En Cagliari, una de las grandes capitales de la Italia insular, Fabián O’Neill lo fue todo: bohemio irredento, sucesor de leyendas, verdugo de entrenadores, promotor de futbolistas, protegido de los jerarcas, protagonista de amaño de partidos, catador de vinos y guardián de la noche.
Es verdad que Cagliari no comparte mitología con la Costa Esmeralda, el paraíso de aguas turquesas y yates exclusivos que conmocionó al príncipe Aga Khan, pero su coqueta y bulliciosa bahía extendida no desmerece en lo absoluto. Eso lo supo mejor que nadie O’Neill, un uruguayo de potrero con ascendencia irlandesa, que creció sin sus padres bajo el manto de su abuela en Paso de Toros —pequeñísima ciudad del interior uruguayo sacralizada por el agua tónica y el poeta Mario Benedetti—, haciéndole mandados a las prostitutas en las whiskerias. “Era un gurí y ya pasaba en los bares con gente veterana. Empecé con un poquito de vino en el refresco”, recordó.
Su arribo a Italia fue propiciado por Paco Casal, representante de varios de los futbolistas uruguayos que constituyeron la tradición sostenida de refugiarse en la isla de Cerdeña. Con la esperanza de encontrar al nuevo Enzo Francescoli, el club buscaba otro príncipe rebelde que moviera los hilos del equipo y conectara con la grada. Preferentemente oriental, por aquello de las cábalas.
Su graduación como ídolo llegó en un partido frente a la Salernitana, equipo en el que comenzaba a granjear su reputación un mediocentro calabrés de aspecto gangsteril que intimidaba como nadie: Genaro Gattuso. A O’Neill le habían dicho Gustavo Méndez y Marcelo Otero, entonces jugadores del Vicenza, que tuviera cuidado con él, puesto que era “lo más rompebolas, lo más sucio que hay”. El uruguayo tomó la advertencia a desafío y zanjó la conversación con la promesa de tirarle tres caños a Gattuso el día de partido. “Le tiro un caño y sigo de largo con la pelota para allá. Y yo ya vi que venía derecho a tirarse a los pies, y hago el amague de que la voy a cruzar o no sé qué mierda hice, y se la toco apenitas, despacito… un ida y vuelta como le llamo yo”, rememoró sobre aquel día. Al final ganó el Cagliari y O’Neill cumplió su promesa, humillando tres veces al feroz centrocampista italiano y convirtiéndose en el nuevo héroe de la grada del Sant’Elia. La noche, las cervezas y el vino, de momento, no se interpondrían en su camino a la inmortalidad.
Perdió a su abuela, la persona que más quería, y su vida comenzó a desmoronarse. Se reenganchó al alcohol y, aunque jugó un Mundial en 2002, no volvió a ser el mismo
O’Neill escaló peldaños en la estructura jerárquica del Cagliari de manera vertiginosa. Al poco tiempo se convirtió en el gran promotor de la llegada como refuerzos de sus compatriotas Diego López y Nelson Abeijón, dos de sus más grandes confidentes. “Fue de un día para otro, me llamó un lunes y el miércoles ya viajé. Gracias a él llegué al fútbol italiano, si no, no hubiera llegado. Seguro que no. Es muy difícil”, contó Abeijón. Aunque aquella demostración de poder palidecería frente a lo que sucedió más tarde con Óscar Washington Tabares, el histórico exseleccionador uruguayo. En la segundo etapa del ‘Maestro’ con el Cagliari, O’Neill intercedió con el presidente para que lo despidieran. “O él o yo”, le dijo a Massimo Cellino tras ser echado de una práctica por propinarle un codazo a un juvenil como represalia a una entrada desmedida. Tabárez fue destituido en septiembre, con apenas cuatro partidos de liga dirigidos. “Yo no quiero a Tabárez porque me echó de una práctica en el Cagliari; aparte no sabe nada, es maestro de escuela nomás”, justificó.
El reinado de O’Neill en Cerdeña se vio ensombrecido por dos escándalos que en otro tiempo le habrían costado la carrera. El primero fue una imprudencia por conducir borracho en la alta madrugada. Montado en un Audi deportivo que solía prestarle Cellino, O’Neill impactó a una motocicleta con dos personas a bordo. Tras la colisión, el uruguayo emprendió la huida dejando la placa del auto por el camino. Con la información de la matrícula, la policía dio fácilmente con el presidente del Cagliari, quien optó por proteger a su estrella para librarlo del linchamiento, mandándolo precipitadamente en un vuelo a Montevideo.
