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Levante UD: Ya nada volverá a ser como antes

¿Cómo entender que el Levante haya conseguido una de las permanencias más inverosímiles de la historia de la Liga? Luis Castro es la respuesta

Levante

El fútbol tiene una forma muy peculiar de humillar a sus protagonistas. No con estrépito ni grandilocuencia, sino con esa crueldad silenciosa y burocrática que consiste en entregar un sobre, dar las gracias por los servicios prestados y señalar la puerta.

Luis Castro recibió ese sobre el 11 de diciembre en Nantes tras dos victorias en quince partidos con la misma indolencia con la que se devuelve un libro a la biblioteca: sin drama, sin aspavientos, con el sello de “devuelto” y su vuelta al estante. Otro técnico más en el vertedero del invierno europeo, donde los despidos se acumulan como monedas oxidadas entre los cojines de un sofá.

Lo que nadie sospechaba -ni el propio Castro, quizás- es que ese vertedero tenía salida directa al paraíso. Y es que los entrenadores despedidos en diciembre suelen ser como los polvorones o los turrones: se consumen en su momento y desaparecen hasta el año siguiente cuando nadie los recuerda. No en este caso. El fútbol francés lo escupió, y el Levante, un club hecho de apuestas extrañas, lo recogió del suelo.

En Orriols tienen más memoria de la que se estila en este deporte. El Levante le seguía la pista desde hace tiempo. Aquel donde Castro ganó la Youth League con el Benfica y luego llegó a las semis de la copa de Francia con un humilde Dunkerque de segunda categoría. Y nueve días después de su cese, cuando la cotización del portugués estaba en mínimos históricos, Castro cruzó la frontera, aterrizó en Valencia y se encontró con el cadáver más caliente de Primera División.

El luso llegó al Ciutat de València como quien asume la gestión de una herencia envenenada. El Levante terminaba el año último, con diez puntos de capital y con la misma vitalidad que un velero encallado en un banco de arena. Los datos, la tabla, la historia reciente y los tertulianos de turno que cobran por señalar lo obvio con cara de visionario ya alimentaban el relato de un descenso inevitable.

 

Castro llegó como quien asume la gestión de una herencia envenenada. El Levante terminaba el año último y como un velero encallado en un banco de arena. Los datos, la tabla, la historia y los tertulianos ya alimentaban el relato de un descenso inevitable

 

Pero sucede que la naturaleza de los milagros es, precisamente, que nadie los ve venir. Si no, no serían milagros. Serían previsiones. Y es que hacía falta más que triplicar los puntos conseguidos en el primer acto de la temporada. Pero Castro, que lleva suficientes cicatrices en los banquillos como para saber que el fútbol reparte leña a partes iguales entre los que se crecen en demasía y los que se derrumban antes de hora, lo sostuvo todo con el embotamiento afectivo del que ha aprendido a fuerza de golpes que alterarse no suma puntos. Y los convenció a todos para la causa.

La transformación del Levante ha sido legendaria. Histórica. Hagiográfica. Treinta y dos puntos de enero a mayo. Solo Barça, Madrid y Villarreal han sumado más desde su llegada. Un insulto a todos los que daban al equipo por muerto y contaban los días para formalizar el descenso. Y con un manual tan simple como el de un mueble sueco.

Más allá de artimañas tácticas, si algo distingue al Levante de hoy es su espíritu de colmena: se ha convertido en un enjambre cuyos integrantes se turnan para alimentar el torbellino y repartir su dosis de veneno. Los guionistas más ortodoxos hubieran apostado por Carlos Álvarez o Etta Eyong como protagonistas del milagro. Pero la lesión del primero en el momento clutch de la campaña y el ostracismo del segundo, que volvió de la Copa África con la maleta de su fútbol perdida en algún punto del camino, abrieron una puerta que nadie había reservado para unos actores secundarios que acabaron llevándose el Óscar.

Empezando por el guardameta Ryan, que llegó a Orriols con el pasaporte más lleno que Plex y la cara de quien viene a jubilarse a la playa de la Malvarrosa. Lo que nadie esperaba es que terminaría siendo el socorrista de ese lugar. Otros como Dela e Iván Romero impusieron su carácter y pusieron el grito en el cielo cuando el estruendo del grillo amenazaba con apagar el de la granota. Y por debajo de ese ruido, Olasagasti y Pablo Martínez, dos repartidores que llevan el reloj en la muñeca y el escorpión en la bota, imponiendo a sus compañeros el movimiento continuo con el fútbol como obligación irrenunciable.

Pero si hay una historia que encarna con la fidelidad de un retrato lo que Castro ha construido en el Ciutat, esa tiene nombre, apellido y veinte años recién cumplidos: Carlos Espí. 11 goles en 13 titularidades. Todos desde la llegada del técnico portugués y empatado en productividad con delanteros que cobran en otra galaxia económica. Una irrupción tan irreversible que, si Luis de la Fuente se permite el lujo de mirar más allá del escaparate habitual, Espí debería convertirse en el primer jugador del Levante en disputar un Mundial con la selección española.

 

La transformación del Levante ha sido legendaria. Solo Barça, Madrid y Villarreal han sumado más desde la llegada de Castro al banquillo ‘granota’. Un insulto a todos los que lo daban por muerto y contaban los días para formalizar el descenso

 

Y con esto, el conjunto valenciano pasó de no contar en las quinielas de la permanencia a colarse en ellas como quien entra de puntillas a una habitación oscura para no despertar a nadie. La salvación llegó en la última jornada con los 42 puntos justos. No sobró nada. El fútbol y su innata teatralidad no permitió que se resolviera antes. Cinco meses de remontada imposible, puntos a mansalva construidos sobre los escombros de diciembre, y el hombre que lo había levantado todo solo se permitió el alivio cuando ya no había marcha atrás.

El Canto del Loco escribió Ya nada volverá a ser como antes para hablar de amores que te cambian para siempre. De esos encuentros que funcionan como una bisagra: todo lo que hay antes pertenece a una versión de ti que ya no existe, y todo lo que viene después lleva la marca imborrable de lo que ocurrió. La canción no es triste, es la crónica de una transformación irreversible. Como el protagonista de la canción, Castro cruzó una línea de la que no se regresa. Nantes era el antes. El Levante, el después.

Castro no solo cambió los resultados. Cambió el código interno del club. Le devolvió al Levante la convicción de que todo es posible. Esa que no se desinstala con un cambio de entrenador ni se borra con una pretemporada nueva. Se queda forjada a fuego en la identidad.

Por suerte para Luis Castro y para todos los levantinistas, ya nada volverá a ser como Nantes.

 


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Fotografía de Getty Images.