(texto y entrevistas de Rafael Escrig)

El 19 de julio de 2014, el Shakhtar Donetsk disputó un amistoso en Francia frente al Olympique Lyon dentro de la gira de pretemporada de conjunto ucraniano por el oeste de Europa. En cierto modo, estaban escapando del conflicto bélico que asolaba Ucrania desde finales de 2013. Dos días después, los de Donetsk se enfrentarían al Dinamo Kiev en Leópolis (Lviv), con la disputa del primer título oficial en juego: la Supercopa de Ucrania. La celeridad con la que el club estaba obligado a viajar de vuelta a su país de origen era máxima, ya que solo tenían tres días de margen hasta la celebración del partido. No obstante, el retorno se comenzó a torcer cuando seis jugadores se fugaron de la concentración y mandaron un mensaje al presidente negándose a regresar a Ucrania.

Solo tres días antes de la situación, las fuerzas prorrusas que controlaban el flujo de transportes en la frontera entre Rusia y Ucrania derribaron un vuelo regular de Malaysian Airlines en el que fallecieron 298 personas, motivando el miedo de los jugadores a volar hacia allí. Finalmente, y tras una amenaza de su presidente, el 22 de julio regresaron y se vistieron de corto para alzar el título frente al eterno rival. Antes del inicio del partido, hinchas de Shakhtar y Dinamo se unieron entonando a pleno pulmón el himno ucraniano en un estadio abarrotado por banderas nacionales y presidido por una gigante en el círculo central. Fue considerada como una importante manifestación de apoyo hacia el bando nacionalista por suponer la unión de dos hinchadas enfrentadas: una del este y otra del oeste.

Ocho meses antes, el 20 de noviembre de 2013, prendió la chispa que haría arder Ucrania. El Partido de las Regiones, organización prorrusa que gobernaba el país liderada por Víktor Yanukóvich, decidió declinar el Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la Unión Europea que suponía el estrechamiento de lazos entre ambas partes en diversos aspectos y accedió a acercarse a una alianza con Rusia. Solo un día después, estudiantes universitarios y demás organizaciones de cariz nacionalista y europeísta organizaron una serie de protestas públicas en la Plaza de la Independencia de Kiev, uno de los centros neurálgicos de la capital, que acabaron convirtiéndose en violentas revueltas tras adherirse partidos políticos de índole ultraderechista como el Pravy Sektor. El movimiento originado en las calles tuvo como nombre Euromaidán (maidan significa plaza en ucraniano).

Los sucesos agravaron la división intelectual en Ucrania entre occidente y oriente. Los núcleos más próximos al oeste –Kiev o Leópolis– son de naturaleza europeísta, de habla ucraniana y defienden el Acuerdo de Asociación con la UE. En los más próximos al este –Donetsk o Lugansk– se concentran los principales yacimientos mineros y de gas del país, los cuales se han visto afectados desde la disolución de la URSS en materia laboral. La mayoría de sus ciudadanos son de habla rusa, más cercanos a partidos políticos de esta índole y abogan por el acuerdo económico con la Federación de Rusia. Las diferencias entre ambos bandos se acentuaron cuando, como consecuencia del Euromaidán, el presidente prorruso Víktor Yanukóvich cayó del poder en febrero de 2014 tras fugarse del país, escapando de las violentas revueltas que querían acabar con él.

Pese a haber desaparecido de la agenda mediática española, el conflicto ucraniano continúa con intensidad en los óblast (regiones) de Donetsk y Lugansk, los más orientales de Ucrania y próximos a la frontera con Rusia. En abril de 2014 se decretó un alto al fuego en la zona pactado por Ucrania, Rusia y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE). No obstante, las partes implicadas denuncian constantes violaciones del mismo que se han saldado con más de 9.000 muertos y 21.000 heridos, según datos de la ONU. El fútbol, como cualquier otra actividad cotidiana, también se ha visto afectado por esta situación, obligando a cambiar el normal desarrollo de la competición nacional, así como el día a día de varios de los equipos. La crisis económica que afectaba al país se ha visto muy agravada por esta situación y varios clubes de renombre en el país no han podido aguantarla. Desde 2013 han desaparecido hasta siete equipos: FC Kryvbas, Arsenal Kiev, Obolon Kiev, Metalurg Donetsk, Metalurg Zaporiyia y los crimeos FC Sebastópol y Tavriya Simferópol.

 

Actualmente, el moderno y caro Donbass Arena de Donetsk es un campamento de emergencia para familias que necesitan ayuda alimentaria y refugio

 

Los clubes de los óblast de Donetsk y Lugansk que han sobrevivido a la desaparición, se han visto obligados a cambiar su sede y a disputar sus partidos en un lugar más seguro, escapando del conflicto armado y preservando su integridad física. El ejemplo más representativo es el Shakhtar Donetsk, cuyo moderno y caro estadio ha sido bombardeado por fuerzas prorrusas en más de una ocasión. Actualmente, el Donbass Arena es un campamento de emergencia para familias cuyos hogares han sido devastados y necesitan ayuda alimentaria y refugio. El conjunto ‘minero’ se ha tenido que trasladar a Kiev, donde entrena y convive, aunque la sede oficial de sus partidos como local sea el Lviv Arena de Leópolis, un estadio válido para albergar competiciones internacionales de la UEFA. El otro equipo de Donetsk en la máxima categoría, el Olimpik, también se ha mudado a Kiev e incluso disputa sus partidos como local en el pequeño Bannikov Stadium, propiedad de la Federación Ucraniana de Fútbol y donde también entrena el Shakhtar. El Zorya Lugansk, tercer equipo exiliado, ha tenido que recorrer 400 kilómetros al oeste para situarse en Zaporiyia, antiguo hogar del recientemente desaparecido Metalurg.

