Dicen que las pasiones, como los sabores, van perdiendo potencia conforme pasan los años. En la vejez, el paladar se atrofia y el corazón deja de acelerarse ante las mismas escenas que antes producían frenesí. Todo lo has visto ya, nada te sorprende. Desde luego no es el caso de Manuel Gonzalez, un jubilado francés de 84 años que sigue alimentando a diario su contagioso amor por el fútbol. “Estoy abonado a los canales de pago: este año he visto todos los partidos del Girondins del Burdeos y del Real Madrid”, previene. Manuel lleva más de ocho décadas al ritmo que marcan balonazos, regates y despejes a mano cambiada. Ha vivido la ocupación alemana, el fútbol champagne de los 50, la independencia de Argelia, la epopeya del Saint-Étienne en los 70, la presidencia de Mitterrand, la gloria y miseria del Olympique de Marsella, los disturbios sociales en las banlieues, y -ya con el nuevo siglo- las hegemonías encadenadas de Olympique de Lyon y PSG. Pero por encima de todo ello, su biografía y su buena memoria le convierten en algo único: es el último testigo vivo de la aventura del Deportivo Espagnol de Burdeos, un club de corta vida que a mitad de los años 30 a punto estuvo de ascender a la máxima categoría del fútbol francés.

I. Manuel, la memoria oral
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En lingüística se conoce como rememberer a los últimos hablantes de un determinado idioma: cuando ellos fallecen lo hace también su lengua materna. Manuel, que se expresa en un fluido castellano moteado de galicismos, es el rememberer del ‘Deportivo’: atesora en su cabeza imágenes de estadios, nombres de jugadores y resultados de partidos que ni siquiera el cerebro etéreo de internet puede recordar. “Hace ya mucho tiempo, ¿sabe?”, apostilla si alguna pregunta sobrepasa las posibilidades de su memoria. Es su ‘error 404’. Pero en casi una hora de conversación apenas tiene un par.

Manuel Gonzalez es nieto de Manuel González, un asturiano que emigró a Burdeos a comienzos del siglo pasado y consiguió una moderada fortuna gracias a la importación de fruta española. “Traía plátanos de Canarias, pero su gran negocio eran las naranjas”, recuerda. El Gonzalez sin tilde -evidencia tipográfica de su total adaptación a Francia- evoca cómo su abuelo iba cada año a Valencia para organizar los convoyes de cítricos: “los camiones salían de Burdeos llenos de medicinas para los niños españoles y volvían a Francia cargados de naranjas”, abunda.

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Manuel González, sentado en el lateral de su coche, en actitud satisfecha.

Gracias a esa actividad, González gozó de una posición envidiable dentro de la abundante colonia española de Burdeos y se granjeó una especie de liderazgo benefactor entre sus compatriotas. Presidente de la Casa de España de la ciudad hasta casi su muerte, a finales de los locos años 20 el asturiano de las naranjas tuvo una idea: fundar un equipo de fútbol formado por y para sus paisanos emigrados. “Los españoles se dedicaban al comercio: frutas, legumbres, algunos eran sastres, obreros… Recuerdo una tienda de ultramarinos españoles. ¿Sabes? El nieto de los dueños ha escrito varios libros sobre los emigrantes en Aquitania”, subraya para enfatizar la asistencia que me está brindado. Efectivamente, la tienda era la Epicèrie Garcia y el escritor se llama François.

II. François, la letra escrita
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Llamo a la sede parisina de Editions Verdier, un pequeño sello que ha publicado las últimas obras de Garcia.

– No solemos dar los números de teléfono de los escritores, pero a él seguro que le hace ilusión una llamada desde España -me responde una voz femenina.
– Se lo agradezco. Por cierto: ¿cómo están funcionando sus ventas? -me afano en preguntar con mi francés macarrónico.
– Pues estamos muy contentos, la verdad. Sobre todo en la región bordelesa sus libros funcionan bastante bien -me contesta, ya en inglés, como invitándome a abandonar mis agresiones a la lengua de Molière.

