Hay lugares que desaparecen sin dejar rastro y otros que, aun borrados del paisaje, permanecen para siempre en la memoria. El Bar Torino, situado en su día en Valencia, es uno de ellos. No era un local grande ni lujoso. Sin embargo, allí nació algo que no ha dejado de crecer desde hace más de un siglo: una pasión, una identidad. El club más importante de la ciudad.
A comienzos del siglo XX, el Bar Torino era un reflejo de la vida cotidiana de la capital del Turia. El aroma del café recién servido se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y el tintinear de los vasos. Constituía un centro de reunión de gente muy diversa donde la familia, el trabajo, la ciudad, el tiempo eran tema de las conversaciones. Y entre ellos, no podía faltar el fútbol. Los bares siempre han sido un refugio donde el deporte deja de ser solo un juego para convertirse en un sentimiento.
En aquella época, el fútbol empezaba a abrirse paso en España.Todavía estaba en sus inicios, pero Valencia necesitaba un equipo para representar a la ciudad y canalizar el entusiasmo que nacía hacia ese deporte.
El 18 de marzo de 1919, el Bar Torino se convirtió en algo más que un bar. Ese día, seis hombres se sentaron en una de sus mesas sin imaginar que estaban a punto de marcar un antes y un después en la historia del fútbol valenciano
El 18 de marzo de 1919, el Bar Torino se convirtió en algo más que un bar. Ese día, seis hombres se sentaron alrededor de una de sus mesas, sin imaginar que estaban a punto de marcar un antes y un después en la historia del fútbol de la localidad. No eran famosos ni buscaban popularidad; eran simplemente aficionados, hombres comunes de su época, unidos por su pasión por el deporte y por la idea de brindar a la ciudad un equipo que la representara.
Entre ellos estaban Gonzalo Medina, quien se convertiría en el primer presidente del club; Augusto Milego, un comerciante que impulsó la idea; Julio y Pascual Gascó, dos personas muy ligadas a la vida deportiva y social de Valencia; y finalmente Andrés Bonilla y Fernando Marzal, que también fueron claves. La reunión se llevó a cabo con naturalidad, en medio de palabras sencillas y miradas cómplices, dando lugar como resultado la toma de una gran decisión.
No hubo grandes discursos ni celebraciones por adelantado. Solo había una convicción común, crear un club de fútbol para Valencia. En esa atmósfera cercana aprobaron los estatutos, eligieron el nombre de Valencia Foot-ball Club y, sin saberlo, escribieron la primera línea de una historia que ya tiene más de un siglo. El acta fundacional surgió allí, humilde al principio, pero con el tiempo se convirtió en un documento sagrado para la memoria y el orgullo del club.
El Bar Torino estaba en la calle Bajada de San Francisco, cerca de la Plaza del Ayuntamiento. Con el tiempo la calle desapareció y el mítico local también. Las reformas urbanísticas hicieron que la ciudad adquiriese una nueva fisonomía. Hoy no queda nada de ese lugar y los cronistas siguen discutiendo sobre su exacta ubicación. Pero aunque el bar ya no esté, su recuerdo sigue vivo. En la Plaza del Ayuntamiento hay una placa que señala el kilómetro cero del valencianismo, un punto donde el presente mira al pasado.
Aunque el bar ya no exista, su legado permanece. Las grandes historias no siempre comienzan en palacios o en estadios repletos, sino en rincones sencillos donde la gente se reúne a soñar
Aunque el bar original desapareció en la década de 1930, su espíritu ha ido recuperándose a lo largo del tiempo con varias iniciativas. Una de las más destacadas llegó en mayo de 2019. Con motivo del centenario del Valencia CF, Amstel impulsó una recreación moderna del Bar Torino en pleno centro de Valencia, a escasos metros de la Plaza del Ayuntamiento. Durante varios días, la iniciativa recreó la atmósfera de los años veinte retransmitiendo el sonido, el ambiente y la emoción del origen.
Un bar no es solo un espacio físico, es un lugar donde se vive el fútbol de verdad: donde los goles se gritan, donde los desconocidos se abrazan y donde las historias del deporte por antonomasia se transmiten de boca en boca.
Aunque el bar ya no exista, su legado permanece. Las grandes historias no siempre comienzan en palacios o en estadios repletos, sino en rincones sencillos donde la gente se reúne a soñar. Allí, en ese espacio, sin saberlo, se sembró una pasión que ha pasado de generación en generación, como una llama que se transmite sin apagarse. Mientras exista alguien que lo recuerde, que lo cuente o que lo sienta, el Bar Torino seguirá siendo eterno.



