido otro error al sacar rápido una falta. El pase no fue acertado y el Borussia amenazó con otro contragolpe. Alguien dirá: “Son errores. Muy mal Kimmich. Fatal todo”. Bueno, pues muy bien. Cuando los errores nacen de una férrea voluntad de victoria, cuando se producen como consecuencia de la confianza ciega que tienes en tus posibilidades y cuando son, en esencia, fruto de la búsqueda permanente de la excelencia y de una actitud valiente ante el juego o la vida… Pues sí, son errores, pero a lo mejor podríamos encontrar otra palabra para describir tal cosa.

En realidad, Kimmich fue, seguramente, el mejor jugador del partido. Él y otro prodigio, Alphonso Davies, fueron los encargados, desde los laterales, de encontrar infinidad de superioridades en los pasillos exteriores. El partido no llegó al descanso 0-4 porque todo ese caudal ofensivo que generaron los laterales durante la primera mitad no fue bien aprovechado en zonas de finalización. En el campo del Borussia, Kimmich volvió a jugar de lateral derecho después de seis partidos consecutivos actuando como mediocentro del equipo. Entonces, ¿es defensa o centrocampista? Nos adentramos ahora en esta dicotomía, que amenaza con ser eterna en la carrera del futbolista nacido en 1995 en Rottweil. Sí, de aquí recibe el nombre la raza canina Rottweiler. Antiguamente, eran los perros que cuidaban y conducían el ganado de los carniceros de esta ciudad de Baden-Wurtemberg que, ahora mismo, cuenta con escasos 25.000 habitantes.

 

“Tiene todo lo que necesita un futbolista”, dijo Guardiola poco antes de que Kimmich debutara con la absoluta. Había llegado para quedarse

 

Joshua Kimmich ingresó con 12 años en las categorías inferiores del VfB Stuttgart, el club más grande de la región. Allí se desarrolló fundamentalmente como mediocentro. En la temporada 2013-14, el joven de 18 años jugó en el RB Leipzig. El club del este de Alemania, todavía con menos de un lustro de historia, estaba en tercera división como recién ascendido de la Regionalliga y empezaba a sentar las bases de lo que acabaría siendo una promoción meteórica a la cima del fútbol teutón. El Leipzig terminaría la temporada subiendo a segunda como subcampeón de liga y Kimmich ya fue una pieza importante en dicho logro participando en un total de 26 partidos, 25 como titular. Actuó como centrocampista en todos los compromisos a excepción del duelo en casa de la penúltima jornada contra el Saarbrücken, cuando completó los 90 minutos jugando de lateral derecho. Aquel verano fue especial: también se proclamó campeón de Europa sub-19 en Hungría con la selección nacional. Alemania superó a Portugal en la final con Kimmich como maestro de ceremonias.

10 de agosto de 2014. Solo diez días después de la final en Budapest, el Leipzig jugaba en el Allianz Arena un partido correspondiente a la segunda jornada de la 2. Bundesliga. El equipo, propiedad de la empresa de bebidas energéticas Red Bull, se enfrentaba al TSV 1860 Múnich. Por aquel entonces, Pep Guardiola era el entrenador del FC Bayern. El técnico catalán no quiso perderse el partido, que fue un auténtico drama a nivel táctico y en todo lo que se refiere a la elaboración del juego. No fue, precisamente, el partido paradigma del juego de posición. La pelota salía disparada de un extremo al otro del terreno de juego sin apenas pasar por el centro del campo, y eso que en el Leipzig jugaban Kimmich o Demme y el capitán del 1860 era Julian Weigl, el hoy jugador del Benfica; Gábor Király defendía la portería local con su característico y mítico chándal, pero eso ya es otro cantar.

La cuestión es que Pep Guardiola quiso darle otra oportunidad a Kimmich y siguió observándolo. Quedó prendado. Su interpretación del juego, su sentido de la ubicación, sus detalles técnicos en el control de la pelota o el acomodo del cuerpo para perfilarse de manera idónea… Guardiola vio en Kimmich un potencial extraordinario y siempre agradeció a Michael Reschke, en aquel momento responsable de scouting del Bayern, su eficaz gestión para contratarlo. Kimmich terminó la temporada con el RB Leipzig, donde fue figura capital en el centro del campo del equipo sajón, pero firmó con el Bayern en verano del 2015. El club de Múnich abonó 8,5 millones de euros al Stuttgart, entidad propietaria de sus derechos.