Los títulos de las obras de Garcia no dejan lugar a dudas sobre sus orígenes. Azul cielo y oro, corbata negra está íntimamente emparentado con la tauromaquia. Federico! Federico! apenas esconde un obvio homenaje a García Lorca. Y Jours de marché, su primera novela, es una autobiografía en la que el barrio del mercado de Burdeos juega un papel protagonista.

“Era el barrio de los españoles”, explica François por teléfono. “Eran tantos que solían contar un chiste: ‘Había una vez un extranjero en el barrio: se apellidaba Dupont’. La vida era totalmente española. Por la noche, las viejas sacaban las sillas a la calle. Y los bares tenían nombres de ciudades, como el Zaragoza, uno de los más antiguos”. En 1926, unos 15.000 de los 250.000 habitantes de Burdeos procedían de la cara sur de los Pirineos. “La emigración española era muy antigua, desde el siglo XIX”, abunda Garcia. “Muchos eran aragoneses, como mis abuelos. O como Francisco de Goya, uno de los primeros en instalarse aquí”.

Goya falleció en esa ciudad en 1828, solo y sordo, exiliado como muchos ilustrados tras la restauración borbónica de Fernando VII: afrancesados, se les llamó de forma despectiva. Hoy Garcia, que además de escritor es médico de cabecera, pasa consulta en el mismo edificio en el que murió el genio de Fuendetodos. “He sido el doctor de los españoles durante las últimas dos décadas”, expone a sus 65 años.

Ese contacto con cientos de pacientes constituye la materia prima de las novelas de Garcia. “Y para muchos de ellos, los más ancianos, la memoria del Deportivo continuaba viva: sentían un gran orgullo por haber tenido a un club español en la élite del fútbol francés”, señala. La inmensa mayoría los futbolistas procedían de la península: muchos vascos (Altuna, Etchezarreta, Eguiazabal, Michelena, Zubiaga), algún asturiano (Luis González, Pepe Valle), varios aragoneses (los hermanos Vallejo) y también catalanes (los Aparici). “Mi padre llegó a disputar algunos partidos y luego dio el salto al Girondins, aunque solo jugó en el equipo reserva”, apunta.

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Los componentes del Deportivo Espagnol posan en uno de sus viajes por Francia.

Hasta 1933 Francia no se dotó de un campeonato nacional de liga. Bajo los 14 conjuntos de primera categoría, otros 23 protagonizaron una caótica segunda división divida en dos grupos: norte y sur. En este último se encuadraban las dos instituciones bordelesas que habían obtenido la licencia profesional de la federación. En la orilla derecha del Garona, la SC Bastidienne; enfrente, el Club Deportivo Espagnol -así, con una extraña mezcla lingüística en su denominación-. Aún faltaban cinco años para que el Girondins se convirtiera en el equipo de referencia en la capital aquitana.

III. Christophe, recuerdos y pixeles
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Cuando uno teclea ‘Club Deportivo Espagnol’, se sorprende por las pocas referencias que le devuelve Google. Apenas una escueta entrada en la Wikipedia y un puñado de alusiones bastante tangenciales en archivos históricos del balompié galo. Bueno, eso y un blog abierto en 2013 por Christophe Gonzalez, hijo de Manuel Gonzalez y, por lo tanto, bisnieto del fundador del Deportivo.

Christophe encuentra un hueco en su agenda como responsable de una empresa de mantenimiento hotelero en Hendaya para atender a Panenka. “Abrí el blog para volcar las fotos familiares que aún conservamos de aquel equipo”, argumenta.

– ¿Hay manera de saber los resultados del Deportivo aquella campaña en Segunda?
– Mmmmm pues no… En el blog me limité a copiar la tabla clasificatoria. Pero no te puedo decir qué partidos ganaron, ni con qué marcadores.

