Resultaba evidente que para dar el siguiente paso, el último en su caso, el Liverpool de Jürgen Klopp debía mejorar en defensa. La cuestión era: ¿iba a poder lograrlo sin restar voracidad, agresividad y verticalidad a su magnífica delantera o tendría que negociar, en definitiva, la identidad de su equipo? Esto es lo que estaba por ver.

En el fútbol todo está conectado. No puedes ser un equipo alegre, flexible y atrevido en ataque y pretender ser sólido, lineal y ordenado en defensa. Dime cómo atacas y te diré cómo puedes defender. Dime cómo defiendes y te diré cómo puedes atacar. El caso es que, como todos sabemos, el Liverpool es un conjunto de ritmo extremo, no alto, extremo, que busca agredir constantemente al contrario y que no escatima en recursos para ello. Mete para dentro a los de fuera, proyecta a los laterales, suelta a los centrocampistas, que tienen permiso para atacar tanto la frontal del área como el mismísimo punto de penalti… Klopp es rock and roll ante todo y contra todos.

Por eso con balón y en ataque todo comenzó a fluir muy pronto. Pero, sin él, el Liverpool estaba demasiado expuesto y no estaba creciendo al mismo ritmo. Crecía, mejoraba, como los registros de goles encajados muestran (50 -> 42 -> 38), pero ni lo hacían al ritmo necesario ni, sobre todo, parecía haber mucho más margen de mejora. Se podría decir que la defensa del Liverpool se encontró a mediados de la temporada pasada con dos techos de cristal: la identidad del equipo y la falta de calidad individual de sus hombres. Lo primero exponía a lo segundo y lo segundo desnudaba a lo primero.

A nivel colectivo poco se podía mejorar. El Liverpool comenzaba a jugar como un reloj y sus rivales, siempre incómodos, tenían que competir bajo sus reglas. Klopp no iba a negociar la presión, no iba a negociar el cargar el área con cinco jugadores y, por supuesto, no iba a bajar el ritmo a los encuentros bajo ningún concepto. El salto debía ser individual. Y entonces llegó Virgil van Dijk por 78 millones. Y entonces todo cambió.

 

Klopp no iba a negociar la presión, no iba a negociar el cargar el área rival con cinco jugadores. El salto en defensa debía ser individual. Y entonces llegó Virgil van Dijk por 78 millones. Y todo cambió

 

El holandés, al que ya había pretendido Klopp en verano, es uno de esos centrales que mejoran automáticamente el sistema defensivo de todo el equipo porque es un sistema defensivo en sí mismo. Su capacidad para proteger su zona e incidir en la de los demás es la que está permitiendo al Liverpool proyectar una línea de 19 goles encajados a final de temporada. Una cifra que es exactamente la mitad de la que firmó el pasado curso. Una cifra con la que sí se puede campeonar.

El gran crecimiento del Liverpool ha llegado en área propia. Antes un lugar en el que se prefería no estar, pues cada minuto que el conjunto ‘red’ pasaba cerca de Karius era una invitación para que éste, Lovren, Matip o quien pasase por allí cometiese un error de gol. Ahora una zona del campo más, en la que el equipo juega junto y ha aprendido a sufrir, y desde la que los delanteros pueden tener más espacios para imponer su velocidad y desborde. Obviamente, los 193 centímetros de altura de Van Dijk son los grandes responsables de esta novedosa seguridad. Pero el holandés no sólo es alto. Brilla por su posicionamiento, por su concentración, por su lectura y por su gran timing. Ni se le adelantan ni se adelanta él. Ni se mueve mucho ni se mueve poco. Simplemente ve, corrige, decide, actúa e impone su ley, la del más fuerte.

Una fórmula que no cambia cuando le toca alejarse de su área, que como no puede ser de otra manera es la mayoría del tiempo. La teoría dice que así debería estar más incómodo, pero la práctica lo desmiente. El cuerpo de Van Dijk es pesado y, por tanto, le cuesta arrancar más que al resto. Pero esto no es tan problemático si lo hace antes que el rival (además de ser muy intuitivo siempre está bien perfilado y orientado hacia el desmarque del punta contrario) y desde una mejor posición (cuenta con una interpretación perfecta de los espacios que le hace estar siempre en su sitio).

En estas mismas circunstancias, Mats Hummels, otro central pesado, también logró sobresalir durante varios años en Dortmund a las órdenes de Klopp. Pero al contrario que el alemán, el holandés no transmite estar nunca sobre el alambre. No es ningún funambulista necesitado de un gran estado de inspiración para sobrevivir. Él no necesita ir al suelo, no necesita apurar cada acción. No parece estar sufriendo. Jamás.

La seguridad y jerarquía que transmite Virgil van Dijk en cada duelo individual abruma. Su encuentro en Champions ante el Nápoles, con su equipo expuesto en el terreno de juego y en la clasificación del grupo, le sitúa indudablemente como el central de la temporada. Pero si de verdad uno quiere observar su impacto y trascendencia, las cuales le deben llevar a ser considerado también como uno de los futbolistas, en general, de lo que va de curso, lo que tiene que hacer es fijarse en Trent Alexander Arnold, Joe Gómez / Dejan Lovren y Andrew Robertson en cada partido. Son ellos, con lo que hacen y lo que no ya no necesitan hacer, con lo que se pueden permitir y lo que ya no permiten, los que definen con verdadera justicia lo que está haciendo Virgil van Dijk en Liverpool.

Porque con Van Dijk en el campo Trent Alexander-Arnold puede mirar siempre hacia delante sin necesidad de mirar hacia atrás, Dejan Lovren o Joe Gómez no necesitan preocuparse de lo que pasa a sus lados y Andrew Robertson puede llegar en el momento justo, ni antes ni después, a todos los sitios a los que debe llegar. Porque, en definitiva, con Van Dijk en el campo Jürgen Klopp puede seguir siendo Jürgen Klopp.