La primera vez que Luis Enrique apareció con una camiseta azulgrana fue el 23 de julio de 1996. No hacía mucho sol en Barcelona. Era una de esas jornadas de verano que se levantan raras, como si el calor del día anterior las hubiera dejado indispuestas, y apenas conceden una luz tibia, de circunstancias. Lo presentaban junto a Pizzi. Ambos futbolistas le daban toques al balón mientras las cámaras les hacían las capturas de estreno. El fotógrafo que se encargaba de Luis Enrique no acertaba con el ángulo indicado: “Perdón, es que no me ha dado tiempo, soy más lento que el caballo del malo”. “Un poco lento si que eres, ¿eh?”, bromeó el asturiano, provocando la carcajada de una compañera de prensa. Sonriente. Picarón. Y rapado al uno. Así posó en la primera cita en el Camp Nou aquel chico de veintitantos, que parecía arrastrar en cada gesto una carga exótica, desafiante. Quizá porque venía de lejos. De lejísimos. De Madrid, que ya es decir. Otro mundo.

Hace ya muchos años desde aquella primera vez en la que Luis Enrique apareció con una camiseta azulgrana. Y, sin embargo, da la sensación que no ha cambiado nada. Basta con rescatar alguna de sus intervenciones de aquel día en la rueda de prensa. La misma cara, el mismo tono. “Os puede suponer una paradoja que yo esté aquí, cuando mi exequipo hoy monta todo un show americano en el Bernabéu [esa misma noche, el Real Madrid había convocado a 120.000 personas en Chamartín para la ‘puesta de largo’ de su nueva plantilla]. Pero ya hace muchas semanas que pienso solo como barcelonista”. Al acabar la respuesta, un silencio tremendo, de ciudad deshabitada. Mentón arriba. Mandíbulas apretadas. Y los mismos ojos de ‘no sigáis por ahí, que me conozco’.

 

Si el culé paliquea, Luis Enrique brama. Si el culé mordisquea, Luis Enrique, directamente, despedaza. Con todos los dientes, seguro de sí mismo

 

Luis Enrique es y ha sido un culé extraño. Un tipo que desde la primera noche trató a Catalunya como si fuera la única, y no la tercera o la quinta, y que durante todo este tiempo, antes como futbolista y ahora como técnico, ha procurado demostrarle al seguidor del Camp Nou que existe otro modo de sentir sus colores. La personalidad del culé estándar, si se me permite la generalización, es radicalmente opuesta a la que posee el (todavía) entrenador de la primera plantilla del Barça. Por eso, en la parroquia azulgrana, más cómoda frente a lo delicado que ante lo intrépido, su llegada causó entre temor e impacto: fue como si un perro se hubiera colado de un salto en un cercado lleno de polluelos.

Si el culé paliquea, Luis Enrique brama. Si el culé mordisquea, Luis Enrique, directamente, despedaza. Con todos los dientes, seguro de sí mismo. Si lo piensas bien, no deja de ser bello que dos modos de funcionar tan distintos hayan sido capaces de convivir durante décadas. La relación que mantienen ambas partes, tan improbable y a la vez tan tierna, me recuerda a esa escena de Gran Torino en la que el personaje que encarna Clint Eastwood, Walt, un viudo de Míchigan, acepta a regañadientes una invitación a la barbacoa que se está celebrando en la casa de al lado, en la que se ha instalado a vivir una familia de procedencia asiática (“los amarillos”, así los llama él). Antiguo combatiente de la Guerra de Corea, las convicciones profundamente patrióticas de Walt no le permiten ser demasiado cortés con sus nuevos vecinos. Pero ahí dentro, rodeado de esos rostros risueños, amables y divertidos, su rudeza y su mal humor habituales toman otra pose. Siguen estando ahí, por supuesto, pero ahora no solo no te molestan, sino que incluso te ablandan. La mezcla resulta agradable. De repente, lo incompatible ha encajado. Clac. Y el resto es música.

No hay nada como ser, a priori, antagónicos. Eso le permite a cada parte aprender de la otra. Luis Enrique le debe al Barcelona una visión concreta sobre el fútbol, un estado de autocrítica permanente y una cierta pasión por lo sutil y lo sofisticado. Y a la hinchada del Barcelona le toca agradecerle a Luis Enrique sus defectos terrenales, su tozudez de acero y el reflejo de apretar los puños, en lugar de encogerse, cuando todo parece que va a romperse.

El culé suele vivir el fútbol más con la cabeza que con el corazón, como si este segundo tuviera problemas de salud y no conviniese exponerlo a sobresaltos. Antepone la previsión a la sorpresa, la tristeza al enfado, el raciocinio a la épica. El culé representa, en el fondo, una estética de lo pausado y lo organizado, solo que al mismo tiempo le exige que sea hermoso y perfecto. Y sobre ese tejido impactó el asturiano, un púgil con alma, de los que fían cada golpe a su instinto.

Puede que le haya faltado propuesta. Puede que se haya estancado en su intento de perfeccionar un estilo que ya había alcanzado la cima. Puede que haya metido la pata con algunos fichajes. Puede que, de tanto recostarse sobre los tres de enfrente, haya partido el sistema por la mitad, dejando al equipo sin centro. Puede que se haya desviado de la esencia. Pero hay algo que jamás se le podrá reprochar a Luis Enrique: el espíritu competitivo. Supo pinchar el nervio de un bloque que ya lo había ganado todo.

En unas horas regresará la Champions. Se viene uno de esos encuentros que son mitad verdad y mitad mentira, en los que todo y nada es posible. La suerte para el Barça es que en su banquillo seguirá el mismo tipo que naufragó en París. Porque las remontadas se proyectan con la cabeza, pero solo se atrapan con el corazón.