-Los napolitanos están en todas partes, en el Norte o en el Sur, un poco como los chinos.

-Pero a ellos los distinguís por su olor.

Risas.

Es la transcripción del inicio de una pieza del telediario regional del Piamonte de la RAI, a las afueras del Juventus Stadium con motivo de un Juve-Napoli de octubre de 2012. La segunda frase es una asistencia de gol a un aficionado bianconero pronunciada por el entonces periodista de la TV pública italiana Giampiero Amandola. La RAI, en un clamor en el que la estupefacción llegó hasta el alcalde de Nápoles, se vio obligada a despedir al veterano Amandola.

La pieza había comenzado con dos jóvenes juventinos gritando a cámara “¡Vesubio, lávales tú!”. Ya pueden maldecir el fútbol en el Norte, porque gracias a él podemos verle todas sus precarias costuras sociales a la unidad italiana.

NAPOLI MERDA Y PANCARTAS SUDAFRICANAS

Italia carga con tópicos simplificadores. Uno es el mantel a cuadros rojiblancos de las pretendidamente italianas pizzerías de fuera del país. Otros son directamente falsos, como que el desprecio contemporáneo del Norte a Nápoles comenzó con los títulos de Maradona.

“No. Todo empieza en 1973, el año de la epidemia de cólera en el Mediterráneo”, precisa Angelo Forgione, periodista y escritor napolitano y napolitanista que denunció con éxito el caso Amandola. “Los medios culparon a las condiciones higiénicas de Nápoles cuando la epidemia venía de muy lejos, de Indonesia y de una partida de mejillones contaminados desde Túnez”. Hubo casos en Palermo, Cagliari o Barcelona, pero fue Nápoles quien puso en marcha una vacunación masiva. “Fue la operación de profilaxis más grande de la historia europea. La OMS declaró el fin de la emergencia en un mes y medio, en otras ciudades estuvo abierta años. Si la prensa italiana hubiera contado bien la historia, Nápoles sería un modelo sanitario. Al contrario, se la pintó en el imaginario colectivo como una Calcuta europea”, dice Forgione.

Fue la forja de un cántico que hoy ya es clásico allá donde juega como visitante el Napoli:

 

Senti che puzza, scappano anche i cani

stanno arrivando i napoletani

oh colerosi, terremotati,

voi col sapone non vi siete mai lavati 

Napoli merda, Napoli colera,

sei la vergogna dell’Italia intera

 

No hace falta haber estudiado italiano. Tampoco hay que rebuscar mucho para ver al actual líder de la xenófoba Liga Norte, el milanés Matteo Salvini, envuelto ya en varios escándalos racistas, cantándolo:

 

Por supuesto, Salvini se excusó diciendo que “eran coros de estadio”. El reduccionismo, además de falaz, es torpe, porque a finales de los 80 en San Siro ya se cantaba la versión ‘Napoli nera, Napoli colera, sei la vergogna dell’Italia intera, e quindi vota Lega Lombarda per eliminare la razza bastarda’. La Liga Lombarda es un partido fundador e integrado en la Liga Norte, y Salvini ha sido su secretario general de 2012 a 2015.

“Lo primero que vio Maradona en su debut en Serie A, en Verona, fue una pancarta que decía ‘Bienvenidos a Italia’. A él en España ya le habían llamado ‘sudaca’ y enseguida supo qué significaban adjetivos como ‘terroni’”, cuenta Forgione sobre el término usado para etiquetar peyorativamente la presunta ignorancia, pereza y apego a la tierra de los habitantes de la Italia meridional. “Diego entendió que su misión no era solo deportiva. Cuando el Napoli ganó el Scudetto, en Turín se escribió ‘Napoli campeón, ultraje a la nación’ o ‘Sois los campeones del Norte de África’”.

Eran tiempos de apartheid y el actor napolitano Massimo Troisi, candidato póstumo al Oscar por El cartero y Pablo Neruda, salió al paso con esta brillante respuesta:

“Prefiero ser un campeón del Norte de África que hacer pancartas de Sudáfrica”

¡TE HA HECHO UN GOL UN TERRONE!

Las dos ligas del Napoli son las únicas que tiene el Sur de Italia en 114 campeonatos. Cerdeña tiene una gracias al Cagliari y la capital cinco: tres romanistas y dos laziales. Y del Sur son Crotone, Pescara y Palermo, las squadras que parecen condenadas a bajar a Serie B este año. Más del 90% de scudetti se han celebrado en el Norte. En esos equipos había grandes jugadores del Mezzogiorno, y uno de ellos es el símbolo de la masiva emigración laboral que permitió al triángulo Milán-Turín-Génova su milagro económico -y futbolístico-: Pietro Anastasi.