Debido a la situación del país, el desarrollo normal de la competición se ha visto alterado en diversas ocasiones, por ello la Federación Ucraniana ha tenido que modificar el formato del torneo de cara a la temporada 2016/17, reduciéndola a 12 equipos e instaurando un sistema de playoff dividido en dos bloques: seis equipos se disputarán el título y las plazas europeas y otros seis tratarán de evitar el descenso. En apenas dos años, el conflicto ucraniano ha desarbolado casi por completo la estructura futbolística del país.

1. ÓBLAST DE KIEV
La ciudad de Kiev cuenta con más de 2’8 millones de habitantes; se trata de la quinta capital europea más poblada por detrás de Moscú, Londres, Madrid y Berlín. Un dato que hace creer inverosímiles los sucesos que allí se desarrollaron durante el punto álgido del conflicto, en los meses de invierno y primavera de 2014. Kiev se convirtió en un campo de batalla. La ciudad presentaba heridas por todos lados: barricadas, fuegos, disparos, llanto y desesperación. La que fuera una de las ciudades más importantes de la URSS, la más grande de Ucrania en la actualidad, se desangraba por momentos.

Xavier Colás es corresponsal de El Mundo en Moscú. En 2014 estuvo en el eje del conflicto en Kiev y, posteriormente, también en Donetsk. Colás recuerda que el enfrentamiento armado detonó cuando el número de manifestantes europeístas del Euromaidán fue aumentando y tomando puntos cercanos a la Plaza de la Independencia hasta llegar a la Rada Suprema, el Parlamento. “La oposición intentó derrocar a Yanukóvich de forma parlamentaria, pero no lo consiguieron al no reunir la mayoría suficiente. Acto seguido, se produjo un incremento de la violencia por parte de los manifestantes pese a que, en un principio, se tratase de protestas pacíficas”, explica Colás.

La reacción por parte de la policía y los antidisturbios a esta ola de violencia fue intentar aplacarla con más violencia, originando así momentos trágicos e insólitos en la ciudad. “El 20, 21 y 22 de febrero se produjeron las muertes de Maidán, en las que fallecieron cerca de un centenar de personas. Nunca se ha llegado a aclarar exactamente quién los mató y desde dónde disparaban. Yo ese día estaba en la plaza y vi cómo iban llegando los muertos”, indica Colás. Ante esta grave situación, Yanukóvich decidió fugarse a Rusia por miedo a que le asesinaran, tal y como cuenta el corresponsal español, quien añade que el coche que le transportaba al país vecino recibió varios disparos de bala durante el trayecto. El 22 de febrero de 2014, ante su incomparecencia, la Rada Suprema decidió destituirle de sus funciones y formar una presidencia interina.

“El conflicto armado empieza en abril, mayo y, sobre todo, en junio, cuando comienza a morir muchísima gente. En septiembre se abre un nuevo frente en el sur y se convierte ya en una guerra abierta”, relata Colás. Esto se produjo en el este del país, en la frontera entre Donetsk y Rusia, donde el debilitado ejército ucraniano, según narra el periodista, se encontró con barricadas formadas por sublevados rusos. “Mi opinión es que Rusia fue suministrando ayuda armada a los rebeldes, mientras Ucrania se iba poniendo al día. Según Ucrania iba enviando más tropas y con mayor seriedad, Rusia iba aumentando la apuesta. Con lo cual, cuando Ucrania envió tropas se encontró con barricadas; y cuando envió más tropas –aviación, tanques, blindados- se topó con trincheras en Donetsk”.

Actualmente, en la zona rige un alto al fuego pactado por la OSCE, Ucrania, Rusia y las autoproclamadas Repúblicas Independientes de Donetsk y Lugansk, aunque todas las partes denuncian constantes violaciones del mismo. “Se sigue quebrantando el alto al fuego por las dos partes: por los que combaten del lado de Kiev y los que lo hacen del lado de Donetsk y Lugansk. Mi visión es que ahora mismo Rusia ha dejado de pisar el acelerador en esa zona, por lo que está habiendo infantería y fuego de mortero, lo que produce un goteo de muertos por ambas partes. Es un conflicto congelado donde nadie quiere ceder un palmo de terreno”, finaliza Colás. Tanto por una parte como por la otra, parece irremediable la división de Ucrania.

Antes de estallar las revueltas, el principal enfrentamiento entre los dos ejes del país tenía lugar sobre un campo de fútbol. El equipo de los europeístas, el Dinamo Kiev, contra el club del bastión prorruso, el Shakhtar Donetsk. El club de Kiev fue el más laureado de la extinta liga de la Unión Soviética, un equipo reputado y casi invencible hasta la irrupción del capital del oligarca Rinat Akhmetov en Donetsk. Desde la entrada en la década de los 2000, el Shakhtar le arrebató hasta en nueve ocasiones el título a un Dinamo Kiev que se intuía campeón en todas y cada una de las ligas hasta entonces. No en vano habían ganado nueve de los diez campeonatos ucranianos disputados hasta 2002, año del primer título ‘minero’.

Desde que el Shakhtar se asentó en la élite y comenzó su ascenso consiguió ganar ocho ligas de las diez que se disputaron entre la temporada 2004/05 y la 2013/14, siendo cinco de ellas consecutivas entre 2010 y 2014. En los dos últimos campeonatos ganados por el conjunto de Donetsk, el Dinamo acabó en tercer y cuarto puesto respectivamente, hecho que nunca había sucedido antes en el campeonato ucraniano, fundado en 1992, en el que el equipo de Kiev siempre había sido primero o segundo. La crisis de los capitalinos era más que evidente y desde el club se decidió dar la alternativa, en abril de 2014, a Sergey Rebrov como técnico del primer equipo, debutando así en los banquillos.

