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Bari y los puentes de Madison

Una película inolvidable, una ciudad irresistible y un jugador que estuvo a punto de convertirse en una estrella del fútbol mundial: Antonio Cassano

Bari

Para mí, Verona no tiene tanto que ver con la leyenda de Romeo y Julieta como con aquel equipo dirigido por el taciturno Attilio Perotti, de quien el periodista británico Tim Sparks despotricó en un libro maravilloso llamado A season with Verona, al descubrirle en un avión leyendo un best seller de Ken Follet.

A principios del siglo XXI, la región de Véneto fue testigo de la confluencia de tres talentos generacionales: Adrian Mutu, Mauro Camoranesi y Alberto Gilardino. El rumano Mutu, de aspecto y actitud jamesdeaniana, me parecía incluso más apuesto que el célebre heredero de la familia Montesco. Al argentino Camoranesi, que entonces despuntaba como un jugador de banda, lo tenía bastante más controlado, puesto que venía de jugar en México, con Cruz Azul y Santos. Tenerlo controlado no significaba que advirtiera en él al centrocampista puro y duro que luego ganaría una Copa del Mundo como internacional italiano. Gilardino no me pareció la gran cosa, pero recurrí no pocas veces a su precoz irrupción como recurso de sobremesa. Ese mismo año el Verona que tanto me conmocionó perdió la categoría, faltaba más, pero la exhibición ante la Lazio de Poborsky, Mihajlovic, Stankovic y Crespo en el Marcantonio Bentegodi supuso un antes y un después en mi manera de encarar el fútbol.

Algo más o menos similar me ocurrió muchísimo tiempo después con Bari, el tobillo de la bota itálica. Entonces buscaba redimirme como cinéfilo tardío con el visionado de Los puentes de Madison. En la adaptación de la novela homónima de Robert James Waller, Francesca Johnson (Meryl Streep), ama de casa solitaria casada con un soldado estadounidense destinado a Italia, conecta a un grado superior con el forastero Robert Kincaid (Clint Eastwood), gracias a que ambos tienen una relación especial con Bari: Francesca como nativa y Kincaid como fotógrafo de viajes. El punto más álgido de la cinta tiene como telón de fondo la pureza casi virginal de la típica ciudad costera que vive abierta al mar. Ahí es donde comienza a intuirse que ambos están ante “esa clase de amor de sólo pasa una vez en la vida”.

 

El Bari se erigió como un equipo competitivo de la mano de Di Vaio, Zambrotta, Perrotta y Cassano, siendo este último el más especial de todos y el único que provenía de los bajos fondos de la ciudad: la Bari Vecchia, la más auténtica

 

Desde aquel tiempo me reconocí en Kincaid no sólo por su envidiable trabajo como corresponsal en National Geographic, sino porque a mí también me resonó de inmediato Bari, aunque por razones distintas. No conocía nada de la herencia bizantina y normanda de la región, ni sobre su condición de puerto comercial a oriente o de punto partida de los Cruzados rumbo a Tierra Santa. Pero desde el primer momento me conmovió el hecho de que fuera una ciudad capaz de imponerse con holgura a la eterna polarización entre el norte y el sur de Italia. Algo que, sospecho, le debe principalmente a las bondades del mar Adriático.

Mi filiación con Bari es bastante menos racional. El personaje que me introdujo en su universo, tiempo después del periplo del inglés David Platt y el croata Zvonimir Boban, fue el sueco Kennet Anderson, uno de esos cromos mitológicos del Mundial de Estados Unidos 94. Lo cierto es que fui verdaderamente evangelizado en las postrimerías de la década de los noventa. Por esas fechas el Bari se erigió como un equipo competitivo en la máxima categoría de la mano de Marco di Vaio, Gianluca Zambrotta, Simone Perrotta y Antonio Cassano, siendo este último el más especial de todos y el único que provenía de los bajos fondos de la ciudad: la Bari Vecchia, la Bari más auténtica. “Me di cuenta inmediatamente de que había venido al mundo para jugar al fútbol. Un jugador así surge de vez en cuando y tuve la suerte de que naciera en Bari”, contó en su día sobre su vertiginosa irrupción al primer equipo Eugenio Fascetti, el entrenador que propició su debut en Serie A. Se puede decir que fue un gesto premonitorio.

 

“Me di cuenta inmediatamente de que había venido al mundo para jugar al fútbol. Un jugador así surge de vez en cuando y tuve la suerte de que naciera en Bari”, contó en su día el entrenador que propició su debut

 

La historia de Cassano como el hijo pródigo de Bari nació en un partido frente al Inter. Los severos problemas de lesión de Ronaldo Nazario, el faro del proyecto ‘neroazurro‘, habían menguado el ánimo del equipo. Con el partido empatado a un tanto, en el complemento Cassano firmó un bellísimo control orientado con el talón a velocidad de crucero, para después internarse en el área del Inter, escabullirse entre Laurent Blanc y Cristian Panucci y rematar con el interior del pie derecho ante el achique de Fabrizio Ferron, quien recién había sustituido al lesionado Angelo Peruzzi. Ese día el estadio San Nicola conoció la plenitud. Luego ocurrió lo inevitable: vendieron a Cassano a la Roma, donde sus desencuentros con el capitán Francesco Totti lastraron su desarrollo como potencial estrella, y el Bari descendió a la segunda categoría. La efímera vuelta a Serie A del club en los años ulteriores tras una década en el ostracismo fue eclipsada por la crisis financiera que terminó de golpe con la gestión de los hermanos Matarrese como propietarios, luego de casi cuatro décadas al mando.

Recién volví a ver Los puentes de Madison. Tenía ganas de inspirarme y embarcarme de una vez por todas rumbo al condado de Madison, en Iowa, donde se levantaron los famosos puentes cubiertos que se aprecian en la cinta y donde, también, vio la luz John Ford: el Homero de los westerns. Al reencontrarme con la cinta dirigida por el incombustible Clint Eastwood, volví a sentir un remolino en el estómago cuando Francesca habla de Bari como un territorio ignoto. Esta vez no pensé tanto en lo mucho que me hubiese gustado ser Robert Kincaid como en los motivos por los que Antonio Cassano, el hijo pródigo de Bari, no se convirtió en una estrella rotunda del fútbol mundial. A veces es mejor conservar los viejos fantasmas en su sitio.