Al Clásico se sabe cómo se llega pero no cómo se sale. Hace dos temporadas, el Real Madrid de Zidane se plantó en el Camp Nou con la liga perdida y se fue igual, pero con una inyección de moral y a siete puntos de diferencia. El Barça tropezó todo lo que pudo, hasta que se vio obligado a ganarlo todo para ser campeón de Liga. Algo parecido le sucedió al Madrid el año pasado, mucho más asfixiado porque, después de que Messi tendiera la camiseta en el Bernabéu, el Madrid no tenía margen de error. No falló.

Es bueno analizar cómo llegan Barça y Madrid, no porque estemos a punto de llegar al ecuador de la competición ni, mucho menos, a fin de año. Como decía Nick Hornby, los futboleros vivimos en temporadas y es en junio cuando pasamos balance de nuestro año. Pero sí que es bueno analizar a Barça y Madrid ahora, porque después del partido quizás ya no sean los mismos Barça y Madrid. Ayuda pensar también que, por fin, todos nos ponemos de acuerdo en que la previa de este partido vale muy poco, como si las del resto sí que sirvieran. Me gusta pensar que se llama El Clásico porque en el fondo sabemos lo mismo de él que de todos los partidos: nada. Aun así, todos tenemos derecho a tener nuestra propia teoría de El Clásico, como que la Liga pasa por el Bernabéu -como si el campeonato fuera el AVE- o que Cristiano y Messi pueden decidir el duelo. Menos mal. Ahí va la mía: el Barça es la tarde de un domingo otoñal y el Madrid es la noche veraniega de un sábado.

Martín, uno de los protagonistas de Sobre héroes y tumbas, explica durante muchas páginas de la portentosa novela de Ernesto Sábato lo imprevisible de su amor con Alejandra, precisamente porque ella era anárquica. Podían verse en la entrada de un banco o en un puente, a las cinco de la tarde o a las dos de la mañana, podían bromear o discutir o, incluso, estar toda la cita en silencio antes de no volver a verse en semanas. “Y sin embargo ha sido el período más maravilloso de mi vida”,  sentencia en sus explicaciones Martín. El Real Madrid huye de la rutina y desconecta durante largos períodos de tiempo igual que lo hacía Alejandra. Es un equipo que necesita oler a muerte, y si es la suya, mejor.

 

Sabemos cómo llegan Barça y Madrid pero no cómo se marcharán

 

“Acerca tu silla al borde del precipicio y te contaré una historia”, decía Scott Fitzgerald. La historia de las Champions League del Madrid, olvidó apostillar. Los de Zidane perdieron puntos contra Girona, Levante y Betis y quedaron segundos en la fase de grupos. Muchos se llevaron las manos a la cabeza sin reparar en que el Madrid no se jugaba nada más que tres puntos. Y eso, para un equipo que tiene doce Champions en su vitrina, seamos sinceros, tiene que saber a poco. El Real Madrid no cambia con sus entrenadores porque es un estado de ánimo. Con Zidane, a veces más psicólogo que entrenador, ya hemos visto todas las variantes. Y eso, como le pasaba a Alejandra con Martín, nos vuelve locos.

Si el Madrid es Sobre héroes y tumbas, el Barça, que sí cambia en función del entrenador, es El perjurio de la nieve. Bioy Casares narra en uno de sus mejores cuentos el calvario de una familia que sufre el cáncer de una de sus hijas. La chica no muere el primer día que está enferma, y a eso se agarra la familia. Todas las acciones de esa casa se repiten un día tras otro hasta superar todos los pronósticos de los médicos. Ese cuento es el ejemplo claro de lo que es la rutina: un lugar cómodo y caliente en el que ampararse cuando las cosas están torcidas. En la rutina siempre está todo en orden.

Con Valverde, el Barça ha aprendido a darle importancia al partido más inmediato. Los blaugrana son un equipo sencillo, entendido esto como un elogio, pero nunca vulgar, aunque a veces colinda en exceso con la parquedad. Valverde ha trazado una línea que empieza en Ter Stegen y acaba en Messi, con Jordi Alba como conductor. La caligrafía de el Txingurri recuerda a la del escritor portugués Gonçalo Tavares, que cree que la literatura no necesita nada más que una frase y justo después de una frase, otra frase. En esas oraciones simples, Valverde ha intercalado complementos circunstanciales, como Vermaelen, capaz de mantener la portería a cero en encuentros exigentes, o Alcácer, presto y dispuesto a revolucionar un partido.

Parecía que el Barça solo podía ser comandado por el iracundo Luis Enrique o por el aura de Guardiola pero entonces apareció Valverde. Hizo un álbum con todos sus problemas -salida de Neymar, llegada de escasos fichajes, moción de censura, independencia de Catalunya, renovación de Messi, lesión de Dembélé…- y ante todas las fotografías ponía la misma cara. “La búsqueda de la emoción nos matará a todos”, reza Enrique Ballester en su última columna. Si algún día me preguntaran por la ventajas de las redes sociales, mi respuesta tendría solo dos palabras: Enrique Ballester. Me atrae su abandono voluntario de la épica y la grandilocuencia y, dicho sea de paso, me recuerda mucho a este Barça. “El relato del fútbol se construye en torno a lo anormal. Esta aspiración guarda un problema: cuando se abusa de la grandilocuencia lo anormal termina siendo también normal”. El Barça, antes una crónica de Ramon Besa, es ahora una columna de Enrique Ballester.

Sabemos cómo llegan Barça y Madrid pero no cómo se marcharán. Se dice que el Madrid tiene que mejorar, olvidando que el Madrid mejora cuando le da la gana, como si no quiere mejorar y aun así levantar la Champions League por tercer año consecutivo. Con menos presión pero con algo de rintintín, se dice también que el Barça va a mejorar con el regreso de Dembélé y el fichaje de Albertini o Maxi López. Convendría preguntarle a Valverde si cambiaría un ápice de su equipo. En El perjurio de la nieve, un día se coló un huésped en la casa y la chica murió al amanecer. Bendita rutina.