Jordi Gratacós llegó a Ucrania como director de la Academia del Dnipro en 2011, después de haber pasado un año en El Cairo dirigiendo la parte técnica del proyecto de formación que el FC Barcelona llevó a cabo en Egipto. El entrenador español permaneció en Ucrania hasta la temporada pasada, cuando puso rumbo a Kazajistán para implementar nuevos métodos en su fútbol base nacional. Su labor en el Dnipro fue la de modernizar la estructura de la Academia, llevando a cabo procedimientos propios de la escuela del Barcelona que Gratacós conocía de su paso por Egipto. Precisamente fue el Dnipro el equipo que acabó en segunda posición en la temporada en la que Rebrov llegó al cargo. El Dinamo cerró la campaña en un cuarto puesto que empeoraba incluso el tercero conseguido el año anterior y marcaba un récord negativo de puntos en la entidad. Paralelamente, el Dnipro, dirigido por el manchego Juande Ramos, vivía sus mejores momentos desde la aparición de la Premier League ucraniana. Solo un año después, ya con Myron Markevych en el banquillo, el equipo de Dnipropetrovsk alcanzaría una histórica final de UEFA Europa League ante el Sevilla. A pesar de haber alcanzado dos veces los cuartos de final de la Copa de Europa en los ochenta, Gratacós afirma que “a nivel europeo, la temporada pasada fue la mejor en la historia del Dnipro, eliminando a grandes e históricos equipos como el Nápoles o el Ajax de Ámsterdam”. No obstante, a pesar del éxito rotundo del Dnipro, la competición dio un vuelco esa temporada como consecuencia de la guerra.

“Lo que está claro es que el Shakhtar es el equipo al que más le ha afectado el conflicto. Mientras que a quien le ha favorecido mucho más es al Dinamo. Ahora para ellos todo es muy fácil y para otros equipos, muy difícil”, relata Gratacós en referencia a las complicaciones socioeconómicas que inciden gravemente en las ciudades y los clubes rivales del Dinamo. Por causa o consecuencia, el conjunto de Rebrov se alzó con la pasada liga ucraniana –la primera después de seis años– y la ha revalidado esta misma campaña. La mejora del juego de equipo fue manifiesta, pero Gratacós lo vincula también a los problemas de sus más inmediatos perseguidores: de los tres que quedaron por encima del Dinamo en la temporada de la llegada de Rebrov, dos tuvieron que mudarse de sede y estadio. El Dnipro siguió jugando sus partidos en su ciudad, pero la UEFA les obligó a disputar las competiciones europeas en Kiev. “Al equipo le afectó el conflicto, sobre todo por no poder jugar esa histórica Europa League en Dnipropetrovsk, pero llevaban una inercia ganadora de los últimos años con Juande y no lo notaron tanto como el Shakhtar y el Metalist”, asevera Gratacós.

Ante el peor contexto de la historia reciente del Dinamo, los cambios internos y sociopolíticos motivaron un notable aumento futbolístico para el club. Además de la liga en la temporada pasada, el club kievita también alcanzó la Copa por segundo año consecutivo. En la vigente campaña, los de Rebrov se acaban de proclamar campeones a falta de tres jornadas y van camino de batir el récord absoluto de goles en contra en una temporada, además de haber conseguido llegar a la fase eliminatoria –octavos– de la UEFA Champions League por primera vez desde 1999, cuando cayeron eliminados a manos del Bayern en semifinales. No obstante, el ascenso del Dinamo no ha ido estrictamente relacionado con un descenso notable del nivel de sus rivales. Mientras el Metalist sí que ha caído en picado, Shakhtar y Dnipro continúan vivos en su lucha por los títulos en Ucrania y Europa, ya que los de Donetsk han alcanzado las segundas semifinales de Europa League/UEFA de su historia y están opositando a su segundo título continental. “El Shakhtar es el mayor club de Ucrania a nivel profesional. Aunque noten el conflicto, tienen una importante base estructural y organizativa detrás”, cuenta Gratacós.

A ojos del seleccionador nacional, Mykhaylo Fomenko, el nivel de estos tres equipos no ha bajado los suficiente como para que sus jugadores dejen de formar el núcleo duro de la selección. Así lleva siendo desde 2012, cuando compitieron en la Eurocopa que organizaron junto con Polonia, y también en 2014, quedándose a las puertas del Mundial de Brasil tras ser remontados en la repesca ante Francia. La selección es un intangible muy importante para Ucrania. Y en esta época, más. “El conflicto ha afectado a la selección de forma positiva, porque ahora hay un sentido nacional mucho más vivo. La gente aprovecha cualquier acontecimiento que se muestre al mundo para enseñar su identidad y, en este sentido, la Eurocopa podría beneficiar al sentimiento de país y de selección nacional”, argumenta Jordi Gratacós, quien añade que los jugadores ucranianos son los más beneficiados de la guerra porque “los extranjeros no quieren venir y eso les abre las puertas a los futbolistas locales”.

Nacionalismo en el Euromaidán

Artillería y caos en las manifestaciones

2. ÓBLAST DE DONETSK
Shakhtar Donetsk

Rinat Akhmetov es el multimillonario presidente del Shakhtar Donetsk. El oligarca cerró el año 2013 –justo antes del inicio del conflicto– con una fortuna de más de 13.500 millones de euros, siendo una de las 50 personas más ricas del planeta por aquel entonces, según la lista que publica anualmente la revista Forbes. Ningún propietario de cualquier equipo de fútbol tenía un patrimonio mayor que él en ese momento. Su laborioso avance en el sector de la minería y la siderúrgica le permitió cultivar una fortuna que se vería notablemente aumentada en el momento en el que el prorruso Víktor Yanukóvich ascendió al poder con el Partido de las Regiones. Akhmetov, patrocinador y miembro del partido, financió parte de la campaña e incluso ostentó un cargo político dentro de la Rada Suprema, el parlamento ucraniano.