“Antes o después, Kimmich será internacional. Tiene todo lo que necesita un futbolista”. Son palabras proféticas de Pep Guardiola en septiembre del 2015. Kimmich debutaría con la absoluta de Alemania unos meses después, a finales de mayo del 2016. Tenía 21 años y llegó para quedarse. Disputó como lateral o carrilero, en defensas de cuatro o cinco piezas, la Eurocopa de aquel año, la Copa Confederaciones (con victoria en la final de San Petersburgo ante Chile) y el Mundial de Rusia (con prematura e histórica eliminación alemana en fase de grupos).

Joshua Walter Kimmich (alguien con este nombre compuesto está destinado al estrellato, aunque solo sea para poder gozar de su musicalidad cada vez que se pronuncia o lee Joshua Walter Kimmich) tiene un denominador común sin importar su teórica posición sobre el campo: el balón. La pelota lo ama. Kimmich tiene un imán para ella y la sensación es que a su alrededor siempre suceden cosas. La pelota es el factor decisivo en el orden de un equipo de fútbol. En función de su situación en el campo y de su poseedor, los movimientos serán unos u otros. Pues bien, cuando Kimmich la acaricia, cuando tiene la pelota bajo su control, es como si todo fuera más harmónico, es como si las distintas piezas del equipo tuvieran más facilidad para ir encajando, para ir construyendo secuencias de pase, ahora cortos, ahora más largos, pero siempre en beneficio de un juego coral y con un patrón colectivo más nítido y definido. Kimmich, como mediocentro o lateral, siempre tiene un peso específico en la identidad de su equipo. Su rango de pase es formidable, con independencia de su ubicación en el campo, y la impresión es que, al margen de la posición que ocupa, su rol es el de constructor. El equipo se expresa, a menudo, en función de las pautas de conducta que marca Kimmich con sus toques sutiles y pases delicados.

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Él mismo ha apuntado, en más de una ocasión, que prefiere jugar en el centro del campo porque tiene una mayor panorámica del juego y la sensación de que puede incidir más en todo lo que va sucediendo. También ha comentado que jugar indistintamente de lateral y de mediocentro es bueno para su crecimiento como futbolista, pero seguramente Kimmich se ve a él mismo como un ‘6’ que puede jugar en otras demarcaciones.

“Hablé con Pep y me dijo: ‘Tengo un jugador que, literalmente, puede jugar en cualquier posición’. Le pregunté quién era, y entonces me nombró un chico llamado ‘Kimmitsch’ del que jamás había oído antes. Desde ese día sigo su carrera”. Son palabras de Xavi Hernández en declaraciones a SportBild. El exjugador del Barcelona y artífice de la mejor selección española de siempre, se dirigía a Kimmich en estos términos: “Desde que te vi jugar supe que podrías ser un gran jugador y ahora lo eres. Realmente puedes jugar en cualquier posición. Serías un jugador perfecto para el Barcelona, como lo hubiera sido Lahm, pero el Bayern está al mismo nivel. Puedes alcanzar muchas cosas aquí”.

Suele ser bastante común empezar a hablar del Kimmich mediocentro y terminar utilizando términos vinculados a la globalidad del juego. Es muy difícil ser específico con Kimmich porque en realidad el juego es un todo, una sucesión de situaciones vivas que normalmente no pueden encorsetarse en distintas fases independientes las unas de las otras. Cuando Kimmich defiende ya piensa en cómo atacar (por ejemplo, con la acción del mal control contra el Borussia). Cuando Kimmich ataca ya piensa en cómo defender (por ejemplo, agrupando a compañeros a través del pase para estar preparados ante una posible pérdida). Kimmich no ataca o defiende, Kimmich juega. Kimmich no es un mediocentro o un lateral, Kimmich es un jugador. Un jugador de fútbol en mayúsculas con un grandísimo nivel técnico y táctico.

