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El ambiente en el Estadio 11 de Junio de Trípoli era tan cálido como una tarde en Al Aziziya, en el desierto libio. 40.000 personas habían salido de sus casas para ver el partido de la selección local contra Togo. Como casi todos los días, se escuchaban explosiones y gritos; esta vez, sin embargo, la atmósfera era de alegría.

Siete minutos después del silbato inicial, Faisal Al-Badri abrió el marcador para los libios con un lanzamiento de penalti que puso de rodillas al guardameta togolés, Baba Tchagouni. Los narradores bramaban y el ruido procedente de las gradas era ensordecedor. Los jugadores se precipitaban hacia las cámaras. Querían rendir homenajes. Al levantarse las camisetas, aparecían imágenes de conocidos que fallecieron, con mensajes como: “No olvidéis a nuestros mártires”. Libia estaba en guerra. Y el ambiente en el estadio lo reflejaba. Fue como si durante 90 minutos estos miles de personas quisieran olvidar los secuestros, las muertes, los atentados y los traumas cotidianos. Así, depositaban todas sus energías en ese recinto, en una catarsis colectiva. La tristeza se descargaba en forma de euforia. En el minuto 17, Komlan Amewou cabeceó con ímpetu un centro al área, pero en su propia portería. 2-0 para Libia. Era el 14 de junio de 2013 y sería el último gol que los libios celebrarían en casa.

Hace mucho tiempo que Libia no sabe lo que es vivir en paz. Muamar el Gadafi se mantuvo en el poder durante más de 40 años, hasta que fue depuesto y asesinado en 2011, en uno de los episodios más impactantes de la Primavera Árabe. Sin embargo, los grupos que se habían unido para derrocar al dictador, tras conseguir lo que querían, empezaron a luchar entre sí. Lo que muchos vieron como una oportunidad para construir una Libia libre y democrática, devino en una guerra civil que duraría toda la década. Se celebraron elecciones más de una vez, sin ningún efecto. El fracaso total de las instituciones facilitó la aparición de milicias armadas, y el Estado se transformó en un campo de minas. El conflicto libio se convirtió en una proxy war (un conflicto armado entre Estados o actores no estatales que actúan en nombre de otras partes que no participan directamente en las hostilidades). Diferentes actores internacionales apoyaban a distintos bandos, según sus intereses -sobre todo las abundantes reservas de petróleo libias-. En la práctica, dos gobiernos luchaban por la supremacía: en el oeste, el Congreso Nacional General -posteriormente Gobierno de Acuerdo Nacional-, con sede en Trípoli y apoyado por Turquía y Qatar; en el este, la Cámara de Representantes, en Tobruk, cerca de Bengasi, respaldada por el Ejército Nacional Libio, así como por países como Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudita. El Estado se partía en dos. En 2015 entró en escena otro agente: el entonces ascendente Estado Islámico, que se hizo con parte del país, en lo que se configuró como su mayor dominio fuera de Siria e Iraq, aunque en el futuro acabaría perdiendo el pulso.

Así las cosas, la FIFA prohibió a la selección libia organizar partidos en su territorio a partir de 2011, y la obligó a disputarlos en países vecinos como Egipto, Túnez, Malí y Marruecos. La restricción tuvo una breve tregua en 2013, por lo que Libia pudo recibir a la selección de Togo en esa comentada tarde de junio. Pero ese partido, en principio, no debía jugarse en Trípoli, sino en Bengasi. Unos días antes del encuentro, sin embargo, la ciudad fue escenario de feroces batallas del conflicto que se adueñaba del país que dejaron más de 30 muertos y cientos de heridos. Por esos hechos, la FIFA decidió trasladarlo a la capital. Aun así, algunos jugadores de Togo no se sentían seguros. Alaixys Romao y Jonathan Ayité, por ejemplo, se negaron a viajar a Libia. Sería una especulación decir que el equipo togolés sintiera la presión, pero el hecho es que, con 17 minutos jugados, el partido ya estaba sentenciado. Eso sí, esos dos goles serían los últimos cantados in loco por los libios. La selección aún jugaría en casa el 18 de mayo de 2014 contra Ruanda, pero el marcador no se movería del 0-0.