De la classement final uno deduce el digno papel que desempeñó el Deportivo en aquella edición inaugural de la D2. Acabó en cuarto lugar, a sólo dos puntos del Mónaco y a cuatro del Saint-Étienne, que llegó a disputar la promoción de ascenso a primera. Gracias al desvelo de Julien Navarro -lector de Panenka– y a sus búsquedas en la hemeroteca del diario L’Ouest-Éclair, ahora sabemos que el Espagnol fue un equipo poderoso al calor de su afición pero irregular lejos de ella. Las excursiones por las carreteras de Francia solían conducir a derrotas inexorables: en Mónaco (6-2), Lyon (5-2), Saint-Étienne (4-2), Hyères (2-0) o Alès (5-2). Sin embargo, en la capital aquitana el Deportivo firmó victorias de prestigio: ante el Niza (2-0), contra el Mónaco (7-3), o frente al Saint-Étienne (2-0), marcadores hasta hoy ocultos bajo el polvo del olvido. Rivales de entidad que, antes de convertirse en referencias del balompié galo, besaron la lona ante unos 2.000 espectadores en el Stade du Pont-de-la-Maye de Burdeos. “No sé qué estadio era, deberás preguntarle a mi padre”, recomienda Christophe.

– Era un campo alquilado a un ganadero de vacas, ubicado en las afueras de la ciudad -recupera Manuel-. Recuerdo que tenía una única tribuna de madera, y también que la selección brasileña entrenó allí antes de los cuartos de final del Mundial de 1938.
– Aún no le he preguntado, y tampoco lo he podido deducir por las fotos del blog… ¿Cómo era la camiseta del equipo?
– ¿Le maillot? Fácil: tres grandes bandas horizontales: rojo-amarillo-morado. La bandera de la República.

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Alineación del Deportivo que podría avalar la presencia de la bandera española de la época en su camiseta.

“Es cierto”, me ratifica François Garcia, “a mí también me la han descrito así. No sé si en todos los partidos o solo en algunos, pero desde luego el Deportivo lució la bandera republicana en su camiseta”. Eran tiempos convulsos, en España y en Francia. Sin embargo, Manuel no cree que hubiera discrepancias políticas entre los jugadores: “Eran todos de izquierdas”. Garcia también le da la razón en este punto: “Los españoles de Burdeos simpatizaban mayoritariamente con la República, aunque estaban menos politizados que los de Toulouse, exiliados casi todos tras la derrota en la Guerra Civil. Eso sí: comunistas y anarquistas no se podían ver. Tenían bares separados; cuatro décadas después, seguían sin cruzarse palabra”.

Christophe valora al Deportivo como el primer equipo profesional en la historia de Francia. Su padre, en cambio, matiza: “en realidad eran semiprofesionales”. Cierto es que corrían los tiempos en los que el fútbol continental empezaba a vencer las tradicionales posiciones en contra del profesionalismo. Y también que el viejo Manuel González, presidente del club, colaboró en esa evolución dentro de Francia. “Una vez, en los años 70, coincidí con Busto, un jugador que tras pasar por el Espagnol continuó su carrera en el Sochaux, creo”, recupera Gonzalez. “Me dijo que mi abuelo fue el primero que le pagó algo por jugar al fútbol. Le ofreció dos trajes de uno de los mejores sastres de Burdeos si fichaba por el Deportivo'”.

A aquella epopeya inaugural le siguió un rápido desastre gestado en los despachos. En el verano de 1934, la Federación francesa obligó a los dos equipos bordeleses de segunda divisón, el Deportivo y el Bastidienne, a una fusión contra natura. Aquella medida, que se entendió como un gesto para economizar gastos y facilitar la popularidad en la ciudad del nuevo club unificado, abrió la puerta a otra más polémica: impedir que en un equipo pudieran actuar más de cinco extranjeros. Así, a mediados de la campaña 1934/35, los jugadores españoles abandonaron ese engendro improvisado llamado Hispano-Bastidienne Bordeaux. Algunos futbolistas, como Busto o Paulino Gómez, continuaron sus carreras en otros clubes mayores, según recuerda Manuel Gonzalez. Google, en cambio, no aporta pruebas de ello.

