2026 es año de Mundial. O lo que es lo mismo: ese momento en el que todos aquellos empresarios, jefes, editores o promotores que no son partidarios del fútbol, de repente, muestran un gran interés por él.
¿No nos escandaliza el hecho de que el país que más capital político y económico está invirtiendo en criminalizar la multiculturalidad sea el anfitrión del Mundial, el evento multicultural por excelencia?
Haaland, injustamente estigmatizado como un hombre con rasgos androides, más bien comparte atributos con el Frankenstein de Del Toro: arrollador y frágil al mismo tiempo.
Lo ocurrido en Glasgow con Escocia demuestra por enésima vez que el fútbol, pese a todo el ruido ensordecedor de fondo, se empeña en transpirar historias por los poros.
La clasificación de Cabo Verde, Uzbekistán y Jordania para el Mundial es un acontecimiento histórico. Pero no hay que bajar la guardia: el único objetivo de las grandes corporaciones sigue siendo abrir nuevos mercados.
Ha pasado una década desde que André-Pierre Gignac, en la cúspide de su carrera, sorprendió a todo el mundo dejando atrás Europa y firmando con Tigres.
En una época que glorifica la mecanización y el rigor posicional, el entrenador asturiano moldeó el equipo más flexible que se recuerde en años. Y lo hizo campeón.
Ningún club, ni ninguna afición, ni ningún jugador pueden ser indiferentes respecto al lugar de donde vienen, por muy bueno o malo que sea su presente.