Hijo de familia minera, aprovechó el capitalismo que irrumpió en Rusia y Ucrania tras la caída de la Unión Soviética para escalar posiciones en el Dongorbank, una importante entidad bancaria de la ciudad de Donetsk. Solo un año después de llegar a la cabeza del banco adquirió el Shakhtar Donetsk, al que comenzó a impulsar económicamente sin prisas, siguiendo unas ambiciosas directrices, pero formando un proyecto reposado y a largo plazo.

Akhmetov sucedió en la presidencia del Shakhtar a Akhat Bragin, un reputado hombre de negocios de Donetsk vinculado con la mafia. Bragin fue asesinado por una explosión en el antiguo estadio del conjunto minero y no fueron pocas las voces que asociaron este suceso con Rinat Akhmetov, a quien también llegaron a relacionar con otras facciones de la mafia. Aunque esto no ha sido probado, su pertenencia al rusófilo Partido de las Regiones lo convirtió en el objeto de muchas críticas tras el Euromaidán, llegando incluso a ser increpado en su casa de Londres. El bando prorruso, por su parte, también le criticó al no unirse deliberadamente a su causa pese a haber financiado y pertenecido a un partido de su misma ideología. La crisis derivada del conflicto también hizo mella en él, llegando a rebajarse su fortuna en más de un 50% en dos años y propiciando el descontento de los dos bandos hacia su figura. “A todos los oligarcas les ha afectado mucho el conflicto, pero quizá a nadie tanto como a Akhmetov”, asegura Gratacós.

La población de Donetsk es mayoritariamente prorrusa. En mayo de 2014 se llevó a cabo un referéndum sobre la declaración de independencia de la región. Pese a ser considerado ilegal, la participación fue casi del 75%, con más de tres millones de votantes que apostaron firmemente por el ‘sí’, opción que contó con el 89’7% de los votos. Aun así, un importante sector de los seguidores que se daban cita cada fin de semana en el Donbass Arena para animar a su equipo era más próximo a las tendencias nacionalistas y europeístas, motivando un conflicto interno que el presidente, con sus actos, no ayudó a resolver. Akhmetov llegó incluso a exiliarse durante el conflicto y en ningún momento se definió a favor de uno de los dos bandos. Curioso es que, mientras pertenecía a un partido prorruso, fundó e impulsó una fundación filantrópica mediante la cual está proporcionando ayuda humanitaria hoy en día en la zona del Dombás para subsanar los daños que está causando el bando rusófilo en la zona. ‘Indeciso’, Akhmetov no se casa con nadie. Quizá sea la opción más inteligente para conseguir que sus ingresos no sigan cayendo en picado.

Mientras Akhmetov trata de coser los agujeros en sus cuentas, la población del Dombás se resiente gravemente del conflicto. Según datos del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU en un informe de abril de este mismo año, la situación ha dejado un total de 1’5 millones de personas en situación de falta de recursos alimentarios, 300.000 de los cuales precisan de “ayuda alimentaria inmediata”. Darijo Srna, capitán del Shakhtar muy vinculado a la zona, ha enviado alimentos, equipamiento deportivo y material de escuela al territorio afectado por el conflicto desde el exilio del equipo en Kiev. Recientemente, Srna ha comprado cien ordenadores portátiles para mandarlos a los niños huérfanos y a los discapacitados psíquicos del óblast de Donetsk. “Quiero ayudar a los niños, ellos son el futuro y deben tener la posibilidad de aprender y desarrollarse, especialmente en estos tiempos difíciles”, ha declarado el jugador. El croata vivió la Guerra de los Balcanes cuando era pequeño y afirma sentirse identificado con la situación que viven decenas de miles de familias. Emocionalmente está siendo un proceso difícil para jugadores del Shakhtar como él, quien lleva un buen número de temporadas en el club y añora la ciudad de Donetsk, donde ya se había instalado su familia, estrechando lazos con la gente y la ciudad. Por el contrario, los últimos jugadores en llegar llevan en el pecho el escudo de un equipo que representa una ciudad que rara vez habrán pisado.

Olimpik Donetsk

El otro equipo de la ciudad de Donetsk que compite en la máxima categoría es el Olimpik. Fue fundado en el barrio de Bosse, al sur de la ciudad, una zona marginal que albergaba antiguas plantas de tratado del metal que se extraía en el Dombás. Para combatir la miseria de la zona, los fundadores del Olimpik decidieron poner en marcha un club en 2001 para que la juventud afectada pudiese evadirse de la situación y desarrollar el fútbol local. Edificaron un modesto complejo deportivo en unos terrenos baldíos del barrio y dieron vida a su proyecto de forma ambiciosa y humilde.

Tres años después de su fundación como club de fútbol base nació el primer equipo de la entidad, pasando a competir en la cuarta división nacional. Su éxito fue repentino. Comenzaron a producir futbolistas de mucho talento que se hicieron un nombre en los torneos de categorías inferiores del país, llegando incluso a fichar por clubes extranjeros para completar su formación. Obtuvieron tres ascensos en diez años y, en 2014, celebraron su promoción a la Premier League ucraniana. No obstante, pese a todo el trabajo de base velando por el desarrollo del fútbol local, el Olimpik jamás ha jugado en primera dentro de los límites de la ciudad de Donetsk.