“El Deportivo Espagnol siguió compitiendo en categoría amateur”, apostilla Gonzalez. “Ganaron la Copa de Aquitania en varias ocasiones; en una de ellas me fotografiaron a mí, que era casi un bebe, dentro del trofeo”, expone orgulloso. En este punto la memoria de Gonzalez sí encuentra el refrendo de internet: el Espagnol aparece como campeón de las tres primeras ediciones del torneo regional, entre 1932 y 1934, así como de la Liga del Sudoeste, en 1938. Este último campeonato entrañó un triple mérito. Primero, lo ganaron los españoles de Burdeos cuando desde hacía dos años en su país de origen se libraba una guerra civil. Lo ganaron, además, cuando el Girondins ya empezaba a constituirse como la fuerza definitiva en el fútbol bordelés. Y, por último, lo ganaron para entonar un involuntario canto del cisne: pocos meses después de aquel triunfo, el Club Deportivo Espagnol dejaría de existir definitivamente.

En realidad, uno puede imaginar las causas de la desaparición: era la temporada 1939/40, y la guerra entonces se libraba ya en Europa. También en Francia, que en mayo de 1940 fue invadida por las tropas de Adolf Hitler. El 27 de junio, un destacamento nazi ocupó Burdeos. Los jugadores del Girondins se vieron obligados a trabajar como bomberos del puerto para esquivar su deportación a las fábricas de armamento pesado de Alemania. “Entre los jugadores del Deportivo también hubo algún héroe, como Enrique Vallejo. Luchó en la Resistencia francesa y se licenció con rango de teniente”, reivindica Gonzalez. “Los emigrantes españoles fueron decisivos en la Liberación de 1944”, apunta por su parte el escritor François Garcia. “Ellos protagonizaron las batallas definitivas contra los nazis”.

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Los españoles desfilan en el estadio del Girondins como libertadores de Burdeos. Es 1944.

Más allá del Deportivo, el fútbol español dejó una profunda huella en Aquitania. Barcelonés era Salvador Artigas, una de las primeras estrellas del Girondins de Burdeos, en el que recaló huyendo de la Guerra Civil tras haberse enfundado las casacas azulgranas del Barça y el Levante. Irundarra era Santiago Urtizberea, tercer máximo goleador de la Liga española en la temporada 1929/30, cuando militaba en el Real Unión de Irún. También guipuzcoano era Jaime Mancisidor, que disputó la final de la Copa de Francia de 1941 con Urtizberea como autor de los dos tantos que permitieron el primer título del Girondins. Y los tres futbolistas estuvieron a las órdenes del primer entrenador histórico del equipo escapulado, Benito Díaz. Antiguo jugador y técnico de la Real Sociedad, Díaz escapó de la guerra cruzando el puente del Bidasoa. Nada más llegar, puso un anuncio en la prensa regional aquitana: “Ex entrenador Real Sociedad San Sebastián refugiado en Hendaya aceptaría ocuparse de la formación de cadetes en un club francés”.

Los cuatro recalaron en una ciudad cercana a España, y no sólo en lo geográfico. “Burdeos era la capital más española de Francia. Había mucha afición por los toros, por el flamenco… y desde luego por el fútbol”, concluye François Garcia. “Ahora todo eso se ha perdido un poco”, completa Manuel Gonzalez. Como la memoria del Deportivo Espagnol, ese club de corta vida que a mitad de los años 30 a punto estuvo de colocar la bandera de la II República española en la máxima categoría del fútbol francés.


Este texto no habría sido posible sin la amable colaboración de François Garcia y Christophe Gonzalez. Las fotos proceden del blog que este último abrió en 2013 para mantener vivo el recuerdo del Deportivo..

Conste también el agradecimiento a Julien Navarro, lector de Panenka que ha rebuscado en la hemeroteca de la prensa regional francesa hasta recuperar los marcadores del equipo en su temporada en D2. Gracias, pues, por aportar una información inédita.

Este artículo está dedicado a la memoria, hasta hoy olvidada, de los integrantes del Club Deportivo Espagnol de Burdeos. Y a Manuel Gonzalez, el último de sus supervivientes.