El área es como Gran Hermano: ahí dentro todo se magnifica. Los delanteros, los encargados de cumplir los sueños de los niños, a veces se preguntan “quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza”. La respuesta es sencilla: los centrales. Son los malos de la película, pero no tanto como los porteros, los villanos que todos querríamos ser. La maldad de los centrales, como la del que hace spoilers o cambia el rollo de papel, tiene menos glamour. No acaparan focos pero aún así parecen disfrutar con lo que hacen. Tienen funciones que los demás haríamos una vez con suerte, como ordeñar una vaca o tejer una bufanda. Los centrales madrugan sin despertador, entran al gimnasio con buena cara y comen brócoli y quinoa porque les apetece.

De entre todos, en los últimos años destaca Virgil van Dijk. El neerlandés es un central atípico, que se sale del molde de los defensas que van al cruce con el ceño fruncido. Estamos acostumbrados a los centrales que dejaríamos pasar en la cola del super aunque llevaran el carro lleno, pero lo de Van Dijk es otro rollo. Es un central fino, hasta educado, como si no necesitara malos modales para robar balones. “Es solo mi trabajo”, parece pensar, mientras corre con una superioridad aplastante.

 

En 2020 sufrió una grave lesión que le obligó a estar fuera más de 300 días. Una lesión es como una siesta, nunca se entra como se sale. Pero Van Dijk, aunque cueste creerlo, parece incluso mejor que antes

 

El ex del Southampton consiguió cambiar la dinámica del Liverpool. Klopp, desde su llegada, fue construyendo un equipo paso a paso, un puzzle casi perfecto al que le faltaba la pieza central. Con su fichaje, los ‘Reds’ volvieron a conquistar la Premier League y la Champions muchas temporadas después. El Liverpool nunca ha perdido en Anfield en liga si Van Dijk estaba en el campo. Son ya 60 partidos, con 52 victorias y apenas ocho empates. Ahora los de Klopp acumulan tres partidos sin encajar, con Van Dijk, como el héroe de las películas de zombis, encargado de atrancar la puerta y echar el pestillo.

Lo del neerlandés tiene doble mérito porque en 2020 sufrió una grave lesión que le obligó a estar fuera más de 300 días. Una lesión es como una siesta, nunca se entra como se sale. Pero Van Dijk, aunque cueste creerlo, parece incluso mejor que antes. No debe de ser fácil además ser central en la Premier League, donde los defensas ven venir a los delanteros como si estuvieran en la estampida en la que muere Mufasa. A veces recuerdan a aquellos concursantes del Grand Prix que se quedaban quietos sobre un pivote, mientras Fructuosa, la vaquilla más mentirosa, daba vueltas por el ruedo. A ella también Van Dijk le diría, como Gandalf en Moria, que no puede pasar. Pero sin gritar.

 


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Fotografía de Imago.