 

“El conflicto ha afectado a la selección de forma positiva, porque ahora hay un sentido nacional mucho más vivo”

 

El club tuvo que debutar en la máxima categoría en el pequeño Bannikov Stadium de Kiev, donde conviven junto al Shakhtar Donetsk. Ni tan siquiera pudieron celebrar el ascenso en su casa, puesto que lo obtuvieron en la fase más inflamable del conflicto y tuvieron que improvisar un refugio de emergencia en la costera ciudad de Berdyansk, 200 kilómetros al sur de Donetsk. En la actualidad, el antiguamente marginal barrio de Bosse, sede del Olimpik, está siendo devastado por momentos debido a la guerra y fue el epicentro de uno de sus episodios más crueles en enero de 2015, cuando una explosión en una parada de autobús se cobró la vida de 13 civiles. Futbolísticamente, el Olimpik sigue batallando pacíficamente sobre los terrenos de juego y lejos de su hogar para combatir las desigualdades y seguir promoviendo la práctica del fútbol.

Metalurg Donetsk

El segundo club en importancia en la ciudad en los últimos 20 años ha sido el Metalurg Donetsk.  Sus orígenes provienen de los inmigrantes ingleses que llegaron a la zona del Dombás en la primera década del siglo XX, fruto de la industrialización de la Unión Soviética. Tras varias refundaciones y cambios de nombre, en 1996 nació el club con su denominación definitiva. En 2001 fue adquirido por el holding metalúrgico ISB, la empresa más potente del sector hasta la irrupción de SCM, propiedad de Rinat Akhmetov. Las buenas relaciones de los nuevos dueños del Metalurg con Dmytro Sylyuk, un agente de futbolistas afincado en Barcelona, propiciaron la llegada al club de jugadores como Yayá Touré, Jordi Cruyff o el entrenador castellonense Ángel ‘Pichi’ Alonso. Pese a que algunas fueron de destacado nivel, la ruptura entre el agente y el cuerpo técnico fue notoria y el club cambió de rumbo con la llegada del entrenador búlgaro Nikolay Kostov, quien motivó la llegada al club de jugadores de la talla de Henrikh Mkhitaryan o el también búlgaro Velizar Dimitrov, que permanecería hasta seis temporadas en la entidad.

En ese contexto llegó la mejor época del segundo club de Donetsk, alcanzando y perdiendo dos finales coperas –en 2010 y 2012– y clasificándose hasta en tres ocasiones para la UEFA Europa League, convirtiéndose en uno de los equipos más potentes del país. Una situación feliz y favorable para un equipo que opositaba a pelear el TOP-4 de la liga a las cuatro potencias que se destaparon en Ucrania a partir de la segunda década del siglo XXI: Shakhtar Donetsk, Dinamo Kiev, Metalist Járkov y Dnipro Dnipropetrovsk. Fruto del impulso deportivo del equipo, la directiva decidió poner en marcha la construcción de un estadio nuevo para el club en la vecina localidad de Makiivka con el objetivo de sustituir el vetusto y obsoleto Metalurg Stadium, sin licencia oficial para disputar competiciones de la UEFA. No obstante, la crisis económica propiciada por el conflicto les golpeó de lleno, obligándoles a detener cualquier proyecto de futuro.

“En relación a las operaciones militares que se están llevando a cabo en el territorio donde está ubicado nuestro club de fútbol, así como a la difícil situación económica y financiera del club y del país, el Metalurg Donetsk no puede participar en el campeonato de Ucrania 2015/16 y se declara en quiebra”. Así de escueto y clarificador fue el comunicado que emitió el Metalurg en julio de 2015, firmado por Oleg Mkartchyan y Sergey Taruta, dos de los máximos accionistas de la entidad. Semanas antes de la declaración de bancarrota, el club de Donetsk había estado negociando una fusión con el Stal Dniprodzerzhynsk que se iba a producir de forma inminente. No obstante, las circunstancias en el club de Donetsk se agravaron y no encontraron otra vía de escape a la disolución. Pese a ello, el Stal sí que pudo salir a competir en la vigente temporada de la Premier League ucraniana ocupando la plaza del Metalurg y atrayendo a una pequeña parte de sus futbolistas y cuerpo técnico.

Exilio en Leópolis

Donbass Arena, territorio de guerra

3. ÓBLAST DE JÁRKOV
Járkov es la segunda ciudad más poblada de toda Ucrania, con casi un millón y medio de habitantes. Es la capital del óblast que lleva su nombre y se encuentra al noroeste del Dombás. Al igual que el resto de las ciudades del este del país, su principal fuente de ingresos es el sector industrial, en este caso, de armas, maquinaria y electrónica. Su desarrollo de la cultura y la ciencia es notable, con más de 60 institutos científicos por toda la ciudad. No en vano, por Járkov han pasado dos Premios Nobel: Iliá Méchnikov (Nobel de Medicina en 1908) y Lev Landáu (Nobel de Física en 1962). El dinero que el avance de estos sectores ha reportado a la ciudad ha repercutido favorablemente en el progreso del deporte, que siempre ha estado muy bien considerado en la ciudad.
El club futbolístico más representativo de Járkov es el Metalist Járkov, aunque no siempre ha recibido la misma nomenclatura. En las antiguas repúblicas soviéticas es común que el nombre de los equipos haya variado con el paso de los años, generalmente, en relación al sector industrial al que se hayan dedicado sus dueños. El primer nombre del Metalist fue MhPZ, el acrónimo de la empresa que lo fundó: la Malyshev Factory, que operaba en el sector de la construcción de locomotoras. En 1965 cambió definitivamente su nombre a Metalist Járkov. Su avance estuvo estrechamente ligado al desarrollo de las industrias metalúrgicas de la ciudad, cuyo auge motivó los mayores éxitos de la historia del club. En la época moderna, tras la disolución de la Unión Soviética y con la aparición de la Premier League ucraniana, el Metalist experimentó sus mejores años, consolidándose entre los cuatro mejores equipos del país. Esta irrupción se produjo, sobre todo, a partir de 2005, tras la compra del equipo por el oligarca Oleksandr Yaroslavskiy, antiguo copropietario del UkrSibbank, uno de los tres bancos más importantes de Ucrania y actual filial de la importante entidad francesa BNP Paribas.