Con la situación cada vez peor, la FIFA volvió a prohibir los partidos en el país, que en teoría debía acoger la Copa Africana de Naciones (CAN) en 2013 y el Campeonato Africano de Naciones (CHAN) en 2014. Ambos se trasladaron finalmente a Sudáfrica. Este último, de hecho, lo ganó Libia, dirigida entonces por Javier Clemente. Pero esa sería la única alegría futbolística nacional durante bastante tiempo. La Premier League libia se interrumpió varias veces a lo largo de la década y sólo se completó en tres ediciones: 2014, 2016 y 2018. Mientras tanto, sus vecinos prosperaban. El Al Ahly egipcio ganaría la Liga de Campeones africana en 2012, 2013 y 2020. El Espérance de Túnez en 2011, 2018 y 2019. El Wydad AC marroquí en 2017 y el ES Setif argelino en 2014. Egipto fue subcampeón del continente en 2017 y Argelia fue campeona en 2019. Todos esos países han participado en Mundiales. Todos, excepto Libia. El fútbol del país -como es lógico en medio de una guerra- se ha estancado. Y eso ha tenido un impacto muy fuerte para un pueblo tan apasionado por el juego. “El fútbol en Libia recibe mucha atención y se sigue mucho más que otros deportes”

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, afirma el periodista de la BBC Morad Dakhil. “Aquí la gente de todas las sectas ama el fútbol. Siempre hay mucha expectativa por los derbis y los partidos de la selección. Son muy sentidos”.

Y en 2021, justo cuando Libia celebra los diez años de la revolución que provocó la caída de Gadafi, parece que se recupera cierto grado de normalidad en el país. El 23 de octubre del año pasado, los principales actores del conflicto alcanzaron “un acuerdo de cese del fuego permanente en todas las zonas de Libia”, poniendo fin oficialmente a la guerra. En marzo de este año, se formó un gobierno de transición que debe permanecer en el poder hasta las elecciones generales, previstas para diciembre. “La situación política ha mejorado mucho y hay un gobierno de unidad nacional que ha comenzado su trabajo y sus reformas. La guerra ha terminado, la vida ha vuelto, al igual que la liga nacional. Los libios esperan que este año sea diferente y sea el comienzo de una nueva construcción, estamos deseando escribir una nueva página en la historia y en el deporte del país”, analiza Dakhil. La Premier League libia, que no se jugaba desde abril de 2019, volvió en enero de 2021. Y a finales de febrero otra noticia ilusionó a los amantes del fútbol libio.

El presidente de la federación, Abdulhakim Al-Shalmani, publicó en su cuenta de Twitter un vídeo en el que aparece sonriente. “Hoy tengo buenas noticias, especialmente para los aficionados al fútbol y para todos los libios. Se han eliminado todas las restricciones de nuestros estadios, especialmente las de seguridad”. La Confederación Africana de Fútbol lo confirmó en seguida. “El Comité de Emergencia ha levantado las restricciones de seguridad impuestas a la Federación Libia para la organización de partidos internacionales de la CAF en territorio libio. Esta decisión sigue las recomendaciones de una inspección de los estadios e instalaciones de alojamiento en las ciudades de Trípoli y Bengasi, llevada a cabo por un equipo de expertos de la CAF del 8 al 15 de febrero de 2021”, dijo el organismo continental.

 

“Para los libios, el partido en Bengasi será una potente señal de esperanza de que la vida en su país puede estar volviendo a la normalidad”

 

“El fútbol en Libia ha sufrido y luchado ante las circunstancias. No obstante, nuestros clubes y la selección nacional de Libia no se han detenido, ni han creado excusas para no participar en los torneos extranjeros”, analiza el periodista libio. “El permiso para jugar en nuestros estadios nos hará competir con más fuerza, para que podamos avanzar en los campeonatos africanos. Nuestros aficionados marcan la diferencia en cada evento y cuando vuelvan a los estadios eso quedará claro”.

Con el regreso de la liga y el permiso de la CAF para disputar partidos internacionales en territorios libios, el fútbol nacional volverá, al menos en cierta medida, a la normalidad. Esta noche, después de casi siete años, la selección jugará en casa, en el Estado de los Mártires de Bnina, en Bengasi. El encuentro, de hecho, es esencial para Libia. Las posibilidades de clasificarse para la CAN del próximo año son remotas. El equipo, con tres puntos, va último en su grupo. Tanzania tiene cuatro, Guinea Ecuatorial seis y Túnez diez. El último partido de los libios será en el estadio Benjamin Mkapa de Dar es Salaam, en Tanzania. Libia, dirigida por el montenegrino Zoran Filipović, depositará todas sus esperanzas en sus dos principales figuras: Hamdou Elhouni, del Espérance de Túnez, y Mutassim Al Musrati, del Sporting de Braga -elegido mejor jugador del mes de febrero en la liga portuguesa-. Pero, aunque no se clasifique para la CAN, la gente ya estará satisfecha. Eso no es lo más importante.

Quiso el destino que el primer partido en suelo libio después de tantos años fuera contra Túnez, la principal “casa” de la selección en los últimos años y donde viven tantos refugiados que se fueron al país vecino para escapar de la guerra. “Para los libios, el partido en Bengasi será una potente señal de esperanza de que la vida en su país puede estar volviendo a la normalidad”, observa The Arab Weekly. Un partido que, a pesar de no contar con público debido a las restricciones de la covid-19, será seguido con especial atención por esa gente que ha sufrido tanto y que ahora sabe que, finalmente, su selección volverá a jugar en casa.

 


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Fotografía de Imago.