El otro episodio, vinculado al problema endémico de amaño de partidos en Italia, fue relatado con gran detalle por los periodistas Federico Castillo y Horacio Varoli en el libro biográfico Hasta la última gota. Vida de Fabián O’Neill, publicado en 2013: “Fabián O’Neill cuenta que él mismo participó en su momento de algunos arreglos, aunque ninguno de ellos tuvo repercusiones tan sonadas. En la temporada 97-98, el Cagliari peleaba por subir a la Serie A y tenía un partido clave contra el Chievo Verona. Si empataba o ganaba, ascendía. Pero el empate les servía a los dos equipos y O’Neill, que ya era capitán del Cagliari, confiesa haber participado del acuerdo. ‘Yo arreglé’, le contó a Gerardo Tagliaferro. ‘Fui y hablé con el capitán de ellos, incluso jugamos al Supermatch todos al empate. A los 87 minutos hace un gol un jugador de nosotros y nos ponemos 2 a 1, le pega desde la mitad de la cancha y la mete en un ángulo. 2 a 1 y habíamos arreglado el empate, entonces le grito a Diego López: Boludo dejate hacer un gol que si no nos matan a todos. Y el Diego fue y perdió una pelota y nos hicieron el 2 a 2. Arreglé ese y después otro, cuando estaba en Perugia. Digo arreglé porque yo era el capitán, pero arreglamos todos. Y después jugábamos todos al Supermatch’. O’Neill dice que para que sus amigos que estaban en las tribunas supieran que el partido ya estaba arreglado, les hacía una seña desde la cancha antes de comenzar a jugar. Si levantaba una mano antes de que el juez pitara el inicio, no había arreglo. Si levantaba las dos, ya estaba todo cocinado. Podían confiar en que su apuesta a tal o cual resultado iba a tener éxito. Lo que se apura a aclarar Fabián es que nunca arregló para ‘ir para atrás’, que jamás pactó la derrota de su equipo”.
Hablando de cosas estrictamente futbolísticas, el gran punto de inflexión del periplo de O’Neill con el Cagliari fue la llegada de Gian Piero Ventura, quien, paradójicamente, varios años después cargaría con la responsabilidad de dejar a Italia sin Mundial por primera vez en 60 años, entre otras cosas por su falta de flexibilidad táctica. Con él, el uruguayo dejó de ser el típico enganche made in Sudamérica para dirigir y conducir desde la base como un segundo mediocentro. Pasó de ser un jugador de gestos aislados a dominar el juego en términos de interpretación.
Por ello, en 1999 la Juventus de Turín, entonces dirigida por Carlo Ancelotti, pagó 15 millones de dólares por su carta. Ahí coincidió con Zinedine Zidane, que venía de hacer campeona del mundo a Francia. Cuenta Paolo Montero, compatriota suyo y uno de los futbolistas con mayor ascendencia dentro del plantel, que ambos solían elegirse en las prácticas, donde ganaban todos los partidos: “Era toque y toque, te pintaban la cara. Toque y toque, toque y toque, aparte los dos le pegan muy bien con las dos piernas”. Por sistema se volvía complicado compatibilizarlos, pero a Zidane le bastó un año entrenando con el uruguayo para dejar una sentencia inapelable: “Fabián O’Neill era el mejor de todos”.
A Zidane le bastó un año entrenando con el uruguayo en la Juve para dejar una sentencia inapelable: “Fabián O’Neill era el mejor de todos”
Al final, con la partida de Zidane al Real Madrid y la llegada de Marcello Lippi, O’Neill fue idealizado como la piedra angular del proyecto, hasta que se desgarró uno de los gemelos. La lesión fue un escenario proclive para recuperar su prestigio de trasnochador. En la Turín aristocrática se convirtió en el bufón de los futbolistas en las fiestas privadas en apartamentos exclusivos y cabarets. “Me llevaban a mí para reírse como quien dice. Les hacía striptease arriba de unos sillones nomás, no con caño ni nada de eso. Mamado no me importaba nada”, dijo.
Nunca más volvió a reclamar su sitio como motor de la Juventus. Luego perdió a su abuela, la persona que más quería en el mundo, y su vida comenzó a desmoronarse. Se reenganchó al alcohol y, aunque jugó un Mundial de fútbol con Uruguay en 2002, no volvió a ser el mismo. En 2013, ya retirado, tuvo complicaciones de salud que lo obligaron a tratarse en un hospital. Había encadenado más de treinta años bebiendo y su cuerpo estalló en venganza.
Desde entonces prometió mantenerse sobrio, algo que cumplió con intermitencias. Murió con 49 años por una cirrosis crónica, durante la Navidad de 2022. La gente en la calle le reprochaba no haberse convertido en Zidane, pero él siempre quiso ser Fabián O’Neill.