Yaroslavskiy apostó una considerable cantidad de dinero, superior a cualquier inversión pasada en el club, logrando que el Metalist no bajara de la tercera plaza de la tabla en todas las temporadas en las que estuvo al frente del club, alcanzando incluso unos octavos y unos cuartos de final de la Europa League. Hasta su llegada, el club nunca había superado el quinto puesto. Además de ser un importante hombre de negocios, uno de los diez más ricos del país según Forbes, Yaroslavskiy también tuvo actividad política, al igual que su homólogo en el Shakhtar, Rinat Akhmetov. Al contrario que el oligarca de Donetsk, el del Metalist llegó al Parlamento representando al Partido Verde de Ucrania, ahijado del Partido Verde Europeo y de tendencia más cercana al europeísmo, al contrario que el alcalde de la ciudad en el momento en el que Yaroslavkskiy decidió poner en venta el club.

Járkov es la mayor ciudad rusoparlante de Ucrania, aunque esto no delimita las tendencias políticas de la población, como explica Xavier Colás. Sus habitantes se debaten entre prorrusos y europeístas, y fueron estos últimos quienes dieron un golpe de autoridad tras la intensificación del Euromaidán por toda Europa. En abril de 2014, el antiguo alcalde de Járkov y miembro del Partido de las Regiones, Guennadi Kernes, recibió varios tiros por la espalda en la ciudad y tuvo que ser atendido de urgencia en estado de máxima gravedad. El intento de asesinato significó el ensalzamiento de la población europeísta en la ciudad, que no recibió precisamente con los brazos abiertos al nuevo dueño del club, el jovencísimo magnate del gas Sergey Kurchenko.

Kurchenko llegó al Metalist en diciembre de 2012 con solo 27 años de edad. Los problemas de pago del Metalist Stadium, escenario edificado para la Eurocopa’12 de Ucrania y Polonia, provocaron la marcha de Yaroslavskiy, quien había invertido más de 90 millones de euros de su bolsillo para sufragar parte de la obra. En una de sus primeras declaraciones como presidente, Kurchenko anunció que el gasto total del estadio correría a su cuenta. El joven empresario era el propietario de la empresa Gas Ukraine, que controlaba el 18% del mercado de gas licuado en el país, así como las mayores cifras de exportación de petróleo de toda Ucrania. Se trata de un holding de más de 55 empresas del óblast de Járkov y de la actual República Autónoma de Crimea que operaban en el sector y que, en menos de cuatro años, se convirtieron en líderes con Kurchenko a la cabeza. El joven oligarca contaba con el apoyo del Gobierno, al tener una estrecha relación con el entorno del hijo del expresidente Víktor Yanukóvich, así como con el hijo del fiscal general de Ucrania, Viktor Pshonka, todos ellos de tendencia prorrusa.

Sin duda ni vergüenza, Kurchenko afirmó que estaba harto de celebrar terceros puestos en liga y estar a la espalda de Shakhtar y Dinamo un año sí y otro también. El oligarca prometió ganar la liga en tres temporadas y “extender el éxito a Europa en cinco”, espetando algo relacionado con una orejona. Osado. Menos de cuatro años después, el equipo está hundido en los bajos fondos de la Premier League y el oligarca fugado de Ucrania.

En la primavera de 2014, tras la intensificación de las protestas del Euromaidán, varios activistas europeístas se manifestaron contra Kurchenko en Járkov. Muchos de ellos eran aficionados del Metalist, cuya hinchada –en su mayor parte– es más cercana a estas tendencias. Los aficionados no querían un presidente prorruso, corrupto y con estrechos lazos de vinculación con el anterior Gobierno. Ante tal situación, Kurchenko huyó a Moscú, donde siguió controlando sus negocios pese a perder una importante cantidad de dinero con la caída del antiguo régimen. “El Metalist es la viva imagen de cómo el conflicto puede afectar en todos los aspectos de la vida. Con dinero consiguió mucho, ese club”, asevera Jordi Gratacós, cuyo anterior club, el Dnipro, guarda una estrecha rivalidad con la entidad de Járkov. “El club tiene muchos problemas económicos y organizativos que le impiden seguir fichando grandes jugadores e intentará subsistir de la mejor manera que pueda”, afirma.

Durante las épocas de Yaroslavskiy y Kurchenko, el Metalist firmó una gran cantidad de jugadores procedentes de Sudamérica, al igual que el Shakhtar. Uno de ellos fue Edmar de Lacerda Aparecida, aunque procedía de otro equipo ucraniano, el crimeo Tavriya Simferópol. Tal era la vinculación del jugador de Mogi das Cruzes con el país, que cuando le propusieron nacionalizarse ucraniano y ser parte de la selección nacional, no dudó en aceptar. Lejos de poder participar con el combinado de su Brasil natal, el pivote defensivo cambió uno de sus apellidos –como mandan los cánones en Ucrania– y pasó a llamarse Edmar Halovskiy de Lacerda, adquiriendo el de su esposa ucraniana. Precisamente fue ella quien le avisó, tras un entrenamiento del Metalist, que había recibido una carta del Ejército Ucraniano instándole a presentarse en Kiev para combatir de su lado frente a los rebeldes prorrusos, como muchos otros ciudadanos ucranianos. El jugador, asustado, dejó el tema en manos del club alegando que era jugador profesional, nunca había hecho el servicio militar y no quería estar en un combate. Mientras se resolvió el asunto, Edmar meditó incluso la posibilidad de abandonar Ucrania. Pese a que no fue así, el jugador sí se marchó de Járkov, pasando a jugar esta temporada en su gran rival: el Dnipro Dnipropetrovsk.