INCONFORMISMO Y RESPONSABILIDAD

En realidad, pues, y tratando de encontrar diferencias significativas en sus prestaciones en función de su posición de partida sobre el campo, podríamos convenir que desde el mediocentro seguramente tiene más facilidad para activar a las piezas del equipo mediante el pase, con sus ritmos y recorridos distintos (pase corto, de repetición u horizontal para atraer al rival o juntar a su equipo, o pases verticales, tensos y a la espalda de la línea de presión para progresar sobre el campo). Cuando asoma al balcón del área también puede amenazar con el golpeo y, sin balón, si bien es cierto que puede sufrir ante rivales que proponen un juego más directo y de choque, es un futbolista que acostumbra a trabajar bien las ayudas defensivas y las situaciones de cobertura, por ejemplo, al lateral.

Cuando Kimmich ocupa el lateral derecho de su equipo -a nivel de club lo vimos sobre todo en la temporada completa de Niko Kovac en el banquillo del Bayern y también en la campaña anterior- sí que tiene una especificidad importante: su calidad en el centro. Presenta una paleta de recursos casi infinita para centrar; rasos, a media altura, más altos para llegar al segundo palo… Tocaditos, tensos, con efecto o duros y fuertes, pero siempre para poner en situación de ventaja al posible rematador (a menudo Robert Lewandowski).

Dejando a un lado lo táctico, Kimmich es un jugador con alma de líder y no solo lo demuestra dentro del campo. En el día a día de su club se expresa con naturalidad, sinceridad y, sobre todo, espíritu crítico. Como cuando, por ejemplo, se mostró profundamente decepcionado con la manera de jugar del equipo. Era, de nuevo, el Bayern de Kovac. Ganaba a menudo, pero casi nunca convencía. Karl-Heinz Rummenigge, jefe ejecutivo del club, vino a decir que los trapos sucios debían lavarse en casa, a lo que Kimmich contestó que seguiría opinando y criticando el juego del equipo. Valentía, criterio, voz propia y afán de mejorar, de nunca darse por satisfecho, de ser inconformista por naturaleza… Desde luego, un buen antídoto contra la autocomplacencia, siempre tan cercana a la mediocridad.

 

Exigente y autocrítico, cuando Kimmich defiende ya piensa en cómo atacar y cuando ataca ya piensa en cómo defender

 

“Mi motivación es convertirme en un líder del Bayern y de Alemania. Es un rol que no me asusta. Me gusta asumir responsabilidades. Es mi naturaleza. Uno tiene que trabajar bien y de manera consistente para luego ejercer esa autoridad moral con los demás. Si no es el caso, nadie dará credibilidad a tus palabras. Tienes que ser el tipo de persona que quiere y puede asumir ese rol y yo, definitivamente, quiero y me veo capaz”. Así se expresaba en una entrevista con Bundesliga.com acerca de sus perspectivas de futuro y del rol a desarrollar a nivel de club y de selección. Toda una declaración de intenciones.

En cierto modo, Kimmich reúne capacidades futbolísticas y características de líder que lo sitúan como una simbiosis sucesoria, en el campo y fuera de él, de dos leyendas del Bayern y de Alemania, referentes de su última década triunfal; Philipp Lahm y Bastian Schweinsteiger. Tiene cosas de ambos tanto a nivel futbolístico como en lo relativo a la personalidad, pero es tan potente la huella que ya está dejando a su edad que esta terminará por brillar con luz propia.

Después de la derrota en Mönchengladbach, con el Bayern séptimo y a siete puntos del líder, Kimmich manifestó, tajante: “Los que todavía no han entendido que estamos en una situación alarmante, van por el camino equivocado. Pensar que será lo mismo que la temporada pasada [cuando el Bayern remontó nueve puntos al Dortmund] está fuera de lugar”. Joshua Walter Kimmich volverá a fallar controles y pases, pero su íntima relación con el balón es una declaración de amor al fútbol.

 


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Fotografías de Imago.