Solo hay una persona en el mundo capaz de hacer bien el trabajo de Luuk de Jong: Luuk de Jong. Es la clase de puesto para el que no te preparan los colegios o las universidades. Tampoco los sueños. Tienes que haber nacido para él. Eso, o que tus ambiciones sean tan pequeñas que puedas encerrarlas con el puño. Que levante la mano quien cuando era niño deseaba ser corista de un grupo de música, friegaplatos en la cocina de un restaurante o suplente de Aubameyang. La vida está plagada de trabajos para los que nadie sueña pero de los que alguien tiene que ocuparse. De la misma manera que se requieren novelistas, estrellas de televisión o Pedris para que el mundo nos parezca un lugar divertido, si queremos sortear el tedio, aunque no nos demos cuenta, tampoco podemos prescindir de correctores ortográficos, operadores de cámara o De Jongs.

Luuk de Jong es el camión de la basura atravesando la ciudad con un gruñido de madrugada. Luuk de Jong es la farmacia de guardia que te vende la última caja de condones. Luuk de Jong es el camarero que echa abajo la persiana a las tantas. Luuk de Jong es el responsable de que puedas comprar una barra de pan un domingo a las siete de la mañana. Luuk de Jong solo hace una cosa, una única cosa, pero la hace con tanto sigilo y suficiencia que ni siquiera te da tiempo a valorarla. Luuk de Jong es el cerrajero: siempre coge la llamada, acude rápido a los sitios y solo con que se ponga cinco minutos, y cumpla con su misión, ya puede dar la noche por saldada.

Gabriel García Márquez solía comentar que escribía varias horas todos los días, pero que si cerraba la jornada habiendo podido redactar un breve párrafo de cuatro o cinco líneas, ya se metía en la cama satisfecho. El delantero holandés se ha convertido en el recurso preferido de Xavi para los últimos minutos de los partidos que se atascan. De Jong, como el resto de sus compañeros, entrena todas las semanas para ponerse a punto. Sucede que, en su caso, esa preparación está enfocada a dar la talla en unos pocos instantes. Su objetivo no es hacerse con la titularidad ni colarse en las listas de los futbolistas más utilizados. A estas alturas, ya lo ha descartado. Es un artista de lo mínimo. En la cultura japonesa, existe la figura de un pescadero que se dedica exclusivamente a cortar el salmón como es debido. Desde la infancia, repite una y otra vez un único movimiento con el cuchillo, sujeto a una perseverancia enfermiza. Solo se le pide que haga un corte al pescado, pero ese corte debe ser perfecto, inmaculado. Cuando lo consigue, los otros pescaderos pasan a llamarle “maestro”. Y el tipo, por fin, se jubila. 

 

Solo hay una persona en el mundo capaz de hacer bien el trabajo de Luuk de Jong: Luuk de Jong. Es la clase de puesto para el que no te preparan los colegios o las universidades. Tampoco los sueños. Tienes que haber nacido para él

 

De Jong lleva tantos meses centrado en un solo cometido que no hay que descartar que si algún día su entrenador le ofrece un puesto en el once lo rechace con educación. Su rol, aunque testimonial, ha adquirido tanto significado que ya se ha convertido en rutina. Este domingo, después de tumbar al Levante en el añadido con un cabezazo agónico, extendió los brazos ante la grada del Ciudad de Valencia, como preguntando: “¿qué queréis que haga?”. Lo que para los aficionados ‘granotas’ era un trastazo inesperado, para Luuk era otra noche fichando al entrar en la oficina. Al fin y al cabo, no hace más que obedecer órdenes, como hacemos la mayoría en nuestros curros. Esa impasibilidad en la celebración me hizo pensar en el personaje que Robert De Niro interpreta en El irlandés. Mientras la hija del gánster se descompone por la nula reacción de su padre a tanta crueldad, él sigue matando sin inmutarse, simplemente porque no le han enseñado a hacer otra cosa en la vida.

Los últimos minutos de un encuentro ajustado siempre andan sobre tablones podridos. Todo se magnifica, en cada paso algo rechina. Al mínimo error, estás acabado. Al mínimo acierto, apareces en el titular de la crónica del día siguiente. Aunque solo hayas jugado ese rato. Lo sabe De Jong, que encara ese tramo como si acabara de despertarse y no quisiera que le pusieran prisas. Queda claro que si en lugar de dedicarse al fútbol le hubiera dado por el baloncesto, su especialidad hubieran sido los ‘buzzer beaters’, las canastas decisivas en el último segundo. Aunque con un matiz. A diferencia de cualquier estrella de la NBA, él no decidiría el duelo con un triple imposible desde la esquina o un elegantísimo tiro en suspensión. Le bastaría con un simple palmeo debajo del aro. Es como si estuviera viéndolo. Un puto palmeo, triunfo en el bolsillo y para casa sin ducharse. Menudo caradura.

 


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Fotografía de Imago.