El fútbol no desaparece…

…ni siquiera en el frente

4. REPÚBLICA DE CRIMEA
Durante la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de la población que habitaba la península de Crimea era de origen tártaro, un pueblo que emigró a la zona por medio del Mar Negro. En el transcurso de la guerra, una minoría tártara colaboró con las fuerzas nazis, lo que no sentó nada bien a Stalin pese a que el resto de la población de la misma etnia combatiese bajo su mismo bando. La decisión del dirigente fue tajante: expulsar a todos los tártaros de Crimea y deportarlos a las estepas de Uzbekistán. La península, por aquel entonces perteneciente a Rusia, albergó una mayoría étnica rusa a pesar de que en 1954 fuese transferida a la República Socialista Soviética de Ucrania. Desde entonces hasta nuestros días, los censos recogen que la mayoría racial en la zona sigue siendo rusa.

Fueron precisamente los rusos de Crimea quienes se levantaron tras el derrocamiento de Víktor Yanukóvich en febrero 2014 y se concentraron en la capital, Simferópol, para protestar y declarar su independencia. Los miles de manifestantes prorrusos consiguieron sustituir al nuevo alcalde de Sebastópol, nombrado por el nuevo Gobierno europeísta de Kiev, por uno prorruso; algo que también conseguirían poco tiempo después en el Parlamento de Crimea en Simferópol, donde nombraron un nuevo primer ministro mediante una moción de censura. Los europeístas se echaron a la calle tras estos sucesos y dieron comienzo a unos enfrentamientos con el bando prorruso en los que intercedieron la Policía de Crimea y las tropas que Rusia tiene en el Mar Negro, en su base de Sebastópol, el bastión ruso en Crimea. Dicha base naval es uno de los motivos por los que Rusia se niega a abandonar Crimea, al ser un punto estratégico en la zona.

 

Cuando el referéndum nombró a Crimea distrito federal ruso, el Tavriya Simferópol y el Sebastópol –dos clubes crimeos– retornaron al campeonato ucraniano. Acabarían desapareciendo.

 

El 16 de marzo de 2014, los crimeos llevaron a cabo un referéndum en el que se decidía si la región se independizaba, continuaba en Ucrania o se anexionaba a Rusia. Pese a que países como Alemania o Japón no lo reconozcan como legal, el resultado del referéndum fue aplastante: más del 96% de los votos fueron a la opción de anexionarse a Rusia, con más del 80% de la participación. Como es evidente, Ucrania tampoco reconoció como válido el referéndum que les arrebataba parte de su territorio, pero no se quedó ahí. Recientemente, el actual presidente del país Petró Poroshenko, ha declarado que los ucranianos deben unirse y tomar medidas para el retorno de Crimea, afirmando que se trata de un “territorio propio en ocupación temporal”. Igual de tajante que Poroshenko, pero con una opinión contraria, se manifiesta el corresponsal en Moscú Xavier Colás: “Es imposible que Ucrania retorne a Crimea, un disparate. El Ejército de Ucrania se encontraría con tropas rusas, no con rebeldes apoyados por Rusia como en Donetsk o Lugansk, que podrían traspasar la frontera de la península y atacar directamente a Ucrania”.

Toda la situación se desarrolló paralelamente al retorno de la Premier League ucraniana tras el parón invernal. Justo cuando el referéndum nombró a Crimea distrito federal ruso, el Tavriya Simferópol y el Sebastópol –dos clubes crimeos– retornaron al campeonato ucraniano. Pese a que ya se sabía que su continuidad en la liga estaba en el aire, ambos acabaron la temporada. El Tavriya, primer campeón de la Premier League ucraniana en 1992, acabó descendiendo por primera vez en su historia con tan solo diez puntos, mientras que el Sebastópol cuajó un meritorio noveno puesto. Tras el final de la liga, allá por el mes de mayo de 2014, ambos clubes fueron expulsados de la Federación de Fútbol de Ucrania y, al poco tiempo, desaparecieron.

Tanto Tavriya como Sebastópol se refundaron con nombres parecidos y fueron acogidos por la Federación Rusa para disputar los partidos de aquella liga, aunque sin saber bien dónde reubicarlos. Antes del inicio del campeonato doméstico, los equipos crimeos de Simferópol, Sebastópol y Yalta participaron en la primera ronda de la Copa de Rusia. La UEFA, que había avisado con anterioridad de que ninguno de ellos podía ser anexionado a la federación rusa, emitió un comunicado en el que declaraba de manera tajante que no habían podido llegar a un acuerdo con ninguna de las partes y no reconocía a los clubes crimeos como rusos, impidiéndoles jugar competiciones oficiales del país bajo amenaza de la FIFA de retirarles la organización del Mundial de 2018. No obstante, en el mismo escrito, la UEFA afirmó que el desarrollo del fútbol en la zona podría ser “positivo y beneficioso para mantener a las personas unidas, especialmente en tiempos de conflicto y agitación”.

