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Una batalla tras otra

La clasificación de Cabo Verde, Uzbekistán y Jordania para el Mundial es histórica. Pero no hay que bajar la guardia: el único objetivo de las grandes corporaciones sigue siendo abrir nuevos mercados

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En Una batalla tras otra, la más reciente película de Paul Thomas Anderson, el cineasta estadounidense establece que, a veces, es útil despojar al luchador social de ideología para abordarlo desde un lugar más interesante: el fervor revolucionario.

Esto cobra relieve ante la cada vez más acentuada corporatización del fútbol. Por mucho que sugieran que la lógica del nuevo formato del Mundial, ahora constituido por 48 selecciones nacionales, tiene que ver con democratizar el juego, o llevarlo a lugares otrora inexpugnables, el único objetivo tangible es la obsesión por abrir nuevos mercados y generar más recursos.

Es normal que con el Mundial en el horizonte, el gran público se vuelva más sensible respecto a las historias románticas que, durante el resto del calendario, suelen ser invisibilizadas.

Está el caso evidente de Cabo Verde, un país insular en África Occidental con medio millón de habitantes, que pasó, como relataba el periodista barcelonés Xavier Aldekoa, de ser “un escondrijo de piratas de ultramar”, un “puerto intermedio del comercio atlántico de esclavos” y territorio fértil de aventureros como Fernando de Magallanes, Cristobal Colón o Vasco da Gama, a la selección de moda en las secciones deportivas de los medios generalistas. O el de Uzbekistán, enclave histórico de la antigua Ruta de la seda y cruce de caminos para el comercio y el intercambio cultural entre Asia, Europa y Oriente Medio. Y el de Jordania, un país árabe a orillas del río Jordán que custodia el tesoro de Petra y el valle desértico de Wadi Rum y que, desde mediados del siglo pasado, se ha distinguido por acoger oleadas de inmigrantes palestinos y sirios desplazados por la guerra.

 

Es un poco contradictorio que las grandes corporaciones que rigen el deporte se envuelvan en el supuesto manto democratizador del fútbol y, al mismo tiempo, no se preocupen en absoluto por dignificar sus clases medias y bajas

 

El gran reto es que las historias románticas no sirvan solamente para darle un cariz exótico al Mundial de fútbol, sino también para integrar a nuevos actores en la dinámica competitiva y globalizar el relato. Me parece un poco contradictorio que las grandes corporaciones internacionales que rigen el deporte se envuelvan en el supuesto manto democratizador del fútbol y, al mismo tiempo, no se preocupen en absoluto por robustecer y dignificar sus clases medias y bajas.

Esta arenga revolucionaria no busca inhibir el entusiasmo social por la histórica clasificación de Cabo Verde, Uzbekistán y Jordania al Mundial. Se trata, en realidad, de un llamado de alerta para no perder de vista que el fútbol corporativo sigue al acecho.

 


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Fotografía de Getty Images.