Creo que no creo en los milagros. No lo tengo del todo claro, la verdad. Pero si tuviera que situarme en uno de los dos bandos, apostarlo todo al rojo o al negro, imagino que desfilaría hacia la hilera de los escépticos en el juicio final. Lo haría de puntillas, cuidadoso. Y con dudas, muchas dudas. Por historias que yo mismo viví. Como la del día que salí volando por la ventana de un coche y quedé ileso. Por relatos tan imposibles como ciertos que me han contado. Por culpa de un portero que, cuanto más difícil parecía que aquel balón no acabase durmiendo entre redes, más fácil lo hacía él para evitarlo. Partido tras partido, semana tras semana, temporada tras temporada. Siempre con la misma tozudez de hacer creer a los incrédulos.

Y es que parte de su carrera tiene más de imposible que de posible. Porque no es muy normal que la primera convocatoria de alguien con el club de toda su vida obligue al director de una escuela a entrar en un aula y decirle a un mocoso de 16 años que pille sus cosas y se vaya directo a Barajas para viajar con el primer equipo a Noruega, a un partido de la Champions League. Como tampoco es cotidiano entrar en el minuto 68 de una final de esa misma competición y con solo 20 años desbaratar una, dos, tres, o las tantísimas claras ocasiones de gol que tuvieron unos cuantos teutones en su intento por impedir que el rey de Europa levantase la ‘Novena’. Y díganme ustedes si es normal, o al menos aparenta serlo, que alguien se plante en una tanda de penaltis ante Italia, que en esto de ganar ha ido siempre sobrada, y lleve a un país gafado a alcanzar las semifinales de una Eurocopa después de 24 años sin pisarlas. Una estirada hacia la izquierda. Otra hacia la derecha. Y antes, una zurda salvadora ante Mauro Camoranesi. El pie contrario lo utilizaría dos años después, en Sudáfrica, en una de las galopadas que más eternas se nos han hecho nunca. Con un gesto extraño, venciéndose a un costado invitando a Robben a enviar el balón por el otro, sin pensar el neerlandés en que un pie aparecería de la nada para continuar soñando con la primera estrella en el pecho de ‘La Roja’. Minutos después volverían a encontrarse y el ‘Santo’ volvería a ganarle la partida arrebatándole el balón de sus botas, dejando claro al ‘oranje’ que si alguien iba a levantar una copa esa noche sería un mostoleño poco dado a sobrenombres galácticos.

 

Sin ser, probablemente, el más destacado en ninguna de las tareas de los guardametas, acababa siendo el mejor en cada una de ellas

 

Como estas, muchísimas más. Incontables. Indescifrables. Porque a Diego Perotti aún no le ha quedado del todo claro qué hizo mal para que aquel pase a la red, a puerta vacía, no hiciera explotar de júbilo al Pizjuán. Roman Pavlyuchenko quizá no haya vuelto a disparar tan bien como en aquella lluviosa noche de 2008 en la que unos dedos, que a saber de dónde aparecieron, privaron a los rusos de acercarse a la final del torneo continental. Y así tantos y tantos delanteros que un día estuvieron a punto de cantar gol pero no pudieron hacerlo por tener en frente a un portero inigualable, eterno.

Sin ser el más alto, era el que más arriba llegaba. Sin tener un buen dominio del balón en los pies, nadie sabía sacarlos como él para arruinar goles rivales. Sin ser el que más reflejos tenía, era el que nunca perdía de vista el balón. Sin ser un especialista en el uno contra uno, ningún delantero disfrutaba retándose en un mano a mano con él. Sin ser, probablemente, el más destacado en ninguna de las tareas de los guardametas, acababa siendo el mejor en cada una de ellas.

Por todo ello, y por muchísimo más; por un Mundial, dos Eurocopas, tres Champions, cinco Ligas españolas y dos portuguesas, dos Copas españolas y otra portuguesa, y tantos otros títulos; si hubo alguien que alguna vez me hizo creer en los milagros entre los tres palos, ese fue Iker Casillas.

 


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Fotografía de Getty Images.