Con el objeto de dar forma a las palabras de la UEFA, el máximo organismo futbolístico de Europa apoyó, junto a inversiones rusas, la creación de la primera edición de la Premier League de Crimea. Esta se organizó con la participación de ocho clubes, incluyendo los refundados equipos de Simferópol y Sebastópol. Pese a contar con el apoyo de la UEFA, la competición no tiene la licencia para participar en competiciones europeas, aunque se está trabajando en ello de cara a la próxima temporada. En la actualidad, el TSK Simferópol ha tomado la delantera de la liga y va camino de convertirse en el primer campeón de Crimea como ya lo hiciera su predecesor en Ucrania.

Nacionalismo crimeo

Ejército ucraniano en Crimea

5. ÓBLAST DE LUGANSK
Históricamente, la región que dibuja a su paso la cuenca del río Donéts al este de Ucrania ha sido conocida como Dombás. Administrativamente no tiene reconocimiento alguno, ya que el territorio formaba parte de Ucrania en su anterior organización territorial y solo se utiliza en el ámbito cultural e histórico. La región está formada por los óblast de Donetsk y Lugansk, los más orientales de todo el país y limítrofes con la frontera rusa. En ellos se halla la capital de óblast más cercana a Rusia de todas cuantas hay en Ucrania: Lugansk. Apenas 25 kilómetros separan el óblast ruso de Rostov con la ciudad de Lugansk, cuyo territorio también fue proclamado en 2014 como República Independiente y es uno de los focos más conflictivos de la guerra. “En estas dos ciudades (Donetsk y Lugansk) hay un componente prorruso muy importante porque están ligadas industrialmente a Rusia. Aunque no noté un componente antirruso, ambas defienden lo que es suyo”, cuenta Xavier Colás en relación a las tendencias de la región del Dombás.

Hasta el estallido del conflicto, en Lugansk tenía su sede el Zorya, uno de los equipos con más historia de Ucrania y uno de los tres que puede presumir de haber ganado un título en los años de la Unión Soviética junto a Dinamo Kiev y Dnipro Dnipropetrovsk. La posición de Lugansk respecto a Rusia y la existencia de checkpoints prorrusos dentro de sus límites hicieron casi insostenible que el club continuase en la ciudad que le vio nacer y que llevaba albergando sus partidos más de 90 años. En la actualidad han visto obligados a mover su sede a Zaporiyia, donde juegan sus partidos como local en las competiciones ucranianas. No obstante, la UEFA no permite disputar partidos de competiciones europeas en la zona, obligando al club a trasladarse hasta el Lobanovskiy Stadium de Kiev para hacerlo.

Dmytro Khomchenovskiy tiene 26 años y milita actualmente en la S.D. Ponferradina como centrocampista. Nació en el óblast de Donetsk y se formó como futbolista en la prolífica cantera del Olimpik. Como muchos otros futbolistas del club en la primera década del siglo XXI, Khomchenovskiy tuvo que salir para labrarse un futuro en el mundo del fútbol. Primero llegó al ya extinto Kryvbas en calidad de cedido, club con el que debutó en la máxima categoría, para luego recalar en el Zorya Lugansk, donde permaneció hasta cinco temporadas y media, consolidándose en la élite, debutando en Europa e incluso siendo llamado por la selección nacional: desde las categorías inferiores hasta su debut con la absoluta en agosto de 2013. Pese a haber comenzado la actual temporada en el Zorya –llegó incluso a disputar tres partidos de Europa League– el conflicto ha pesado demasiado: “Claramente, ese ha sido uno de los motivos por los cuales cambié de equipo y de país”, explica el ucraniano.

Khomchenovskiy vivió el conflicto de forma interna desde uno de los focos y conoció de primera mano cómo afectó esto al fútbol: “En primer lugar, el conflicto se vio reflejado en el fútbol ucraniano en general y posteriormente en los jugadores”. Reconoce que se vivieron momentos difíciles en el seno del club y esto se hizo extensible a otras entidades: “No pagaban los sueldos, las condiciones de entrenamiento empeoraron notablemente y los jugadores de Lugansk y Donetsk se quedaron sin casas”. Junto a él, un vestuario entero se tuvo que marchar hasta Zaporiyia para lograr la supervivencia del club. Aunque fueron momentos difíciles, Khomchenovskiy confiesa que el traslado unió más a todo el equipo e hizo que fueran una familia. No en vano, el Zorya está completando una de las mejores temporadas de su historia desde la fundación de la Premier League ucraniana en 1992.

Paradójicamente, el equipo se ha reforzado futbolística y mentalmente a raíz del conflicto y es en esa situación, a más de 200 kilómetros de casa, cuando están llegando unos resultados que no obtenían desde la época soviética y permiten al equipo mantenerse en la lucha con el Dnipro por la tercera plaza de la liga y la clasificación a la final de copa. “El Zorya es un equipo unido y una familia tanto en el campo como fuera de él. Creo que este es el motivo de todos los resultados conseguidos”, asegura Khomchenovskiy. Además de a su antiguo club, el jugador comparte la opinión de Jordi Gratacós y hace extensible ese sentimiento de pertenencia a la selección, destacando que el conflicto “ha sido un estímulo para ser más disciplinados y responsables, haciendo que el deseo de ganar aumente notablemente”.

Aunque la situación haya repercutido positivamente en algunos aspectos deportivos, la guerra sigue dejando miseria y situaciones críticas en el este de Ucrania. “Como cualquier consecuencia de una guerra, esta ha dejado muchas muertes, casas devastadas y muchas personas que se quedaron sin dinero y sin sus viviendas”, comenta Khomchenovskiy, cuya familia aún vive en la zona afectada: “Me preocupo bastante por ellos, porque es muy peligroso”. Como apuntó el periodista Xavier Colás, el conflicto sigue congelado pero dejando un goteo constante de muertos que, dos años después, no cesa. ¿Hasta cuándo?