“El delantero siciliano estaba casi hecho con el Inter pero acabó en la Juventus por una contrapartida industrial”, cuenta Forgione. “El presidente de su club, el Varese, era el fundador de Ignis, que producía frigoríficos para cuya fabricación necesitaba unos compresores procedentes de la FIAT. El padrone Gianni Agnelli quería a Anastasi: gran parte de sus trabajadores eran meridionales y llevar al delantero a Turín significaba crear consenso. El traspaso fue pagado mitad en dinero mitad en piezas para los frigoríficos”. Para Forgione se trata del primer fichaje geopolítico del calcio. La foto de Anastasi in bianconero entró en las casas obreras y el delantero se convirtió en ídolo de los emigrantes del Sur, los que como él habían dejado detrás -debajo- su tierra para trabajar donde había posibilidad para ello. A Petruzzu le seguirían el sardo Cuccureddu, el palermitano Furino y el leccese Causio para acabar de conformar la Juve de los ‘sudisti del Nord’, una Juve invencible que acogió así en su manto a tantos aficionados deseosos de celebrar títulos tanto como de integrarse en un escenario socialmente diverso, cuando no adverso, a su Sur.

Aquella época coincidió prácticamente con el grito de colerosi, muchas veces pronunciado por emigrados o los hijos de estos. La lista de agravios a Nápoles con la excusa del fútbol será desde entonces variada pero primero se personificará en Giuseppe Savoldi, que el Napoli convirtió en el futbolista más caro de la historia en 1975. Las voces que aconsejaban agresivamente al club dedicar esos dos mil millones de liras al “arreglo” de la ciudad no eran pocas. El Napoli casi le quita ese año el campeonato a la Juve. Ya en la época de Maradona, en 1985, se produciría la ruptura del hermanamiento Roma-Napoli -que incluía intercambio de banderas y flores entre ambas aficiones antes de cada Derby del Sole- cuando el club de la Campania ficha al símbolo lazial Bruno Giordano. En los siguientes derbis no habría más gemellaggio y sí un gesto que selló el divorcio, cuando tras un partido durísimo en que el Napoli consiguió empatar con 9 en el Olímpico, Salvatore Bagni dedicó un corte de mangas a la afición romanista. Esta evitable ruptura acabaría teniendo consecuencias dramáticas.

En su libro sobre las dos Italias y el balón, Dov’è la vittoria, Forgione rescata un par de casos en los que los protagonistas de polémicas han sido futbolistas napolitanos de clubes del Norte. Uno es Aniello Cutolo, convertido hace un lustro en una especie de vengador meridional. Concretamente contra Andrea Mandorlini, a la sazón técnico del Verona, y contra la afición del club véneto, considerada la más xenófoba de Italia. Ambos, entrenador y ultras amarillos, habían entonado algún que otro cántico anti-terroni y no guardaban muy recuerdo del paso de Cutolo por el Verona. Peor aún guardan desde que este les marcó un golazo con la camiseta del Padova. Cutolo tenía mucho dentro y lo sacó primero con aspavientos, luego con gritos y después acercándose insólitamente a Mandorlini a bramarle “¡Te ha hecho un gol un terrone!”. La cuenta de Facebook de los seguidores del Verona se cerró por insultos y los siguientes entrenamientos del Padova estuvieron fuertemente custodiados por la policía. El otro protagonista es un ilustre de primerísima segunda fila, Antonio Di Natale. El napolitano, harto de coros anti-terroni, mandó callar a su hinchada friulana en Udine tras marcar contra el Catania, poniendo sobre la mesa la hipocresía de un Norte que ofende y a la vez celebra goles de los hijos del Sur. Que Di Natale echó sal en la herida italiana lo demuestra el hecho de que tuvo que disculparse mediante un comunicado oficial del club, firmado por él y terminado con un más que sospechoso saludo en dialecto friuliano.

Pero el caso de antinapolitanismo más sangrante no lleva gratuitamente ese adjetivo. Acabó en homicidio.

Hace solo tres finales de Coppa Italia, Daniele De Santis, un ultraderechista giallorosso casi cincuentón, disparó a Ciro Esposito en Roma en la previa del partido. Este último y otros aficionados napolitanos habían acudido a socorrer a los pasajeros de un autobús de hinchas partenopeos que estaban siendo atacados por un raid de ultras de la Roma. Esposito murió tras 53 días en el hospital. La Roma de De Santis, hoy condenado por homicidio a 26 años de cárcel, no jugaba aquella tarde: su presencia correspondía más bien a la caza del napolitano. Hace cuatro décadas le sucedió algo parecido a Alfredo Della Corte, un napolitano de 17 años que se salvó de milagro cuando recibió un tiro en la boca a las afueras del Olímpico.

Los platós de televisión italianos prefirieron centrarse, mientras Ciro estaba conectado a una máquina, en la figura del portavoz de los ultras Mastiffs del Napoli cuyas conversaciones con autoridades e incluso con el capitanissimo Hamsik seguramente evitaron una tragedia aquella noche en el estadio. Demasiado caramelo para los tertulianos: la enésima superioridad moral que condena al hincha de fútbol alternaba con bromas sobre el apelativo –‘a carogna– de aquel negociador tan alejado del estándar estético y moral que se le presupone a un negociador respetable en el país de las logias P2, de las matanzas de Estado o de los 63 gobiernos en los últimos 70 años.

Pero ni Ciro murió por un partido de fútbol ni Nápoles es una insoportable ‘gomorra’. La posiblemente peor narrada de las grandes urbes europeas espera con un superávit de orgullo al Real Madrid. Y la vuelta es en casa.