Sinceramente, hasta antes de escribir estas líneas no sabía el resultado exacto del partido, tampoco la eliminatoria en la que se dio el cruce, ni si aquel choque fue de esos que uno tarda años en dejar marchar de sus recuerdos. Conociendo lo que escocieron entre el pueblo argentino aquellos tres sutiles, perfectos e inmejorables toques de Dennis Bergkamp al balón, podía hacerme una idea. Argentina cogía un billete de vuelta para cruzar el charco. Los neerlandeses continuaban con firmeza su trayecto por suelo francés.

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Dicho esto, contextualicemos un poco antes de entrar en detalle. Cuartos de final del Mundial de Francia’98. Argentina venía de una impoluta fase de grupos antes de superar a Inglaterra en los octavos desde los once metros. La ‘Oranje’, por su parte, sufrió algo más para clasificarse como primera de grupo, con apenas cinco puntos en el casillero, y llegó a los cuartos de final con un tanto in extremis de Edgar Davids frente a Yugoslavia. Ya formando parte de las ocho mejores selecciones del mundo, Argentina y los Países Bajos buscaban hacerse un hueco entre las cuatro candidatas a levantar la Copa del Mundo. El primer golpe lo atestó Patrick Kluivert poco después de cumplirse los diez minutos de juego. Cinco después, el ‘Piojo’ López igualaba de nuevo la contienda. Y no volvió a moverse el marcador en el primer tiempo. Tampoco durante el segundo acto, hasta que apareció Dennis Bergkamp.

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Hay goles, gestos, detalles, momentos, inolvidables. Pueden pasar años, siglos, guerras, conflictos, pandemias, huracanes, apocalipsis; no importa, permanecerán ahí, inamovibles frente al paso de todo lo que deba suceder. Son instantes que, aunque puntuales y fugaces, trascienden más allá del contexto en el que se encuentran. Quizá porque no lo necesiten, porque su recuerdo, por sí mismo, ya es mucho más bello por separado que uniéndolo al resto de la historia en la que se encuentran. Y exactamente eso es lo que ocurre cuando volvemos a ver volar aquel Tricolore Adidas blanco de punta a punta del césped del Vélodrome marsellés. Qué importa el Mundial, qué más da quién juegue, la ronda que sea, los once de un lado y los del otro. Cuando es Dennis Bergkamp el destinatario de un balón, todo lo demás, por extraordinario que pueda ser, debe entenderlo; dar un paso atrás, callar, observar y, sobre todo, disfrutar.

No sé si el fútbol ha tenido la suerte de encontrarse en sus ciento y pico años de historia a alguien con la inteligencia de Dennis Bergkamp en el control. Si se ha cruzado por su camino, qué suerte la suya. Aunque déjenme dudarlo. Ese primer toque del neerlandés era como el más preciado de los metales, un tesoro para cualquiera de los equipos por los que pasó. Una ventaja. Segundos de margen para el ataque, segundos mortales para la retaguardia. Mientras las defensas se resquebrajaban, las rodillas quedaban hechas papilla y los ojos de los defensores perdían de vista al balón, el gol estaba un paso más cerca. Y eso fue lo ocurrido en aquel lejano 4 de julio de 1998.

Envío largo, larguísimo, de Frank de Boer. Un pase de esos donde entra la duda. La duda de si realmente el tipo se marcó el mejor pase de su vida o era un adiós muy buenas, balón, y que sea lo que Dennis quiera. Siendo Frank de Boer compraría la primera, la verdad. El balón cruzó por encima de Argentina entera. De Batistuta hasta Ayala. De la frontera con Bolivia hasta la Tierra del Fuego, a la vez que surcaba la cordillera de los Andes. Y entonces apareció Dennis Bergkamp, con tres toques memorables, para regalarnos uno de los goles más bonitos de la historia de los Mundiales.

El primer contacto con el balón, el control, probablemente sea inmejorable. Ningún asesino mataría con más astucia. No habría enamorado que le regalara una mejor caricia a su pareja. Ni matemático capaz de resolver una ecuación de tal complejidad. Y para el ‘Ratón’ Ayala eso fue imposible de detener. Sus pies no fueron tan rápidos como la cabeza de Bergkamp. Y así fue cómo el neerlandés ganó milésimas de segundo para rematarlo con el siguiente movimiento; un quiebro hacia dentro, sencillo, sin complicaciones, empujando el esférico hacia el pasto para esquivar piernas enemigas. Fue tan sencillo que, como bien explicaba Johan Cruyff al sentenciar que jugar fácil al fútbol es lo más difícil que hay, lo convirtió en un gesto complicadísimo. El central argentino pasó de largo. Los pies dieron un paso de más. Y quedó fuera de combate. Ya solo Carlos Roa podía echar por tierra aquella obra de arte. Pero tampoco lo consiguió. Poca distancia entre ambos, el cuero a media altura y un latigazo con el empeine exterior de Bergkamp. Imposible de detener. Gol. Golazo, de hecho. Uno más para la colección de un futbolista que trascendió más allá de la historia de su selección, de los clubes donde jugó, de todos sus goles y asistencias, porque su fútbol ya fue historia por sí mismo.

 

Y ahora, si tenéis tiempo, deleitaos con este vídeo de sus mejores controles.

 


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Fotografía de Getty Images.